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LAS REVOLUCIONES DE LA PALABRA

· 10 min de lectura

Del alfabeto y la imprenta a las tecnologías digitales en los cambios de paradigmas de la deriva occidental. . Por Lucila Pagliai Buenos Aires, agosto 2025 Nada que no se sepa: basta hacer un recorrido a vuelo de pájaro por las clásicas periodizaciones de la historia de Occidente para encontrar que los cambios de era […]

Del alfabeto y la imprenta a las tecnologías digitales en los cambios de paradigmas de la deriva occidental.

.

Por Lucila Pagliai

Buenos Aires, agosto 2025

Nada que no se sepa: basta hacer un recorrido a vuelo de pájaro por las clásicas periodizaciones de la historia de Occidente para encontrar que los cambios de era vienen acompañados de grandes cambios tecnológicos y generan nuevos paradigmas:  generalmente fogoneados por crisis diversas de amplitud territorial, demográfica e institucional, revolucionan/ subvierten los pactos vigentes que sostienen y organizan la vida y las desiderata personales y colectivas, identitarias, políticas, económicas, culturales, ambientales de las sociedades.

En el marco de esas drásticas transformaciones, los sucesivos inventos en las tecnologías de la palabra instituyen revoluciones peculiares: en una parábola que se extiende desde el alfabeto hasta las tecnologías sociodigitales (tomo este término de Martín Becerra), todas ellas darán lugar y voz a nuevos actores sociales con participación e incidencia real o ilusoria en los nuevos escenarios. Con esta transferencia paulatina del poder de la palabra a sectores cada vez más amplios, dinámicos, autosuficientes y difíciles de rastrear se va construyendo la opinión pública y se consolida el hábito social de la información y la noticia.

En las periodizaciones habituales estos son los hitos tecnológicos que soportan las grandes revoluciones de la palabra en el mundo occidental: la escritura alfabética (originada en el alfabeto fenicio desarrollado en la zona actual del Líbano entre el siglo X y VIII a.C.); la imprenta a mediados del siglo XV; y en un salto de cerca de 500 años, primero la radio y luego la televisión (a principios y a mediados del siglo XX); y las que ahora se engloban en las TICs: internet y la web (hacia finales de ese siglo); las redes sociales y la inteligencia artificial (en el primer cuarto del XXI).       

A grandes rasgos, se trata de los modos de pasaje, fijación y difusión de la oralidad y la representación en la escritura: un proceso creciente en extensión, sofisticación y nuevas incorporaciones tecnológicas, largo en siglos, paulatino, acotado en sus inicios a textos administrativos/ normativos y a la construcción de espiritualidades y épicas fundantes de una entidad cultural aglutinadora. En el otro extremo actual (mientras que detrás de cualquier producción audiovisual hay un guión y detrás de cualquier innovación en tecnología digital hay un protocolo escrito), la proliferación de los podcast parecería devolver el poder a la oralidad, y los emojis a la pictografía. 

Al ritmo de estos inventos en las tecnologías de la palabra, primero serán bandos oficiales voceados en los pueblos, noticias narradas por juglares apoyados en la memoria manuscrita, acceso acotado de una élite a la lectura de textos diversos, hojas informativas y periódicos impresos que circulan en la calle. Hasta que con la radio y la televisión, la información, el comentario y el entretenimiento entran aunados en la intimidad de los hogares. Con el acceso a la web y a los teléfonos celulares, esa intromisión se torna singular/ individual, creando en cada usuario/a un imaginario de dominio y empoderamiento personal que escamotea la intermediación y la manipulación encubierta. Paralelamente a estas modalidades y alcances de las sucesivas tecnologías de la palabra, el poder real (fáctico y político) ocupará un papel central en el seguimiento, la utilización, el control, la intervención y la cooptación de los discursos, su circulación y sus actantes.

Los parteaguas del alfabeto y de la imprenta

Según se lee en “Los orígenes de la escritura alfabética” (RAE, Ortografía de la lengua española): “En el alfabeto fenicio, compuesto por veintidós signos que representaban otros tantos fonemas consonánticos, está el origen de los principales alfabetos actuales: el alfabeto griego —del que derivan, a su vez, el latino y el cirílico— es una adaptación directa del fenicio, y los alfabetos del hebreo y del árabe derivan de la antigua escritura aramea, también descendiente de la fenicia.[…] Tras la adaptación inicial, surgieron en distintos lugares del mundo griego antiguo variantes locales del alfabeto […]. La variante occidental, desplazada por la oriental para la escritura del griego, ha tenido, sin embargo, gran importancia en la evolución posterior de la escritura alfabética, ya que en ella tiene su base el alfabeto etrusco, fuente, a su vez, del alfabeto latino, el más extendido en la actualidad (en él se escriben, por ejemplo, todas las lenguas románicas —entre ellas el español—, las germánicas y una parte de las eslavas).”

En este movimiento de reformulación y consolidación de escrituras alfabéticas sobre el que se constituyen las lenguas romances y se configura el mundo occidental, se asienta la traducción: una subsidiaria de las tecnologías de la palabra, tempranamente desarrollada por la astucia creativa de la inteligencia humana para ampliar la comunicación y el intercambio de bienes materiales e intangibles con el otro ajeno,  facilitando el comercio entre pueblos de distintas lenguas y culturas, además de avanzar en alianzas, conquistas y sometimientos según conviniera a la dinámica amigo-enemigo en cada caso. 

Los primeros registros que se conservan de una traducción en el ámbito grecolatino provienen de restos manuscritos de La Odisea de Homero traducidos al latín por Livio Andrónico en el siglo II a.C. A través de este acto de escritura, el traductor da indicios de algunos hechos sobresalientes en la tradición occidental: legitima la presencia extranjera como fenómeno cultural; muestra la apropiación de culturas valorizadas por los vencedores, también a través de incorporaciones lingüísticas y del arte; y da cuenta de la inauguración de la literatura latina con el aporte de la épica, un género desconocido hasta entonces en su cultura que habilitó la creación transformadora de producciones locales. 

En el caso de Roma, la lengua latina entramada con la superioridad tecnológica fue una máquina aceitada de apoyo a las cohortes en las guerras de conquista y consolidación imperial. Una ecuación que, mutatis mutandi, se reprodujo en las nuevas políticas soft power de conquista y dominación por parte de estados imperiales hegemónicos, con una combinatoria entre fortaleza económica, liderazgo tecnológico, prestigio cultural e imposición del idioma propio como lingua franca. 

Ya instalado el Cristianismo como gran religión de Occidente, fue desde la temprana Edad Media cuando la traducción volvió a ocupar un lugar central en las preocupaciones del poder consolidado, dada la importancia estratégica de proteger la fidelidad a la Biblia original, en tanto sostén principal de la catequesis, herramienta privilegiada de ampliación del dominio y el control sobre la población. 

Es en esa línea que la invención de la imprenta a mediados del siglo XV (en paralelo con los viajes de navegación y el corrimiento de la frontera atlántica europea) participa activamente en un giro que revoluciona las estructuras del poder: rompiendo con el control de las traducciones de la Biblia al latín, producidas y discutidas en monasterios y retiros por autoridades eclesiásticas, el primer texto que Guttenberg imprime en su taller es la  Biblia de Lutero traducida al alemán.  

Conviene recordar que durante gran parte de la historia documentada de Occidente, el analfabetismo extendido de la población era la norma, y la lectoescritura un privilegio restringido a las élites administrativas, religiosas e intelectuales. El papel de la imprenta como democratizadora del acceso a la escritura a públicos extensos tardó más de 200 años en comenzar a concretarse, activándose especialmente a partir del Despotismo ilustrado. Recién en los siglos XIX y XX la alfabetización de mayorías sociales pasó a ser primero una preocupación de los poderes públicos y luego una política de Estado, quedando las mujeres relegadas también en este avance. 

Volviendo a la Reforma de Lutero: apoyada en la Biblia en alemán (a la mano y la libre comprensión de predicadores con llegada popular devenidos en algo semejante a los influencers de la época), desafió el poder de la Iglesia Católica que respondió con la Contrarreforma y la Inquisición. La persecución y la quema de brujas como síntoma de otras disputas mayores, también fue corriente entre los cristianos del cisma. 

Con la llegada de Colón a un Nuevo Mundo, la Corona de España reforzó su pacto con la Iglesia Católica para actuar conjuntamente en el nuevo sistema de dominación de los territorios conquistados: el encuentro violento y forzado con los pueblos originarios en tanto “salvajes” sometidos -futura mano de obra masiva disponible-, volvió a colocar en primer plano la necesidad de apelar a la herramienta de la catequesis. Y es en este nuevo contexto donde adquieren renovada importancia tanto la imprenta para dictar leyes y ejecutar normas de organización y explotación controladas por el Rey con la Espada, como la traducción para intervenir en los pueblos originarios comunicándoles la Buena Nueva y la Palabra de Dios con la Iglesia y la Cruz como emisarios.     

Irrupción y avance de la innovación en tecnologías sociodigitales 

En un salto de varios siglos y con un movimiento inverso que corrió la frontera atlántica hacia el este, la expansión y penetración de innovaciones tecnológicas digitales de punta en la comunicación y la información lideradas por y desde Estados Unidos, habilitaron un nuevo orden que extendió a gran parte del mundo la hegemonía occidental: con las pantallas de los mercados financieros encendidas las 24 horas en todos los husos horarios comienza la globalización y la deriva del capitalismo hacia el gambling financiero.            

Como es sabido, lo que recorta la singularidad de las revoluciones de las tecnologías sociodigitales en este siglo XXI es la democratización creciente del acceso al poder de la palabra, y la magnitud y heterogeneidad de los participantes en la conversación social. Se trata, sin embargo de una democratización subalternizada por la velocidad de las innovaciones que como augures del tránsito hacia una nueva era -aún indescifrable- muestran y aceleran en beneficio propio, el estallido de los paradigmas organizadores vigentes hasta aquí.

Mucho se ha dicho y estudiado con agudeza y precisión sobre las consecuencias de este gran cambio tecnológico en la crisis de los paradigmas de Occidente que estamos transitando sin certezas tranquilizadoras. Sólo recortaré aquí algunas características que lo definen como un hecho de una revolución de la palabra que borra el interés colectivo y transfiere al individuo la ilusión de autoridad: cualquiera puede decir cualquier cosa urbi et orbi; mientras la opción por el anonimato reduce al mínimo costos y riesgos, entran a jugar los algoritmos como negocio y encapsulamiento; la noticia falsa adquiere categoría lexicográfica (en 2017 el Diccionario de Oxford incorpora fake news y la elige como palabra del año); y lo más importante como signo de un probable fin de era, se legitima la ruptura del pacto social que rigió durante el siglo XX la vida de Occidente (“dejó de dar vergüenza ser mala persona”, Daniel Feierstein).

Brevísimo final abierto

Hay además un nuevo Gran Lobo Feroz con el que las Tecnológicas mayores de Silicon Valley entretienen, subyugan y amenazan con la exclusión y la extinción a una inmensa población de los comunes: la inteligencia artificial (y los debates desinformados que promueven). 

Frente a tanto embate real y emocional que combina la idea de catástrofe con la llegada de un futuro deslumbrante, tal vez la “historia magistra” dé algunas pistas sobre cómo tramitar la incertidumbre y los vaticinios milenaristas del fin del mundo. 

Enrolada en una línea de confianza en que las rebeliones positivas en algún momento llegarán, vuelvo a traer aquí un fragmento de una conversación de 1920 entre Kafka y su gran amigo Brod, que cité en mi nota anterior de Grandes alamedas sobre el Homo resignatus de Lucas Rubinich: 

(Brod a Kafka): “¿Existe entonces esperanza fuera de esta manifestación del mundo que conocemos? Él (Kafka) sonrió: Oh, bastante esperanza, infinita esperanza, sólo que no para nosotros”.


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