El escenario en que irrumpe Montoneros (1960-1970)
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Por Lucila Pagliai Como es sabido, en el continumm de la historia los parteaguas se construyen a posteriori, apelando en la mayoría de los casos a acontecimientos que puestos en diálogo con el flujo de las circunstancias de la época, se resignifican e instituyen como marcas fundantes de escenarios disruptivos que alteran el […]
Por Lucila Pagliai
Como es sabido, en el continumm de la historia los parteaguas se construyen a posteriori, apelando en la mayoría de los casos a acontecimientos que puestos en diálogo con el flujo de las circunstancias de la época, se resignifican e instituyen como marcas fundantes de escenarios disruptivos que alteran el rumbo de lo establecido.
El 29 de mayo de 1970 la organización revolucionaria peronista Montoneros irrumpe en la vida nacional con una operación político-militar de alto impacto: el secuestro de Pedro Eugenio Aramburu, un teniente general de la Nación, presidente de facto en la “Revolución Libertadora” y como tal, responsable máximo en 1955 junto con el Almirante Isaac Rojas del derrocamiento del gobierno constitucional del General Perón, de su exilio, de la proscripción del peronismo en todo los ámbitos de la vida política y social, de la desaparición del cadáver de Evita, de la represión violenta sobre los actores mayormente obreros de la Resistencia peronista, de los fusilamientos clandestinos de militantes populares en José León Suárez, del fusilamiento en juicio sumario del General Valle y sus compañeros de armas que se habían levantado en defensa de la Constitución. En 1970, Aramburu es además una figura con actuación política vigente en la civilidad, cuya trayectoria relevante en la destitución, persecución y proscripción del peronismo lo recortaba claramente en el imaginario colectivo con sentimientos encontrados, más allá del comunicado inaugural de Montoneros que la actualizaba en modo acusatorio.
Hay dos signos visibles en la superficie de ese entramado social que aportaron a la transformación inmediata de ese hecho en acontecimiento en los medios de la época: por una parte, el secuestro de una figura emblemática en un operativo inesperado, insospechado o ignorado por la inteligencia del Estado, llevado a cabo por un grupo de jóvenes desconocidos sin apoyo exterior ni sólida infraestructura clandestina, que les otorga un aura especial; por la otra, el gran hallazgo del nombre Montoneros como carta de presentación de una guerrilla peronista, apuesta discursiva que la entronca con la historia patria de las luchas populares libertarias y las reivindicaciones del interior subalternizado en sus economías y sus culturas desde los tiempos de la Organización nacional.
En la Argentina de comienzos de 1970, los reiterados golpes de Estado contra gobiernos democráticos que nacían condicionados por el poder militar, la larga proscripción de la fuerza política mayoritaria y los avances represivos -también sobre la cultura joven con la llegada de Onganía en 1966- han horadado la sensibilidad social con un malestar generalizado. La irrupción de Montoneros produce un acontecimiento disruptivo, desestabilizador, que al poner en cuestión per se las formas de lucha ensayadas hasta el momento, convoca nuevos actores y acaba por transformar la vida nacional.
Montado en un escenario político y social convulsionado – que viene manifestándose con fuerza y virulencia crecientes desde la década anterior y resuena con otras experiencias contestatarias internacionales-, el acontecimiento Montoneros abre nuevas compuertas que remiten a reorientaciones ideológicas y pensamientos críticos innovadores sobre los caminos de la violencia y de la revolución que circulaban en el campo intelectual: se trata de pensar y actuar políticamente la “violencia justa” para enfrentar a un Estado de autoritarismo creciente sine die –una organización político-militar interactuante con los poderes fácticos- que amparada en el monopolio del uso de la fuerza, avanzaba sin límites sobre los derechos del pueblo, ahogaba los reclamos de la ciudadanía y toda manifestación de disidencia, prohibía la participación electoral del peronismo e impedía la vuelta de Perón.
Los nutrientes de estas luchas contestatarias radicales (a las que se incorpora una militancia creciente de mujeres) provienen en buena medida del gran recambio generacional que se produce en el mundo en la década del 60. Se lee a Cooke, a Fanon, a Debray, se revisan textos marxistas y tercermundistas, se abreva en los documentos emanados del Concilio Vaticano II que había sesionado entre 1962 y 1965 convocado por Juan XXIII – Juan García Elorrio edita la revista Crstianismo y Revolución-, y se comienza a hablar de un Socialismo nacional que incorpore críticamente lo que interese de las experiencias extranjeras pero sin imponerlas como corsé ideológico a una sociedad con sus propias características, su cultura, sus expectativas y apetencias, su propio movimiento nacional. En esa línea, la Correspondencia que Perón intercambia con John William Cooke entre 1955 y 1966 se puede leer como un repertorio de conducción política haciéndose, que ilumina el pensamiento de ambos sobre las condiciones de la época.
En un amplio abanico de países, la juventud adquiere un protagonismo agónico que rompe con la generación anterior y logra cambiar paradigmas en distintos aspectos de la vida social y cultural. Son los nacidos durante la Segunda Guerra mundial o la inmediata posguerra, criados por los mayores legitimados hasta entonces en su autoridad y su moral por su travesía directa o indirecta por los sufrimientos y los cambios de la historia reciente.
Llegan otras guerras, se expande la televisión (primero en los países del norte desarrollado, más tarde en la Argentina con cobertura reducida), y la respuesta informada y crítica a la autoridad establecida es rupturista. En Estados Unidos sucede Woodstock, el repudio colectivo a la guerra de Vietnam, las “manzanas y flores”, “hacer el amor y no la guerra” de los hippies en los campus universitarios, las luchas colectivas ya sin tregua por la integración racial definitiva del pueblo afroamericano. En Europa estalla la revuelta estudiantil del Mayo Francés alineada con la gran huelga obrera, y los Beatles en Inglaterra sacuden a la sociedad pacata con nuevos rumbos en la música y en la cultura, que en Argentina, trasvasados con impronta propia, contribuirán a alimentar la experiencia contestataria del rock nacional.
La popularización de diversos avances tecnológicos significativos juegan un papel importante en el empoderamiento de los jóvenes. Aunque con limitaciones de clase, de acceso y del peso de la moral controladora, los anticonceptivos femeninos abren por primera vez a las mujeres la libertad de decidir su vida sexual sin temor a un embarazo no deseado, de explorar con sus pares formas de convivencia no convencionales, de asumir nuevos compromisos activos con proyectos políticos transformadores.
Es la época de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, de la fundación de los Países No Alineados como respuesta a la hegemonía bipolar, de la “Revolución cultural” en China bajo la conducción de Mao, de los movimientos de liberación colonial en Asia y África.
En América Latina se afianza la Revolución Cubana y el legado del Che, asesinado en Bolivia en 1967 mientras comandaba la Guerrilla de Ñancahuazú. En Colombia las FARC se despliegan con éxito en el territorio; en Brasil Maringhella y Lamarca conducen organizaciones guerrilleras claramente diferenciadas en objetivos, métodos y caracterizaciones de la etapa; en Chile el Movimiento de Izquierda Revolucionaria /MIR se referencia como organización de izquierda extraparlamentaria, radical y revolucionaria; en Uruguay hacen su aparición los Tupamaros que crecen con considerable simpatía popular.

José Mujica joven hablando en un acto político en el Uruguay
En Argentina las experiencias fallidas de dos guerrillas rurales foquistas en 1965 y 1968 –la del Ejército Guerrillero Popular/EGP en Salta y la de Taco Ralo en Tucumán-, si bien constituyen hitos en la lucha revolucionaria que había encabezado Uturncos en 1959, marcan los límites de la teoría del foquismo y de la guerrilla rural en el país, y habilitan el armado de organizaciones político-militares de guerrilla urbana insertas en la vida social de la comunidad, que acompañen las luchas populares y cuando sea posible busquen conducirlas para constituirse en vanguardia de estadios de compromiso superior.
A partir de la “Revolución Argentina” presidida por Onganía se va generando un pasaje de clase que agrega nuevos actores a los enfrentamientos contra el régimen dictatorial. El movimiento estudiantil confederado en la FUA, que se había replegado por la situación represiva de esos años, retoma su accionar en 1968 incentivado por la conmemoración de los 50 años de la Reforma Universitaria.
El 29 de mayo de 1969, un año antes de la irrupción de Montoneros, se produce el Cordobazo liderado por los gremios combativos con participación activa de los estudiantes y la sociedad civil. Pocos días antes, a mediados de mayo de 1969, en las ciudades de Corrientes y Rosario se habían organizado protestas masivas de universitarios con gran apoyo popular que desembocan en las puebladas del Correntinazo y el Rosariazo, reprimidas brutalmente con el saldo de tres estudiantes muertos: Cabral en Corrientes, Blanco y Bello en Rosario. Como había sucedido en 1966 con el asesinato a mansalva del estudiante Santiago Pampillon en Córdoba, las muertes violentas de estos jóvenes, vistos como luchadores por la defensa de la educación pública, convocan un repudio extendido en la sociedad: Juan José Cabral cursaba el 4° año de Medicina en la Universidad Nacional del Nordeste; Adolfo Bello era un dirigente estudiantil de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Rosario; Santiago Pampillon en Córdoba y Luis Norberto Blanco en Rosario eran estudiantes secundarios y aprendices de obrero metalúrgico.
En mundos paralelos, como otra forma de resistencia al autoritarismo avasallante de la dictadura, el Instituto Di Tella alberga en Buenos Aires innovaciones artísticas y culturales de ruptura con base nacional; grupos de jóvenes transitan por las “cuevas” donde suena un nuevo rock hasta la madrugada, Lito Nebbia y Tanguito componen “La Balsa” y dos jovencísimos Charlie García y Nito Mestre editan el primer disco de Sui Generis.

Bergara Leuman en una presentación en el Instituto Di Tella en 1968

Mientras tanto, Perón desde el exilio conduce la Resistencia peronista clandestina con luchas sostenidas mayormente por integrantes activos de la clase obrera, políticos leales a Perón, y un grupo de intelectuales (muchos de ellos con origen en el nacionalismo, el comunismo y la agrupación radical FORJA) que revisan su adhesión a diversas posiciones de izquierda y se suman al peronismo donde está la amplia base trabajadora.
Ya sobre la década del 70, Perón formula su famosa frase instruccional de linaje gauchesco “desensillar hasta que aclare”, que los jóvenes fundadores de Montoneros ponen en cuestión y con su irrupción en el escenario nacional vienen a desobedecer.
Como en los dados de la historia que alentaron cruzar el Rubicón, también aquí la suerte de la Argentina de los próximos años estaba echada.
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