ANCLA, espejo invertido de la posverdad
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Por Lucila Pagliai En 2016, el Diccionario Oxford consagró como palabra del año al neologismo posverdad (post-truth), incorporándolo a sus entradas con esta definición: “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Los resultados imprevistos del […]
Por Lucila Pagliai
En 2016, el Diccionario Oxford consagró como palabra del año al neologismo posverdad (post-truth), incorporándolo a sus entradas con esta definición: “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Los resultados imprevistos del referéndum sobre el Brexit y el triunfo de Donald Trump, sin duda ayudaron a esta elección del Diccionario en el mundo anglosajón. Sumando el fracaso de los vaticinios en la votación de Colombia sobre los Acuerdos de Paz y otros errores se similar calibre a lo largo de ese año, en algunos ámbitos críticos se comenzó a trabajar con dos hipótesis: que el periodismo serio del siglo XX ha concluido, y que el empuje arrollador de la posverdad se enraiza en atractivas modalidades de comunicación de la prensa del espectáculo y en la libertad irradiante y accesible de las redes sociales.
Lo cierto es que la época que estamos atravesando ha recolocado en el centro de la escena la tensión entre información y propaganda, entre hechos comprobables y verdad aparente, entre apelación a la inteligencia y halago del prejuicio, entre lo que hay que saber y lo que se quiere escuchar. En síntesis: ¿producir información crítica confiable o todo vale para llevar agua al molino propio? Pero lo más inquietante de la llamada posverdad es que resuena con algunas de las más famosas citas de Goebbles, el gran ideólogo de la propaganda nazi (“más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil”; “si no puedes negar las malas noticias inventa otras que las distraigan”;”si una mentira se repite suficientemente acaba por convertirse en verdad”, etc.) (1).
Pensando en esta combinatoria de tensiones y en la irrupción constante de nuevas crisis de certezas, me pareció interesante relacionarlas con el legado de Rodolfo Walsh y su práctica de escritura ligada a la producción de información en circunstancias especialmente difíciles. Como es sabido, cada sociedad construye sus mitos según las necesidades de su imaginario en un momento dado (también su literatura, los límites de su lenguaje, las segmentaciones de su historia, los modos de su cultura, sus exaltaciones y condenas, sus racionalidades y su sentido común), y en los últimos años, la figura de Walsh ha crecido en el discurso social del progresismo como el paradigma de la esperanza insobornable: tal el título de un libro colectivo de reciente aparición que honra la memoria de Walsh en un año cargado de fuertes simbolismos (90 aniversario de su nacimiento, 60 de la publicación de Operación Masacre, 40 años de su asesinato y desaparición) (2). Un dato lateral sobre el interés creciente en la figura de Walsh: este libro colectivo, publicado por fuera del sistema editorial hegemónico, estuvo entre los más solicitados en la Feria del Libro de Buenos Aires 2017, según datos de sus organizadores; lo que –tal vez- permitiría pensar que en estos momentos aciagos y confusos hay una parte significativa de la sociedad lectora en busca de pilares de ética y dignidad que la sostengan (3).
En vista del distanciamiento y la simplificación que necesariamente conlleva la construcción del mito, me pareció importante homenajear a Walsh desde otro lugar: el de la práctica compartida en ANCLA con un jefe compañero, presente y actuante como motor de una forma de hacer política a través de la escritura.
Voy a recordar hechos conocidos. La Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA) nace impulsada por Walsh a dos meses del Golpe militar del 24 de marzo de 1976. Los primeros despachos son de junio de ese año, y se extienden por poco más de un año, hasta setiembre de 1977. El objetivo político primario de ANCLA fue romper el bloqueo informativo, dar voz a los silenciados por el terrorismo de Estado, mostrar diversas formas de resistencia, poner sobre el tapete negociados y rapiñas, señalar controversias en las filas militares y sus socios civiles en el desguace del país. Constituida en la modalidad agencia de noticias, deliberadamente separada de la prensa partidaria, ANCLA fue una herramienta política de un proyecto colectivo, cuyo acierto fue dar una respuesta necesaria y posible en diálogo con esa realidad silenciada y sus interlocutores potenciales.
En ese contexto de desinformación impuesto por la Junta, y de los ataques devastadores a las organizaciones del campo popular, Walsh logró diseñar y conducir dentro de la estructura de Montoneros un ámbito específico para la Agencia, integrado por Lila Pastoriza (responsable del ámbito), Carlos Aznárez, y Lucila Pagliai. A ese grupo inicial, se sumó el periodista de El Cronista comercial Eduardo Suárez, secuestrado y desaparecido con su compañera poco tiempo después, en agosto de 1976 (4).
Esa suerte de Mesa de Redacción artesanal y móvil según los avatares de la represión, comenzó a trabajar con un proyecto político comunicacional claro, apoyado en un eje ordenador irrenunciable de tres patas: información confiable y rigurosa, cuidado y búsqueda de eficacia en el lenguaje, respeto por la inteligencia crítica del destinatario (amigo o enemigo). Ya con el nombre que ideó para una Agencia de noticias clandestina, Walsh daba una lección inaugural de periodismo político confiable en la línea de la contrainformación: la sigla resultante, ANCLA, respondía rigurosamente al nombre desplegado, y además generaba desconcierto entre las Fuerzas Armadas y agudizaba sus tensiones (¿quiénes hacían esta Agencia? ¿de dónde venía la información que difundía? ¿los Servicios jugaban fuerte en sus rivalidades?).
Aunque también sea conocido, creo importante recordar aquí las condiciones de producción, reproducción y difusión de la información en la década de 1970 en la Argentina: sólo máquinas de escribir manuales y ruidosas, copias en papel con carbónico, esténcil y mimeógrafo, envíos por correo postal, escasez de teléfonos públicos y privados; fotocopíadoras sólo en locales especializados, télex en dependencias oficiales y redacciones de diarios importantes, grandes computadoras para procesamiento de datos en empresas líderes y en algunos organismos estatales ligados sobre todo a los Servicios de Información. Con ese conjunto de herramientas rudimentarias, artesanales o de difícil acceso, operó la Agencia en un contexto inestable de clandestinidad y acoso, agravado por el avance represivo sobre la sociedad.
Walsh enseñaba que el grueso de la información es pública: se trataba de buscar y saber leer (en diarios, revistas, anuarios, guías sectoriales, informes, archivos y publicaciones del más diverso tipo), hacer inteligencia de la noticia, discriminar entre lo real y lo aparente, entre lo verosímil a indagar y la operación de prensa, para producir y difundir en el formato cable, información honesta. Otras dos fuentes fundamentales fueron las escuchas de las frecuencias policiales y militares que el propio Walsh decodificaba (como tempranamente lo había hecho en Prensa Latina en Cuba), y un amplio espectro de informantes clave. La Agencia contaba además con diversos colaboradores que por distintas vías acercaban información calificada o informes especiales. Gran parte de la información restante, decía Walsh, está en las bases y lo importante era establecer y conservar los canales para que llegase hasta el ámbito de la Agencia, rápidamente y sin distorsionar. La información que se acercaba a la Mesa de ANCLA era analizada y comentada en equipo con parámetros de ponderación sobre la mayor o menor confiabilidad de la información y de su transmisor, para redactar cables con formas de lenguaje que dieran cuenta al lector de esas características.
Los despachos de ANCLA llegaban a las redacciones de los diarios, aunque nunca se publicaron en la Argentina, sí en algunos diarios europeos importantes. El listado de destinatarios (con suerte diversa en la recepción y difusión) abarcaba un espectro significativo para informar a los que informan: periodistas, intelectuales, científicos, personalidades de la cultura, políticos, integrantes de las Fuerzas Armadas, empresarios, religiosos, contactos clave en el país y en el exterior. Como es notorio, se trataba de llegar a un público restringido (característica, por otra parte, del modelo “Agencia”), habituado al manejo de información calificada y con capacidad de ingresarla como adhesión, comentario o rechazo en el circuito irradiante de la oralidad.
Hay un hecho que es importante resaltar: la información que manejaba ANCLA resultó lo más parecido a la verdad que se ocultaba; permitió desentrañar que en la Argentina había una nueva categoría conceptual: la de desaparecido, aunque nunca lo llamamos así (fue el Tte. Gral. Videla quien lo hizo). Los cables que la Agencia produjo a lo largo de 1976 muestran que ya entonces se sabía que la metodología de captura era el secuestro de los militantes, los opositores y sus allegados con el objetivo de diseminar el terror a que cualquiera podía ser culpable; que no se trataba de hechos aislados; que había un plan sistemático de aniquilación y de saqueo con negocios turbios; que en las guarniciones y en otros sitios más precarios dependiendo de la Fuerza, se estaban armando con los desaparecidos verdaderos campos de concentración; que había numerosos cadáveres que aparecían en lagos, en playas y en las costas del Río de la Plata arrojados desde aviones. También los cables de ANCLA mostraban que en las altas esferas del “Proceso de Reorganización nacional” había fuertes discusiones, que en sus filas se libraba una guerra de posiciones por los espacios de poder. Informaban también que en medio de esas calamidades no todo estaba perdido: que la resistencia civil en pequeña escala seguía viva, que en distintas empresas los trabajadores llevaban adelante conflictos silenciados por la prensa amordazada.
La Carta de un escritor a la Junta Militar que a modo de balance Walsh fecha en el primer aniversario del “Proceso de Reorganización nacional” dialoga con los cables de la Agencia. Pocos días antes de su asesinato y desaparición, ANCLA había difundido el despacho “SEVICIO ESPECIAL. A UN AÑO DEL GOLPE MILITAR EN LA ARGENTINA” (Buenos Aires, Marzo 15 al 19 de 1977); organizado en cinco ítems, hace un recorrido sistemático por el horror, la rapiña y el sufrimiento del pueblo ocasionados por las políticas que había venido a aplicar el Golpe: 1. La situación en los Derechos humanos (ampliada en otro cable Especial, fechado también el 15 de Marzo); 2. La situación económica; 3. La situación laboral; 4. La situación castrense; 5. La situación política.
Frente al cúmulo de información distorsionada o falsa que circula actualmente en diversos soportes –también en el campo popular (como si con la realidad que vivimos
hiciera falta inventar)-, vuelvo a insistir con la calidad de la información que difundió ANCLA sobre hechos y episodios que recién comenzaron a conocerse y expandirse en la opinión pública a partir de diciembre de 1983 con la transición democrática, el Juicio a las Juntas y los valiosísimos testimonios de los sobrevivientes. Puestos en diálogo con la realidad actual, los más de 200 cables que entre 1976 y 1977 logró producir ANCLA se constituirían en un espejo invertido de la posverdad.
Creo que mejor que los relatos, las exégesis o las anécdotas, es dejar hablar a los textos. Para concluir con un ejemplo que pone en obra lo que he venido comentando, incluyo aquí un breve pasaje cronológico y temático por algunos despachos de la Agencia (5).
Textos (abajo las imágenes de los mismos):
EL GOBIERNO MILITAR Y LOS PRESOS POLITICOS. Buenos Aires, ANCLA, Agosto 20 (1976)
FUSILAMIENTO EN UNA CÁRCEL DE CÓRDOBA. Buenos Aires, ANCLA, Agosto 27 (1976)
DENUNCIAN COMO CENTRO DE DETENCIÓN A GUARNICIONES MILITARES. Buenos Aires, ANCLA, Agosto 27 (1976)
HABRÍA SIDO ASESINADO MONSEÑOR ANGELELLI. Buenos Aires, ANCLA, Agosto 30 (1976)
DAN POR MUERTOS A MILITANTES SECUESTRADOS. Buenos Aires, ANCLA, Setiembre 25 (1976)
ENCUENTRAN CADÁVERES EN UN LAGO DE LA PROVINCIA DE CORDOBA. Buenos Aires, ANCLA, Octubre 20 (1976)
REPORTAJE A UN DESPEDIDO DE SEGBA (Servicio de Electricidad del Gran Buenos Aires). Buenos Aires, ANCLA, Octubre 23 (1976)
EL ESCRITOR DI BENEDETTO SE HALLA EN ESTADO DESESPERANTE. Buenos Aires, ANCLA, Octubre 29 (1976)
DERROTA DEL ALA DERECHISTA DE LA IGLESIA CATÓLICA. Buenos Aires, ANCLA, Noviembre 1° (1976)
MALESTAR EN LA POLICIÍA PROVINCIAL. Buenos Aires, ANCLA, Diciembre 19 (1976)
CRISIS EN LA CÚPULA MILITAR. Buenos Aires, ANCLA, Diciembre 20 (1976)
EXPLICACIONES ECONÓMICAS PARA EL ASESINATO DE UN JEFE MIITAR. Buenos Aires, ANCLA, Enero 26 (1977)
Notas:
(1) Entre numerosos trabajos sobre estos temas, ver la entrevista que compartimos con Natalia Vinelli en el ciclo “La política por otros medios”, 15 mayo 2017: https://www.youtube.com/watch?v=wNllmkDhOzg; y los artículos de Anfibia, “Las noticias falsas y el futuro del periodismo. La postverdad” de Pablo Boczkowski (dic. 2016): http://www.revistaanfibia.com/ensayo/la-postverdad/; y “Periodismo y política. Nos equivocamos en todo” de Omar Rincón (enero 2017): http://www.revistaanfibia.com/ensayo/nos-equivocamos-en-todo/.
(2) En esa misma línea, ver el Suplemento especial de Resumen latinoamericano y del Tercer Mundo, “40 años después. Fieles al legado de Rodolfo Walsh”, Buenos Aires, enero de 2017.
(3) Cfr. AAVV. La esperanza insobornable. Rodolfo Walsh en la memoria (2017). Alejandro Pedregal y Emilio Recanatini Méndez (Comps). Buenos Aires, Editora Patria Grande. Sobre ANCLA, ver allí especialmente los artículos “Walsh 1976: del fusil al mimeógrafo” de Lila Pastoriza; “Los cables de ANCLA: intertextos de la catilinaria de un escritor a la Junta Miilitar” de Lucila Pagliai; y “Rodolfo Walsh, ANCLA y el periodismo insurgente” de Carlos Aznárez.
(4) Desde julio de 1977 hasta setiembre de ese año, Luis Guagnini y Horacio Verbitzky se hacen cargo de la Agencia, con el apoyo de Lilia Ferreyra, la compañera de Walsh de sus últimos diez años. Ver el cable del 10 de Agosto de 1977: “Con este despacho ANCLA reanuda sus servicios”.
(5) Los cables que se conservan actualmente (algo más de setenta) se pueden leer en dos publicaciones: una pionera compilada y prologada por Horacio Verbitzky (Rodolfo Walsh y la prensa clandestina, Buenos Aires, Ediciones La Urraca, 1985) y otra más reciente compilada por Sergio Bufano y Cacho Lotersztain, con tres artículos introductorios de Carlos Aznárez, Lucila Pagliai y Lila Pastoriza (ANCLA. Rodolfo Walsh y la Agencia de Noticias Clandestina 1976-1977, Buenos Aires, Ejercitar la memoria editores, 2012; reeditado por Editorial Sudestada en 2014). También se pueden consultar en Buenos Aires en el Centro de Investigaciones en Culturas de Izquierda (CeDInCI).









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