Relecturas: Escritos de una pandemia borgeana
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Por Lucila Pagliai ALGUNOS APUNTES PREVIOS Basta recorrer las publicaciones de divulgación de diverso tipo a las que se tenga alcance, para comprobar e inferir: a) que el cúmulo de escritos sobre la problemática de la pandemia que circulan en diversos soportes es abrumador e inabarcable; y b) que “el número de fábulas […]
Por Lucila Pagliai
ALGUNOS APUNTES PREVIOS
Basta recorrer las publicaciones de divulgación de diverso tipo a las que se tenga alcance, para comprobar e inferir: a) que el cúmulo de escritos sobre la problemática de la pandemia que circulan en diversos soportes es abrumador e inabarcable; y b) que “el número de fábulas o de metáforas de que es capaz la imaginación de los hombres es limitado, pero que esas contadas invenciones pueden ser todo para todos, como el Apóstol” (Borges, “Epílogo”, Otras inquisiciones, 1952).
Ese amplio abanico de textos con postulaciones recurrentes, coincidentes, encontradas o en conflicto, abarca los más variados aspectos y cuestiones sobre la pandemia y sus efectos, que un rápido pasaje permitiría, sin embargo, acotar a ciertos tópicos frecuentes:
- la naturaleza, la cultura, la economía, la ecología;
- la salud pública, la pobreza y las desigualdades del cuidado;
- la investigación científica sobre el virus, la búsqueda de la vacuna y el papel de los laboratorios, los gobiernos y los organismos internacionales;
- la profundidad de la crisis, la solidaridad social, la vida colectiva y la comunicación virtual;
- la biopolítica, la necropolítica, la geopolítica y los meandros de la diplomacia internacional;
- el peligro de la instalación paulatina de estados de excepción al amparo del miedo;
- el psicoanálisis, la filosofía, la historia y el lugar del arte y la literatura;
- el humor gráfico o relatado como comentarista lúcido de situaciones variadas.
Para dar cuenta de una problemática ya insoslayable, la profusión de publicaciones y su diversidad temática, al poco tiempo de iniciada la pandemia se comenzaron a editar compilaciones que incorporan una selección de ensayos publicados considerados relevantes, y dossiers de textos de distinto tipo producidos ad hoc. En la Argentina, tres publicaciones se destacan especialmente en ese espacio editorial virtual:
- Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias. Pablo Amadeo (ed.), Editorial ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio), marzo 2020: http://iips.usac.edu.gt/wp-content/uploads/2020/03/Sopa-de-Wuhan-ASPO.pdf. Ver además entrevista a Pablo Amadeo en Milenio (México, 6 de abril 2020): https://www.milenio.com/cultura/entrevista-con-el-creador-de-la-revista-sopa-de-wuhan.
- Historia del virus. Epidemia, literatura y filosofía (dossier especial de la revista La Biblioteca, Biblioteca Nacional, Buenos Aires, otoño 2020: https://www.bn.gov.ar/micrositios/revistas/biblioteca/la-biblioteca
- La vida en suspenso. 16 hipótesis sobre la Argentina irreconocible que viene. Siglo XXI Editores, Colectivo editorial Crisis. Buenos Aires, julio 2020:
http://www.sigloxxieditores.com.ar/fichaLibro.php?libro=978-987-801-025-0
Dicho esto (y mostrada la complejidad del abordaje), para encarar la selección de textos de estas Relecturas, me he atenido al título que guía –con una aseveración y cinco interrogantes- las reflexiones de este nuevo número de Grandes alamedas: El mundo que viene: incertidumbre; ¿crisis, colapso, decadencia, reciclaje, transformación?
Ensayos, papers, comentarios:
Los lugares de enunciación y sus registros de escritura
Partiendo de la incertidumbre como única certeza, en un recorrido de lectura necesariamente parcial y acotado, los textos de divulgación que en cierta medida responden a esos grandes interrogantes parecerían agruparse en cuatro registros de escritura:
- Un registro que combina la descripción catastrófica con el optimismo: son textos en los que desde diversos lugares de enunciación, la decadencia y la crisis terminal del sistema de dominación y depredación actual conlleva la esperanza explícita o implícita de una salida radical transformadora (la naturaleza herida y expoliada habla alto y las sociedades no se suicidan).
- Un segundo registro se acerca a un distanciamiento técnico que no ahorra críticas ni oculta la preocupación: son textos más centrados en los efectos de la gran crisis mundial sobre la economía, generalmente producidos en el occidente desarrollado, que abogan por un reciclaje del sistema que – conservando la misma ecuación actual en las relaciones del poder- corrija la indisimulable rapiña, arbitrariedades y falencias de un capitalismo salvaje financiero y depredador (mutatis mutandi, y tal vez en teoría con mejores intenciones, el pragmatismo gatopardista de cambiar para que nada cambie).
- Un tercer registro entre la indignación y la ironía, permea los textos críticos de corte más personal que alertan sobre las consecuencias de la restricciones sociales en el ámbito privado, el control de los cuerpos en la vida y en la muerte solitaria, el manejo represivo de la pandemia por parte del Estado, la utilización del miedo como resorte para congelar demandas y reclamos colectivos ante desigualdades y carencias cada vez más flagrantes (el peligro, en síntesis, de que una combinatoria siniestra habilite el desembarco de un proyecto fascista en una sociedad acorralada).
- Un cuarto registro, objetivo o de entusiasmo mesurado, aparece en escritos sobre investigaciones científicas del virus, avances en el hallazgo de una vacuna, y con la palabra autorizada de los protagonistas de esas prácticas. La amplia difusión y el interés en la recepción de este tipo de textos refleja un cambio significativo en la cultura: con la pandemia, la ciencia básica y aplicada ha vuelto a ocupar en el imaginario colectivo el lugar de privilegio que hasta fines del siglo XX le había cabido como motor de la Modernidad. (Conviene recordar un dato lateral: como es sabido, el concepto de incertidumbre y sus irradiaciones semánticas, utilizado desde hace años en las humanidades y las ciencias sociales -con reformulaciones acordes a sus indagaciones-, parte de principios innovadores en el campo de la física producidos por Haisenberg (Premio Nobel en 1932) y de la química, por Prigogine, Premio Nobel también en 1977.)
LAS PROPUESTAS DE RELECTURA
A partir de estos apuntes previos sobre el estado de la cuestión y ciertas modalidades compartidas de la escritura, las relecturas sobre la pandemia que propone este número de Grandes alamedas son textos elegidos por su originalidad o relevancia; y como toda selección es arbitraria.
Se trata de seis escritos ensayísticos que desde distintas miradas y saberes hablan sobre la crisis, el colapso, la decadencia, el reciclaje y la transformación.
Como se verá, están precedidos y cerrados por tres textos de diversa factura que ponen en cuestión estas miradas y saberes, invitando a la reflexión.
EL ENCUADRE INICIAL
El humor en una pandemia borgeana
Pedro Saborido. ¿Cómo va a ser el mundo? (Episodio 4).
Dos empresarios argentinos dialogan con el cuñado de un prestigioso filósofo contemporáneo. En Diarios: un registro actual de los tiempos que corren, Buenos Aires, CCK, cuarentena 2020.
LOS SEIS TEXTOS ELEGIDOS
-Del colapso saldrá la transformación
Slavoj Žižek. “La dialéctica paralizada de la pandemia”.
En Blog da Boitempo, Sâo Paulo, 7 de julio de 2020
-La incertidumbre sine die como cotidianeidad
Colectivo editorial Crisis. “Los cien días que desorientaron al mundo”. En La vida en suspenso. 16 hipótesis sobre la Argentina que viene (Presentación). Siglo XXI Editores, Colectivo editorial Crisis. Buenos Aires, julio de 2020.
-Hacia un reciclaje económico mundial o la crisis como oportunidad
Joseph E. Stiglitz y Hamid Rashid. “Un estímulo económico que funcione”
En Poject Syndicate, Praga, 8 de junio 2020 (texto datado por los autores en Nueva York).
-La desigualdad como decadencia implacable
José Natanson. “La redistribución del virus”
En Le Monde diplomatique (Editorial), Buenos Aires, Agosto 2020 | N°254 (Edición para el Cono sur).
-Pospandemia: la revolución será ecológica
Juan Ignacio Trobbiani. “Crisis ambiental y origen de las pandemias: laboratorios de microbiología a la vuelta de la esquina”
En Agencia Paco Urondo/ APU, Buenos Aires, 6 de julio de 2020.
-Recorridos por la cultura en tiempos de pandemias
“Materiales para una historia del virus” (Editorial)
En Historia del virus. Epidemia, literatura y filosofía. Revista La Biblioteca¸ dossier especial, otoño 2020, edición digital. Buenos Ares, Ediciones de la Biblioteca Nacional.
EL CIERRE CON DOS CRÍTICAS TRANSVERSALES
-Sobre las publicaciones científicas:
Carolina Scasso y Julio Medina. “Desafíos de las publicaciones científicas en la pandemia por el nuevo coronavirus (SARS-CoV-2)”
En Revista médica del Uruguay, Montevideo, 2020
-Sobre algunas tesis de impacto acerca la pandemia:
Rafael Rojas. “Filosofía de la plaga”
En Revista Letras Libres, México 1° de mayo de 2020.
LOS TEXTOS PARA RELEER
Pedro Saborido
“¿Cómo va a ser el mundo? (Episodio 4)”
Dos empresarios argentinos dialogan con el cuñado de un prestigioso filósofo contemporáneo.
En Diarios: un registro actual de los tiempos que corren, Buenos Aires, CCK, cuarentena 2020. http://cck.gob.ar/eventos/como-va-a-ser-el-mundo-de-pedro-saborido_3885
A continuación, la transcripción de una charla de tres personas a través de la popular aplicación Zoom. Empieza hablando el que armó la llamada. Se llama Atilio.
(Se evitaron diálogos como “No escucho, de vuelta”, “Llega todo cortado” “Fíjese el cosito del micrófono”, “Llegué hasta que dijo lo de lavar el hámster”, etcétera, propios de los inconvenientes técnicos).
Esta es la transcripción de la conversación:
ATILIO
Hola… ¿qué tal? Soy Atilio… ¿Usted es el cuñado de Žižek?
CUÑADO DE ŽIŽEK
Si… soy cuñado de Žižek…
ATILIO
¿Pero ustedes tienen una relación lejana o…?
CUÑADO DE ŽIŽEK
Mire… hablamos todos los días…
ATILIO
Ah… y por lo que veo usted es argentino…
CUÑADO DE ŽIŽEK
Sí. Y ahora estoy en Avellaneda… Bueno… En Gerli, en la parte de Gerli que es Avellaneda. Porque hay otra parte de Gerli que es Lanús. Yo vivo en la parte de Lanús. Pero me crucé a lo de un vecino porque tiene mejor wi-fi… Ojo, es enfrente. Porque vivo sobre Camino General Belgrano… de un lado es Avellaneda, de la vereda de enfrente es Lanús…
ATILIO
Entiendo…
CUÑADO DE ŽIŽEK
Le digo para que no piense mal por el tema de la cuarentena, no estoy boludeando… Crucé la calle nada más.
ATILIO
Pero claro… Bueno… Le presento a mi amigo, el ingeniero Bronson.
ING. BRONSON
Hola… ¿Usted es…?
CUÑADO DE ŽIŽEK
Pablo.
ING. BRONSON
Hola, Pablo…
CUÑADO DE ŽIŽEK
Hola, ingeniero…
ATILIO
Bueno, le cuento. Nosotros andamos con ganas de hablar con su cuñado, pero está difícil… Debe estar muy ocupado… Un gran teórico, un pensador…
CUÑADO DE ŽIŽEK
Sí. No le da mucha bola al wasap. Me dice que si lo mira todo el tiempo se vuelve loco…
ATILIO
Es entendible… un filósofo, sociólogo, psicoanalista…
CUÑADO DE ŽIŽEK
Así figura en Wikipedia…
ATILIO
Un intelectual capaz de tener una mirada sobre el futuro del mundo, lo que nos espera después de esta pandemia…
CUÑADO DE ŽIŽEK
¿Ustedes quieren saber si se viene el comunismo?
ING. BRONSON
Bueno… de alguna manera. Somos un grupo de pensadores…
CUÑADO DE ŽIŽEK
Ustedes trabajan en Techint… son de Techint, ¿por eso preguntan?
ATILIO e ING. BRONSON
Bueno, no… nosotros…
CUÑADO DE ŽIŽEK
Ahí en la pared tiene un diploma que dice “Por los 25 años en Techint”… Usted, ingeniero…
ING BRONSON
¿Eh? ¿Dónd…? ¿Un diplo… ah?
CUÑADO DE ŽIŽEK
Ahí en la pared. Atrás suyo. Y se ve en la biblioteca una foto con Paolo Rocca también. Es más, hay varias… están con sus esposas… ahí están en Disney. Veo otra en un jacuzzi. Se ve que hay amistad.
ING. BRONSON
Ah, sí…
CUÑADO DE ŽIŽEK
Una selfie en un recital… ¿es uno de Madonna?
ING. BRONSON
Bueno, yo…
ATILIO (interrumpe)
A ver…. Sí. Trabajamos en empresas que están preocupadas hoy por el futuro de la humanidad…
CUÑADO DE ŽIŽEK (ríe)
Ueh he hey… Están cagados en las patas…
ING. BRONSON
No, solo queremos ver qué perspectivas hay…
CUÑADO
A ver… escuche un poco… Mi cuñado siempre anda tirando cosas por ahí: se viene esto, se viene lo otro…. Él va viendo y diciendo cosas. Mira, observa, charla con mucha gente… Yo mismo le digo lo que veo acá en Lanús…
ATILIO
Pero Žižek, nos interesa Žižek…
CUÑADO DE ŽIŽEK
Oiga… usted lo que quiere saber es cómo adivinar el futuro. Y mi cuñado justo ahora está con esta cosa de una sociedad que va a tener una fuerte presencia del Estado y nuevos lazos de solidaridad prefigurando una versión inédita del comunismo… Bueno, todo eso es algo que le dije yo…
ING BRONSON
¿Eso que Žižek dijo últimamente se lo dijo usted?
CUÑADO DE ŽIŽEK
Si. Porque él siempre me pide que hable con un amigo mío… que se la pasa tirando profecías… Es de acertar, eh… ojo…
ATILIO
¿Usted le cuenta a Žižek lo que su amigo profetiza…?
CUÑADO DE ŽIŽEK
Sí. Es un amigo del club… el gordo “Noslafumamus”. Le decimos así porque siempre se está revisando los bolsillos buscando tucas y apenas encuentra una dice: “Nos la fumamos”. Y en la primera seca ya te tira una profecía. De lo que sea. Puede ser “Ahora va a pasar un Fiat Duna rojo…”. Y se queda como en trance. “…a gas”, te agrega. Y a los dos minutos… ¡pin! Pasa un Fiat Duna rojo…
ATILIO
¿A gas?
CUÑADO
Sí…. Esa vez de lo del Duna Rojo lo seguimos y lo vimos entrar en una estación de servicio de GNC.
ATILIO
Increíble… Pero además de esas cosas…
CUÑADO
Profetiza de todo. Un 2 a 1 de Banfield-Lanús, la fusión de Fox con Disney, a quién lleva de invitado Majul, para qué lado dobla un perro que viene por la vereda, tres meses seguidos la calificación de Moody’s sobre bonos de vencimiento progresivo… De todo acierta.
ING. BRONSON
¿Y este Gordo Noslafumamus fue el que dijo lo del comunismo que anda diciendo Žižek…?
CUÑADO
Sí… Fue a pedido. Slavoj (yo le digo así a mi cuñado) me llama y me pregunta qué anda diciendo el gordo. Si dijo algo del mundo que se avecina y el futuro y eso. Le dije que no. Y ahí entonces me pide que le trate de sacar algo. Como que lo instigue… lo conduzca… a ver qué tira, qué profetiza.
ATILIO
¿Entonces usted le preguntó directamente o…?
CUÑADO
No sabíamos con el gordo cómo hacer… Porque las profecías se le vienen sin orden y sin tema… De pronto fuma y manda “Va a llegar Adriana con un sifón Morgade, raro, porque no tienen reparto por acá”, y al rato pasa. ¿Cómo hacemos para ver algo que queremos ver? Entonces se nos ocurrió agarrar algún libro, poner al gordo en tema. Agarramos uno: Teoría general del empleo, el interés y el dinero, que nos había prestado una banda de keynesianos que hacen Aikido en “Amor y lucha”, un club que…
ATILIO
Perdón… ¿El gordo leyó ese libro?
CUÑADO
No. Se lo fumó. Literalmente: agarró todas las hojas del capítulo “La expectativa como elemento determinante de la producción y la ocupación” y se las fumó todas. Le re pegaron. Entonces yo le empecé a preguntar: “¿Qué le digo a Žižek?”, “¿tenés algo para Žižek?”
ING. BRONSON
Y ahí fue cuando…
CUÑADO
Noo, de entrada no me decía nada. “¿Tenés algo para Žižek?”. “Žižekñor!”, me decía… “Žižekalla el cantoooor”, me cantaba como Horacio Guarany. Dele hacer chistes pelotudos. Dos horas… “Žižekivoca”, “Žižekaga”… Pero de pronto se paró de una y dijo cosas como “El principio de la demanda efectiva”, “La expectativa como elemento determinante de la producción y la ocupación”, “Los incentivos psicológicos y de negocios para la liquidez”…
ATILIO
Apa… ¡keynesianísimo!
CUÑADO DE ŽIŽEK
Hasta que paró, tomó aire y dijo: “El coronavirus también nos obligará a reinventar el comunismo basado en la confianza en las personas y en la ciencia”.
ING BRONSON
¡¡Ea-eaapepé!!
CUÑADO DE ŽIŽEK
Y después siguió con no sé qué cosa de una película de Tarantino que había visto a la tarde… Eso también lo agarró
Žižek.
ATILIO
Claro… Así salió en Página 12…
CUÑADO
A la noche le mandé un wasap a Slavoj con un resumen. Él me mandó un “buenísimo, me sirve”. Después ordenó un poco las ideas, le dio un par de toques académicos… y salió a la cancha.
ING. BRONSON
Bueno, si todo es así, mucha certeza no hay…
CUÑADO
Mire ingeniero que no es Žižek… guarda. Es el gordo. Y el gordo la pega… Así que hacen bien en estar un poco cagados en las patas ustedes…
ING BRONSON
Puede ser…
ATILIO
Usted podría contactarnos…
CUÑADO
Y… no. No me da… yo soy medio zurdo, como mi cuñado. Ateo como él no. Pero tengo cosas medio de peronista, un poco de comunista… Fui a un colegio de monjas tercermundista acá en Gerli. Otro día le cuento…
ING. BRONSON
Digo nada más hablar con el gordo, porque también hay otras posibilidades que queremos ver… Empresas que pueden quebrar o necesitar ser vendidas… Es decir, otras oportunidades…
ATILIO
Claro, por eso queremos saber… porque uno escucha muchas cosas… Fíjese esto que dice Yuval Harari, un historiador israelí: “Hay dos posibilidades: control social estricto, con las tecnologías, como en Israel y Corea del Sur, o solidaridad y empoderamiento de las poblaciones… Yo estoy a favor de que los gobiernos tomen medidas fuertes y, a veces, radicales, tanto en términos de atención sanitaria como económicos. Pero, en primer lugar, debe hacerlo un gobierno que represente a todo el pueblo”. Esto lo dijo en una nota…
CUÑADO
Sí. En la BBC… Después de leer a Žižek, Harari me llamó a mí para que le pregunte al gordo…
ING BRONSON
¿Harari repite lo del gordo “Noslafumamus” también?
CUÑADO
Y sí… Todos hippies… Si usted supiera todos los que llaman. Porque el tema acá es que todos saben que algo va a cambiar, pero…
[SE CORTA LA TRANSMISIÓN]
Slavoj Žižek
“La dialéctica paralizada de la pandemia”
En Blog da Boitempo (Sâo Paulo, 7 de julio de 2020 (Enviado directamente por el autor para su columna: traducción al portugués de Artur Renzo.)
https://blogdaboitempo.com.br/2020/07/20/zizek-a-dialetica-paralisada-da-pandemia/
Lo simple que es difícil de hacer
Los marxistas tradicionales solían hacer una distinción entre el comunismo y el socialismo, que sería su etapa inicial inferior (en la que el dinero y el Estado seguirían existiendo, los trabajadores todavía recibían salarios y así continuaría). En la Unión Soviética, hubo un debate en 1960 sobre dónde se encontraban al respecto, y la conclusión fue que aunque aún no estaban en el comunismo pleno, tampoco estaban en su etapa inferior (socialismo). El resultado fue la introducción de una distinción adicional entre una fase inferior y una fase superior del socialismo…¿No está sucediendo ahora algo similar con la epidemia de covid-19? Hasta hace aproximadamente un mes, nuestros medios de comunicación estaban llenos de advertencias sobre una segunda y mucho más poderosa ola de la epidemia que ocurriría en otoño e invierno.
Hoy, con nuevos picos en todas partes y números de infección emergiendo nuevamente, lo que se dice es que aún no es la segunda ola, sino solo un agravamiento de la primera ola, que persiste. Esta conclusión clasificatoria solo confirma que la situación del covid-19 se está agravando, y el número de casos se dispara nuevamente en todo el mundo. Así que ya es hora de tomar verdades simples como la que anunció recientemente el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus: “La mayor amenaza que enfrentamos ahora no es el virus en sí, es la falta de liderazgo y solidaridad a nivel mundial y nacional. No podremos derrotar esta pandemia si como mundo permanecemos divididos. La pandemia del covid-19 es una prueba de solidaridad y liderazgo global. El virus florece con la división, pero se calma cuando nos unimos”. Tomar esta verdad en serio significa que debemos considerar no solo las divisiones internacionales sino también las divisiones de clase dentro de cada país.
“El coronavirus simplemente expuso la pandemia preexistente de la pobreza. El covid-19 ha llegado a un mundo en el que la pobreza, la desigualdad extrema y el desprecio por la vida humana se están incrementando, y en el que las políticas económicas y las estructuras legales están diseñadas para generar y sostener la riqueza para los más poderosos, no para erradicar la pobreza.” (Philip Alston, “Covid-19 ha revelado una pandemia de pobreza preexistente que beneficia a los ricos”, The Guardian, 11 de julio de 2020)
Conclusión: es imposible contener la pandemia viral sin atacar también la pandemia de pobreza. ¿Cómo? En principio, no hay misterio: tenemos los medios necesarios para reorganizar adecuadamente el sistema de salud, etc., etc. Sin embargo, para citar la frase final del “Elogio al comunismo” de Brecht, presente en su obra La madre: “Er ist das Einfache, das schwer zu machen ist [Es lo sencillo, lo que es difícil de hacer]”. Son muchos los obstáculos que hacen que esto tan simple sea tan difícil de lograr (especialmente en el orden capitalista global), pero aquí quiero enfocarme en un obstáculo ideológico: ideológico en el sentido de las posiciones, prejuicios y fantasías semiconscientes, incluso inconscientes, que regulan nuestras vidas también (y especialmente) en tiempos de crisis. En otras palabras, se trata de pensar en una teoría psicoanalítica de la ideología.
En mis libros, a menudo me refiero a una serie de películas de Luis Buñuel construidas en torno al tema central recurrente de la “inexplicable imposibilidad de cumplir un simple deseo”– las palabras son del propio Buñuel. En L’age d’or, la pareja quiere consumar su amor, pero se ve repetidamente impedida de hacerlo por culpa de algún tonto accidente. El héroe de la película Ensayo de un crimen quiere llevar a cabo un simple asesinato, pero todos sus intentos fracasan. Al final de una noche de fiesta, un grupo de personas adineradas no puede cruzar un umbral para salir de la casa en El ángel exterminador. En El discreto encanto de la burguesía, dos parejas quieren cenar juntas, pero complicaciones inesperadas siempre impiden la concreción de este simple deseo. Y finalmente, en Ese oscuro objeto del deseo, tenemos la paradoja de una mujer que, a través de una serie de trucos, pospone repetidamente el momento final del encuentro con su amante… ¿No estaremos testimoniando algo muy parecido con la reacción a la pandemia actual? Todos, de una forma u otra, sabemos lo que hay que hacer, pero las rarezas del destino nos están impidiendo hacerlo.
Ahora que las infecciones por covid-19 van en aumento y la gente vuelve a preocuparse, se anuncian nuevas medidas restrictivas, pero siempre junto con una salvedad explícita o al menos implícita: “pero no habrá retorno a un bloqueo total, la vida pública continuará…”. Esta salvedad es el eco de las quejas de muchas personas: “No aguanto más [un lockdown total]. ¡Quiero de vuelta mi vida normal!” ¿Por qué? ¿Habrá sido el encierro una parálisis sin dialéctica (para revertir el famoso tema benjaminiano de la “dialéctica paralizada” [Dialektik im Stillstand])? Nuestra vida social no está paralizada porque estemos teniendo que obedecer las reglas del aislamiento social y de la cuarentena; en esos momentos de (o que pueden parecer una) parálisis las cosas están cambiando radicalmente. El rechazo al lockdown es en realidad un rechazo al cambio.
Normalidad y psicosis colectiva
Ignorar esto significa nada menos que una especie de psicosis colectiva. Escucho en las quejas contra el bloqueo una inesperada confirmación de la afirmación de Jacques Lacan de que la normalidad es una versión de la psicosis. Exigir hoy una vuelta a la normalidad implica un cierre psicótico a lo real del virus: seguimos actuando como si la infección no hubiera ocurrido realmente. Basta con mirar los discursos más recientes de Donald Trump: aunque es consciente del verdadero alcance de la epidemia, habla y actúa como si desconociera sus implicaciones, acusando ferozmente a los “izquierdistas fascistas” de ser la principal amenaza para los Estados Unidos hoy, y para ahí va. Pero Trump aquí es mucho menos una excepción de lo que parece: leemos regularmente en los medios y en la prensa noticias que suenan algo así como: “A pesar de los nuevos picos de infección, la apertura continúa…”. De una manera insuperablemente irónica, el regreso a la normalidad se convierte en si es así, el gesto psicótico supremo, el emblema de la locura colectiva.
Esto, por supuesto, no resume toda la verdad sobre el impacto psíquico de la epidemia. En una época de crisis, el gran Otro (el orden simbólico sustancial que regula nuestras interacciones) se desintegra simultáneamente, demuestra su ineficacia y se fortalece (bombardeándonos con órdenes precisas sobre cómo actuar, qué hacer y qué no hacer). Es decir, el cierre psicótico no es la única reacción a la epidemia, ni siquiera la más frecuente. También está la postura obsesiva (1). Muchos de nosotros disfrutamos de los rituales de protección contra el peligro de infección. Nos lavamos las manos compulsivamente, evitamos tocar a los demás e incluso tocarnos a nosotros mismos, esterilizando todas las superficies de nuestros apartamentos, etc. Así es como actúan los obsesivos: una vez que se prohíbe el disfrute de los objetos, toman un giro reflexivo y comienzan a disfrutar de las mismas medidas que mantienen el disfrute de los objetos a una distancia segura.
Aquí, Jacqueline Rose planteó una objeción crítica en mi contra (durante un debate en la Escuela de Verano de Birkbeck): “¿Cómo concilia la liberación de obscenidad, incluso psicosis, en el espacio público con su explicación de los elementos progresistas del momento? ¿Puede la ética vencer a la obscenidad? Me temo que el psicoanálisis en su conjunto sugiere lo contrario”. Las cosas, en mi opinión, son más complejas. La obscenidad perversa no es el momento en que el inconsciente irrumpe abiertamente de una manera desprovista de cualquier regulación ética que lo restrinja. El propio Freud escribió que en la perversión el inconsciente es a lo más difícil de acceder, por eso es casi imposible psicoanalizar lo perverso: primero necesitan ser histéricos, sus certezas deben debilitarse por la aparición de preguntas histéricas.
Pero creo que lo que estamos presenciando ahora, con la epidemia que se prolonga, es precisamente una histerización paulatina de quienes tenían una posición perversa o incluso psicótica. Trump y los otros nuevos populistas de derecha se están volviendo locos internamente, se ponen nerviosos, sus reacciones son cada vez más inconsistentes, contradictorias, atormentadas por una pregunta. Volviendo a Rose, creo que la obscenidad en sí ya depende de una determinada ética, encaja en una postura que solo se puede designar como ética: quienes actúan de forma obscena quieren escandalizar a las personas con sus actos y así despertarlas de sus ilusiones. La forma de superar esta ética de la obscenidad es sacar a relucir sus inconsistencias: quienes actúan de manera obscena tienen sus propios tabúes, nunca son tan radicales como creen que son. No hay político actualmente más avergonzado por la represión de su inconsciente que Trump, precisamente cuando pretende actuar y hablar de manera sincera y abierta, diciendo lo que quiera.
El pesimismo de Rose está justificado, pero a un nivel ligeramente diferente. Hegel no dijo simplemente que no se aprende nada de la historia, dijo que lo único que aprendemos de la historia es que no hay nada que aprender de ella. Está claro que “aprendimos de la historia” para reaccionar ante las catástrofes del pasado, para incluirlas en las narrativas de un posible futuro mejor. Digamos, después del horror de la Primera Guerra Mundial, la gente estaba completamente horrorizada y formaron la Liga de las Naciones para prevenir guerras futuras, pero lo que siguió fue la Segunda Guerra Mundial. Aquí soy un pesimista hegeliano: cada obra de duelo, cada simbolización de una catástrofe deja algo fuera y abre así el camino a una nueva catástrofe. Y de nada sirve ser consciente del peligro que nos aguarda. Basta recordar el mito de Edipo: sus padres sabían lo que pasaría, y la catástrofe se produjo porque intentaron evitarla… sin la profecía que les comunicaba lo que sucedería, la catástrofe no se habría producido.
Solo creo que nuestras acciones nunca son auto-transparentes, nunca sabemos lo que estamos haciendo, cuáles serán los efectos de lo que estamos haciendo. Hegel era plenamente consciente de ello y lo que llamó “reconciliación” no es un triunfo de la razón sino una aceptación de la dimensión trágica de nuestra actividad: tenemos que aceptar con humildad las consecuencias de nuestras acciones aunque no nos guste. Los comunistas rusos no querían el terror estalinista, eso no formaba parte de sus planes, pero eso es lo que pasó, y de alguna manera son responsables de ello. ¿Será lo mismo con la epidemia de corona? ¿Qué pasa si algunas de las medidas que estamos implementando para combatirlo conducen a nuevos desastres?
El soporte fantasmático del capitalismo
Así es como debemos aplicar el idealismo de Hegel a la realidad del covid-19: aquí también debemos tener en cuenta la afirmación de Lacan de que no hay realidad sin un soporte fantasmático. Las fantasías proporcionan el marco para lo que experimentamos como realidad: la epidemia de covid-19 como un hecho de nuestra realidad social es, por lo tanto, también una mezcla de realidad y fantasías: todo el marco desde el cual la percibimos y reaccionamos a la pandemia es sustentada en diferentes fantasías (sobre la naturaleza del virus en sí, sobre las causas de su impacto social, etc.). El mismo hecho de que covid-19 casi detuviera el mundo en un momento en que muchas más personas estaban muriendo de contaminación, hambre, etc., ya proporciona una clara indicación de esta dimensión fantasmática. Tendemos a olvidar que hay personas, refugiados, personas atrapadas en medio de una guerra civil, para quienes la epidemia de covid-19 representa una preocupación menor e insignificante.
¿Significa esto que no hay esperanza? Etienne Balibar escribió lo siguiente en mi contra (también en el contexto de un debate en Birkbeck Summer School): “Me suena un poco infantil que solo porque la crisis es una ‘gran’ crisis (estoy de acuerdo), todas las ‘luchas’ son potencialmente fusionándose en un solo movimiento revolucionario (siempre y cuando gritemos “¡uníos! ¡uníos!” lo suficientemente fuerte)… ¡todavía quedan algunos obstáculos! La gente debe sobrevivir primero… ”. Pero creo que algo así como una nueva forma de comunismo tendrá que surgir ¡precisamente si queremos sobrevivir!
Si algo han demostrado las últimas semanas es que el capitalismo global es incapaz de contener la crisis del covid-19. ¿Por qué no? Como señaló Todd MacGowan, el capitalismo es, en esencia, un sacrificio: en lugar de consumir ganancias inmediatamente, debemos reinvertirlas, de modo que la satisfacción plena se posponga para siempre.(2) En una de las últimas escenas de la ópera de Mozart, Don Giovanni canta triunfalmente: “Giacché spendo i miei danari, io mi voglio diverti [Ya que estoy gastando mi dinero, quiero divertirme]”. Es difícil imaginar un lema más anticapitalista: un capitalista no gasta su dinero para divertirse, sino para ganar más dinero. Sin embargo, este sacrificio no se vive como tal, se esconde: nos sacrificamos ahora para sacar provecho.
Con la epidemia de covid-19, la verdad sacrificial del capitalismo pasó a primer plano. ¿De qué forma? Se nos pide abiertamente que sacrifiquemos (parte de) nuestras vidas ahora para mantener la economía en funcionamiento. Me refiero aquí a la forma en que algunos de los seguidores de Trump, por ejemplo, exigieron directamente que las personas mayores de 60 años aceptaran morir para apoyar el “estilo de vida americano” capitalista… Por supuesto, los trabajadores que ejercen oficios peligrosos (mineros, metalúrgicos, cazadores de ballenas) llevan siglos arriesgando su vida – por no hablar de los horrores de la colonización, en la que se ha erradicado casi la mitad de la población indígena – pero ahora se formula directa y explícitamente, y no es exclusivo para los pobres. ¿Puede el capitalismo sobrevivir a este cambio? No lo creo: anula la lógica del goce eternamente retrasado que permite que el capitalismo funcione.
La desventaja de esta incesante obsesión capitalista por producir nuevos objetos a cada paso son las crecientes pilas de restos inútiles, montañas de autos usados, chatarra electrónica, etc., como el famoso “cementerio de aviones” en el desierto de Mojave en California. En estos montones cada vez más grandes de “cosas” inertes y disfuncionales, que sólo pueden asombrarnos con su presencia inútil, es posible, por así decirlo, identificar el ímpetu capitalista en un estado de reposo. ¿Y no nos pasó a todos nosotros cuando, con la cuarentena, nuestra vida social se paralizó? Vimos objetos que usamos todos los días – tiendas, cafeterías, autobuses, trenes e incluso aviones – simplemente en estado de reposo, cerrados, desprovistos de sus funciones. ¿No podríamos decir que fue una época que se nos impuso? Esos momentos deberían hacernos pensar: ¿realmente vale la pena volver al pleno funcionamiento de ese mismo sistema?
Lo más difícil está por venir
La verdadera prueba, sin embargo, no es tanto el bloqueo y el aislamiento, vendrá cuando nuestras sociedades comiencen a moverse nuevamente. En una columna anterior del Blog de Boitempo, comparé el efecto de la epidemia del covid-19 en el orden capitalista con la “técnica de cinco puntos que explota el corazón” de la escena final de la película Kill Bill: volumen 2, de Quentin Tarantino. La técnica consiste en una combinación de cinco golpes dados con las yemas de los dedos en cinco puntos de presión diferentes en el cuerpo del oponente. Después de sufrir el golpe, la víctima aún puede permanecer viva mientras no se mueva. Sin embargo, una vez que das la espalda y completas los cinco pasos, tu corazón explota y colapsa… Pero, ¿no es así como la epidemia de covid afectó al capitalismo global? Es relativamente fácil mantener el lockdown y el aislamiento, somos conscientes de que se trata de una medida temporal; algo como tomar un descanso. Los problemas realmente pasan a primer plano cuando nos enfrentamos al imperativo de inventar una nueva forma de vida, ya que es evidente que ya no hay posibilidad de volver a la antigua. En otras palabras, los tiempos realmente difíciles están llegando ahora.
En un ensayo aún inédito titulado “Present Tense 2020”, W. J. T. Mitchell lee la temporalidad de la epidemia a través del lente de la tríada de la antigüedad griega compuesta por Cronos, Aión y Kairós. Cronos encarna el implacable tiempo lineal que conduce inexorablemente a la muerte de todos los seres vivos. Aión es el dios del tiempo circular, de las estaciones, del ciclo del zodíaco, de la imagen de la serpiente devorando su propia cola, del eterno retorno. Kairós tiene un doble aspecto de amenaza y promesa: en la teología cristiana, es el momento de la decisión inevitable, el momento en que “lo nuevo llega al mundo”, como en el nacimiento de Cristo.
La epidemia se lee en gran medida a través del lente de Cronos o Aion: como un evento en el curso lineal de las cosas, como una mala temporada, un punto bajo que tarde o temprano se revertirá. Lo que espero es que la epidemia siga la lógica de Kairós: una catástrofe que nos impulsará a buscar un nuevo comienzo. Para nuestros liberales, la aparición inesperada de Trump fue un momento para Kairós, algo nuevo que rompió los cimientos de nuestro orden establecido. Para mí, Trump es solo un síntoma de lo que ya estaba mal en nuestras sociedades, y aún tenemos que ver surgir una nueva.
Si no inventamos una nueva forma de vida social, no solo será un poco peor, sino mucho peor. Una vez más, mi hipótesis es que la epidemia de covid-19 presagia una nueva era en la que tendremos que repensar todo, incluido el significado básico de lo que es ser humano, y nuestras acciones deben encontrarse con nuestros pensamientos. Quizás hoy deberíamos revertir la undécima tesis de Marx sobre Feuerbach: en el siglo XX, intentamos cambiar el mundo demasiado rápido, y ahora es el momento de interpretarlo de una manera nueva.
Notas
- Debo esta perspectiva a Matthew Flisfeder, en una comunicación personal.
- Todd McGowan, comunicación personal.
Colectivo editorial Crisis
“Los cien días que desorientaron al mundo”.
En La vida en suspenso. 16 hipótesis sobre la Argentina irreconocible que viene (Presentación). Siglo XXI Editores, Colectivo editorial Crisis. Buenos Aires, julio 2020
http://www.sigloxxieditores.com.ar/fichaLibro.php?libro=978-987-801-025-0
Presentación
Este libro comenzó a gestarse la primera jornada de aislamiento social obligatorio, bajo el signo de la urgencia. Cien días después, al momento de su publicación, seguimos a la espera. Los casos en la Argentina continúan aumentando, lenta e inexorablemente, mientras el famoso pico se desplaza siempre hacia un futuro inminente y al mismo tiempo indefinido. Y en aquellas regiones donde el virus parecía controlado, aparecen rebrotes que ponen entre paréntesis los planes de una salida cercana.
Vivimos un tiempo absolutamente excepcional. Por primera vez la historia está en suspenso, atónita por un acontecimiento cuyo protagonista es la naturaleza. No va hacia delante, tampoco retrocede, y sin embargo se mueve en el mismo lugar. La situación es tan insólita, que ni las más perennes máximas de la sabiduría conservan sentido: “no llorar, no reír, tampoco comprender” bien podría ser la consigna de la hora.
Desde el punto de vista político el desconcierto también se impone.
Ningún poder posee autoridad en el plano global para conducir a la humanidad en medio de la pandemia. Las Principales potencias intensifican sus disputas y puede escucharse el ronroneo sordo de la guerra. La grieta ideológica adquiere dimensión mundial, con preeminencia de las derechas, dejando en el recuerdo aquel gélido primado del pensamiento único de centro.
En estas condiciones cualquier cosa parece posible, pero casi nada resulta pensable. Bienvenidos a la nueva anormalidad.
* * *
La vida en suspenso reúne 16 escritos urgentes.
La mitad de los textos están orientados a describir esta coyuntura inaudita, en tiempo real. El descubrimiento de la necropolítica, la consolidación de una precariedad estructural, el gobierno de los científicos, la imposible unidad nacional, el impuesto que los ricos no quieren pagar, las rotas cadenas de cuidados, y el aislamiento social de una justicia que hace la gran avestruz.
Los demás capítulos proponen ideas inspiradas en el deseo de que el mundo por venir se parezca poco al que acabamos de dejar atrás. La diplomacia de la modestia, el cine del mañana, la necesidad de un nuevo empresariado social, el proyecto histórico de los vínculos y su apuesta por un Estado materno, las esquirlas de la implosión conurbana, el federalismo como un sueño eterno, la vuelta del aura al mundo, y el nuevo cuco de los agronegocios: la soberanía alimentaria.
El objetivo es construir un punto de vista colectivo para participar del proceso de elaboración social. No hay a la vista razones para el optimismo, más bien ocurre lo contrario. Pero nadie sabe lo que nos espera a la vuelta de una crisis como la que vivimos.
* * *
El suspenso no es quietud, todo lo contrario. Es como si la historia se estuviera reseteando.
Esta publicación se inscribe en la coyuntura argentina, donde un nuevo gobierno peronista intenta abrir resquicios de justicia social en un país desvastado económicamente y al borde del default. Pero cada paso que ensaya rebota ante el rechazo de las élites, que no pierden la oportunidad de demostrar quién manda. De hecho, son las empresas quienes han decidido ocupar la primera línea de la oposición, luego del fracaso de sus representantes políticos a la hora de gobernar.
Los dilemas que comienzan a manifestarse en plena pandemia están cargados de una intensidad particular: renta universal, impuesto a los ricos, soberanía alimentaria. La noción de propiedad privada, tan esencial y al mismo tiempo siempre tan disimulada, aparece en la superficie de cada conflicto.
La dinámica que organiza el sistema político sigue siendo la polarización, pese a los repetidos llamados a la moderación y la responsabilidad. Cada vez resulta más evidente que la grieta echa raíces en la estructura social y toma la forma de una desigualdad obscena, de una impunidad intolerable. No hay espacio para la negociación y el compromiso entre fuerzas heterogéneas. Los poderes económicos reclaman la subordinación, lisa y llana, de la sociedad a sus dictados.
Solo hay un horizonte democrático posible, y depende de nuestra capacidad para empujar cambios radicales. No habrá paz si renunciamos a barajar y dar de nuevo. Agazapado, listo para capitalizar el triunfo del miedo y la frustración, el fascismo aguarda su oportunidad.
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Índice
Presentación. Los cien días que desorientaron al mundo
Colectivo editorial crisis
LA NUEVA ANORMALIDAD
- Covid-19: el gran catalizador de todos los ajustes
Paula Abal Medina
- Ya colaboré. Poniendo estaban los ricos
Alejandro Bercovich
- El tiempo de la necroética
Ximena Tordini
- Quién manda y cómo manda. El federalismo ante el desafío de la reconstrucción
Marcelo Leiras
- Un palacio sin invierno. El Poder Judicial y la estrategia del avestruz
Paula Litvachky
- Unidad nacional. La necesidad de un imposible
Horacio González
- Quedate en mi casa. El cuidado doméstico durante la cuarentena
Natalia Gelós
- Pa(n)ciencia. La gestión de la pandemia y de la espera
Diego Golombek
EL TIEMPO QUE VIENE
- Coronavirus: todos somos mortales. Del significante vacío a la naturaleza abierta de la historia
Rita Laura Segato
- Por una diplomacia de la modestia
Juan Gabriel Tokatlian
- Historia del cine, 2001-2020
Mariano Llinás
- Volvió la historia pero no sabemos adónde va
Martín Rodríguez
Mariano Schuster
- La carga viral de la precariedad. Apuntes breves sobre la implosión social en la cuarentena
Leandro Barttolotta
Ignacio Gago
Gonzalo Sarrais Alier
- El hierro caliente de la soberanía alimentaria
Federico Orchani
Florencia Badaracco
- Unidad para qué
Juan Grabois
- Expropiación y después
Mario Santucho
- Les autores
Joseph E. Stiglitz y Hamid Rashid
“Un estímulo económico que funcione”
En Poject Syndicate, Praga, 8 de junio 2020.
NUEVA YORK – Ante la crisis de la COVID-19, gobiernos de todo el mundo están dando una vigorosa respuesta fiscal y monetaria combinada que ya llegó al 10% del PIB global. Pero según la última evaluación general del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas, es posible que estas medidas no estimulen el consumo y la inversión tanto como esperan las autoridades.
El problema es que una porción significativa del dinero se está canalizando directamente a la formación de colchones de capital, en un proceso de aumento de balances precautorios. La situación es análoga a la «trampa de liquidez» que tanto preocupó a John Maynard Keynes durante la Gran Depresión.
La implementación de las medidas de estímulo actuales para contener las consecuencias económicas de la pandemia se ejecutó con comprensible prisa, casi con pánico. No fue una estrategia selectiva ni precisa, pero muchos analistas dirán que era la única opción posible: sin una inyección masiva de liquidez de emergencia, podían esperarse numerosas quiebras, pérdidas de capital organizacional y un camino todavía más difícil hacia la recuperación.
Pero ya es evidente que la pandemia durará mucho más que algunas semanas, como se suponía cuando se aprobaron estas medidas de emergencia. De modo que se necesita una evaluación más cuidadosa de todos estos programas, con la mirada puesta en el largo plazo. En períodos de gran incertidumbre, es común que haya un aumento del ahorro precautorio, ya que particulares y empresas se aferran al efectivo por temor a lo que vendrá.
La crisis actual no es una excepción. La angustia por el futuro y la reducción general de las oportunidades de gasto hacen probable que buena parte del dinero entregado a familias y empresas termine ocioso depositado en cuentas bancarias, y que los bancos no puedan otorgar nuevos préstamos con el excedente de liquidez por falta de destinatarios solventes dispuestos a endeudarse.
No sorprende que entre febrero y abril los excedentes de reservas en las instituciones de depósito estadounidenses se hayan casi duplicado, desde 1,5 billones de dólares hasta 2,9 billones. En comparación, durante la Gran Recesión los excedentes bancarios apenas llegaron a un billón de dólares. Este enorme aumento de las reservas bancarias hace pensar que las políticas de estímulo implementadas hasta ahora han tenido poco efecto multiplicador. Es evidente que el crédito bancario por sí solo no nos sacará de este atasco económico.
Para colmo de males, el exceso actual de liquidez puede conllevar un alto costo social. Además de las inquietudes habituales relacionadas con la deuda y la inflación, hay también buenos motivos para temer que el exceso de efectivo en los bancos se canalice a la especulación financiera. Las bolsas ya exhiben grandes oscilaciones diarias; esta volatilidad puede, a su vez, perpetuar el clima de incertidumbre, lo que estimulará todavía más conductas precautorias y desalentará el consumo y la inversión que se necesitan para motorizar la recuperación.
En este caso, no sólo habrá una trampa de liquidez, sino también una paradoja de liquidez: un enorme aumento de la oferta de moneda, con escasez de oportunidades para su uso por parte de familias y empresas. Medidas de estímulo bien diseñadas pueden ayudar cuando la COVID-19 esté bajo control. Pero mientras la pandemia siga haciendo estragos, no puede haber regreso a la normalidad.
De modo que por ahora la clave está en reducir el riesgo y aumentar los incentivos al gasto. Mientras las empresas teman que de aquí a seis meses o a un año la situación económica siga siendo desfavorable, pospondrán la inversión y al hacerlo demorarán la recuperación. El único que puede romper este círculo vicioso es el Estado. Los gobiernos deben hacerse cargo de los riesgos actuales, ofreciendo a las empresas compensación en caso de que transcurrido cierto lapso la economía todavía no se haya recuperado.
Para hacerlo, ya existe un modelo: los «títulos contingentes de Arrow-Debreu» (por los premios Nobel de Economía Kenneth Arrow y Gérard Debreu), instrumentos cuya ejecución estaría supeditada a condiciones predeterminadas. Algunos ejemplos pueden ser: que a una familia que compre un auto hoy, el Estado le garantice la suspensión de los pagos mensuales si dentro de seis meses la curva de la epidemia se mantiene en cierto punto; préstamos e hipotecas atados a los ingresos para alentar la compra de diversos bienes duraderos (incluida la vivienda); y disposiciones similares para inversiones reales de las empresas.
Los gobiernos también deben analizar la emisión de vales de gasto para estimular el consumo privado. Ya ocurre en China, donde unos cincuenta municipios han comenzado a emitir cupones digitales que pueden usarse para comprar diversos bienes y servicios dentro de un plazo determinado. La fecha de caducidad los convierte en poderosos estimulantes del consumo y de la demanda agregada en el corto plazo, cuando más necesarios son.
Como es probable que la pandemia dure mucho más de lo que se pensó al principio, se necesitará todavía más estímulo. Por ejemplo, aunque Estados Unidos ya gastó más de tres billones de dólares en diversas formas de asistencia, si no se implementan más medidas (y, esperemos, mejor diseñadas), ese dinero sólo habrá prolongado unos pocos meses la vida de muchas empresas, en vez de salvarlas realmente.
Una idea que funcionó en varios países es ayudar a las empresas a pagar salarios y afrontar otros costos, en proporción a los ingresos perdidos, con la condición de que no despidan trabajadores. En Estados Unidos, la legisladora Pramila Jayapal, integrante de la Cámara de Representantes por el estado de Washington, propuso una ley de estas características, lo mismo que diversos senadores.
Los programas de estímulo mal diseñados no sólo son ineficaces, sino que pueden ser peligrosos. Políticas erradas pueden aumentar la desigualdad, sembrar la inestabilidad y debilitar el apoyo político a los gobiernos justo cuando se lo necesita para evitar que la economía caiga en una recesión prolongada. Felizmente hay alternativas, pero todavía no es seguro que los gobiernos las adopten.
Las ideas expresadas en este artículo no reflejan posturas de Naciones Unidas ni de sus estados integrantes.
Joseph E. Stiglitz, es Premio Nobel de Economía y Profesor de la Universidad de Columbia; Economista Jefe en el Roosevelt Institute y ex vicepresidente senior y Economista jefe del Banco Mundial. Su libro más reciente es People, Power, and Profits: Progressive Capitalism for an Age of Discontent.
Hamid Rashid, fue director general de Asuntos Económicos Multilaterales del Ministerio de Asuntos Exteriores de Bangladesh y Asesor senior del Departamento de Políticas para el Desarrollo en PNUD; es Jefe de Seguimiento Económico Global en el Departamento de Economía y Asuntos Sociales de Naciones Unidas.
José Natanson
“La redistribución del virus”
En Le Monde diplomatique (Editorial), Agosto 2020 | N°254 (Buenos Aires, Edición para el Cono sur): https://www.eldiplo.org/254-como-curar-la-desigualdad/la-redistribucion-del-virus/
EDITORIAL
Si el agente que origina la pandemia, el virus, es biológico, el modo en el que se propaga es social, resultado del contexto en el que se inserta, de las condiciones que le ofrecen la economía y la política; es consecuencia de un “sistema complejo” e históricamente situado que articula sociedad, instituciones y cultura. Como señala la antropóloga estadounidense Emily Martin (1), el virus del HIV, por citar un caso, se transmite a través del intercambio sexual, pero su circulación puede limitarse en una sociedad en la que el empoderamiento de la mujer la habilita a rechazar una relación sin protección o en un entorno cultural plural en el que las diversidades pueden ejercer su vida sexual fuera de las catacumbas.
Se ve clarito en estos días. El modo en el que se organizan las instituciones de gobierno, una dimensión política que en apariencia puede parecer lejana a la enfermedad, incide en el recorrido del coronavirus. En países federales, la descoordinación entre las diferentes instancias de administración dificulta las chances de emitir un mensaje consistente y unificado que ayude a que la población respete las normas de distanciamiento social, lavado de manos y uso de barbijo, como ocurrió primero en Italia y sucede hoy en Estados Unidos y Brasil, tres países federalísimos que están entre los más afectados por la pandemia (por el contrario, cuando los gobiernos logran articular una respuesta común el federalismo habilita una sana flexibilidad que permite políticas más atentas a las necesidades de cada comunidad, como sucede en Alemania o Argentina).
El contexto socioeconómico también incide. Perú fue el primer país latinoamericano en cerrar sus fronteras e imponer la cuarentena estricta, y su gobierno desplegó desde el comienzo una serie de políticas claras y bien enfocadas. Sin embargo, los altos niveles de informalidad laboral (el 71% de la población activa trabaja sin contrato) y la debilidad de su sistema de protección social (el gasto público en salud equivale al 3,5% del PIB, la mitad que en Argentina) dificultaron la respuesta, a punto tal que hoy es el segundo país latinoamericano con más contagios. A ello hay que sumar rasgos de pobreza estructural irresueltos a pesar de dos décadas de altísimo crecimiento, como el hecho de que solo el 38% de la población dispone de cuenta bancaria, lo que todos los meses crea largas filas para cobrar la ayuda social del gobierno, y apenas el 21% de los hogares pobres cuenta con heladera, lo que obliga a salir todos los días en busca de alimentos frescos. De hecho, el foco de contagio son los gigantescos mercados populares en los que compran –y trabajan– buena parte de los peruanos que viven en las ciudades: el gobierno se vio obligado a cerrar por unos días el mercado limeño de La Victoria cuando descubrió que el ¡86%! de sus vendedores estaban infectados (2).
Pero el caso más escalofriante es Estados Unidos, donde el problema no es tanto la informalidad o la pobreza como la discriminación de las minorías étnicas de un país que construyó su primer ciclo de prosperidad sobre las espaldas de los esclavos traídos de África, y que fue el único –a excepción de Sudáfrica– que mantuvo disposiciones institucionales racistas una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial. La riqueza estadounidense descansa en la filosofía ultraliberal de una sociedad que nunca pudo darse un sistema sanitario decente y para la cual la salud es menos una responsabilidad pública que una cuestión individual. El resultado es elocuente: los latinos constituyen el 29% de la población de Nueva York pero aportan el 34% de los fallecidos por COVID-19, en tanto que los negros representan el 22% de la población pero expresan el 27% de los muertos (con los blancos ocurre a la inversa: son el 33% de la población y aportan el 26% de los fallecidos) (3).
Obligados a trabajar en diversos rubros del comercio y la logística que los exponen al riesgo de contagio, más vulnerables por una serie de comorbilidades como resultado de una mala alimentación que es a su vez consecuencia de los bajos ingresos, privados muchos de ellos de cobertura de salud y aun de ciudadanía, quienes pertenecen a las minorías étnicas están sufriendo más que nadie los efectos de la pandemia. Lo mismo sucede en Brasil; pero no en países más igualitarios, con sistemas de protección más amplios y gobiernos más sensibles, como España y Francia, donde hubo decenas de miles de muertos, pero repartidos de manera más equitativa a lo largo de la pirámide social.
Desde este punto de vista, uno de los éxitos más notables de la gestión de la pandemia en Argentina es que logró evitar que la enfermedad se propague especialmente por los grupos más pobres. No sólo el ingreso, también el virus se redistribuye, y en nuestro caso el esfuerzo del gobierno impidió que las desigualdades sociales se reflejen mecánicamente en los números de contagios y muertos. Al menos hasta ahora, no hay ninguna evidencia que indique que el coronavirus afecte especialmente a los sectores populares.
Esta “redistribución del virus” se explica por tres motivos.
El primero, común a otras geografías, es demográfico: los grupos de menores ingresos son también más jóvenes, lo que no reduce los casos de infectados pero sí la letalidad. El segundo es político: la decisión del Gobierno Nacional de lanzar una serie de medidas –el Ingreso Familiar de Emergencia, los créditos de la AFIP, la ayuda a las empresas para que paguen salarios y el refuerzo de la asistencia alimentaria– que contribuyeron a garantizar el cumplimiento de la cuarentena y a contener a los sectores más desfavorecidos, junto a la determinación de las tres administraciones del Área Metropolitana de Buenos Aires –de las tres, incluyendo la de Horacio Rodríguez Larreta– de implementar políticas focalizadas en los barrios populares, como las que se concretaron en el Barrio 31 y Villa Azul, a través de los operativos Detectar y El Barrio Cuida al Barrio. El tercer motivo, que suele pasarse por alto y que ha sido destacado por Daniel Feierstein (4), es el alto nivel de organización de los movimientos sociales, religiosos y políticos, habituados a funcionar como un puente entre los sectores más vulnerables y las agencias estatales, una trama densa y eficiente que contribuyó a gestionar alimentos, medicinas, traslados, conexión a Internet, en fin, las necesidades básicas de las familias en los zonas postergadas, y que resultó clave para garantizar la “cuarentena comunitaria” en aquellos lugares en los que las condiciones del hábitat hacían imposible la distancia social.
Pero esta etapa va a pasar. En un segundo momento, cuando la cuarentena termine y los argentinos comencemos a levantar los escombros y barrer las cenizas, la devastación se hará visible y sus efectos se sentirán sobre todo en los grupos más débiles. Con la excepción de unos poquísimos sectores de la economía, que no saldrán favorecidos pero sí aguantarán mejor el golpe, entre los que se destaca sobre todo el agropecuario, prácticamente todas las ramas se desplomarán, con caídas especialmente dramáticas en el esparcimiento, la industria mercadointernista, el comercio y la construcción. Según estimaciones de Naciones Unidas (5), la pobreza llegará a 40% en el segundo semestre de este año, la pobreza extrema trepará al 10% y el desempleo al 15%. “Con suerte vamos a terminar el mandato en el mismo lugar en el que lo empezamos. Con suerte”, explica un funcionario cercano a Alberto Fernández.
La vieja y conocida desigualdad de ingresos, por la que el decil superior obtiene ingresos equivalentes al 32,8% del total mientras que el inferior se lleva apenas el 1,8% (6), se profundizará, al tiempo que se sumarán otras, específicas de la pandemia o que la pandemia desnudó: la que separa a los trabajadores formales de los informales, una línea de fractura que atraviesa las clases sociales (es probable que hoy la esté pasando mejor un operario del SMATA que un diseñador free-lance de Palermo) y que se ha hecho más profunda que nunca; la desigualdad en la distribución del hábitat, con especial énfasis en los “barrios intermedios”, aquellos que, como señala la investigadora Daniela Soldano (7), logran, en los períodos de crecimiento, integrarse a la ciudad inclusiva, como si coagularan con ella, pero que ante la primera crisis se desenganchan y quedan sueltos, revelando una larga lista de carencias; la desigualdad entre los jóvenes que, por las condiciones familiares o la disposición personal, lograron en estos meses mantener el vínculo virtual con la educación, frente a aquellos que lo fueron abandonando y ya no lo recuperarán (a fin de año veremos un aumento de la deserción, principal problema del nivel secundario), y, por último, las nuevas desigualdades generadas por la virtualización de la vida laboral, que no son tanto de acceso a la Red, que en Argentina es casi universal, como de uso, la distancia entre los que disponen de banda ancha en casa y una laptop en un escritorio frente a una ventana, contra aquellos que se las tienen que arreglar con un celular lento y con tarjeta.
Branko Milanovic, uno de los grandes estudiosos de la desigualdad social, sostiene que las pandemias generan, a la larga, efectos igualadores: la peste negra del siglo XIV mató a un tercio de la población europea, y al reducir súbitamente la mano de obra empoderó a los campesinos, les permitió reclamar mejores ingresos e invirtió la relación tierra-salario, lo que desató una crisis del orden feudal que culminaría en el Renacimiento. Milanovic estima que, contra lo que sugiere el sentido común, la desigualdad global se reducirá por efecto del coronavirus, porque los países de Asia, en particular China, lograrán recuperar más rápidamente el crecimiento, mientras que Europa y sobre todo Estados Unidos enfrentarán mayores dificultades (no será, por lo tanto, una igualación “benigna”, como la de los primeros años del siglo XXI, cuando todos crecían, sino “maligna”, resultado del estancamiento del mundo desarrollado).
Pero Milanovic también advierte que la desigualdad hacia el interior de los países se profundizará, y este es el dato que realmente importa, porque si algo demostró la pandemia es que no existe tal cosa como “la humanidad”, que la salvación no será individual pero que en todo caso será china, estadounidense, uruguaya o argentina. Con la notable excepción de Europa, que parecía condenada a convertirse en un museo de glorias pasadas y que con su nuevo y fabuloso plan de recuperación demostró una vez más la capacidad de reinventarse (Angela Merkel es sin dudas la gran estadista de este siglo), el resto de los países tendrán que buscar ellos mismos la salida, simplemente porque el encargado de orientarla será el viejo y queridísimo Estado-nación, la última tabla que quedó flotando después del naufragio. Con una gestión virtuosa de la crisis sanitaria y altos niveles de popularidad, el gobierno de Alberto Fernández tiene la oportunidad de avanzar en un replanteo del Estado de Bienestar que deje de lado la orientación bismarckiana de beneficios atados al trabajo asalariado para hacerlo descansar definitivamente en la condición de ciudadanía.
Notas
- Flexible bodies. Tracking Immunity in American Culture from the Days of Polio to the Age of AIDS, Penguin, 1994.
- www.youtube.com/watch?v=hBXMhuGqcAg
- El Cronista, Buenos Aires, 27-7-20.
- “Con la cuarentena no alcanza”, en www.elcohetealaluna.com
- https://news.un.org/es/story/2020/06/1476542
- www.tiempoar.com.ar/nota/la-argentina-un-pais-donde-se-acentua-la-desigualdad-social
- www.lanacion.com.ar/politica/coronavirus-argentina-mas-desigualdad-salarios-baja-ejes-nid2362350
Juan Ignacio Trobbiani (*)
“Crisis ambiental y origen de las pandemias: laboratorios de microbiología a la vuelta de la esquina”
(*) Médico por la Universidad Nacional del Sur / Bahía Blanca, Prov de Buenos Aires, Argentina.
En Agencia Paco Urondo/ APU, Buenos Aires, 6 de julio de 2020
El lugar común sitúa a la biología como última responsable de las epidemias. Sin embargo, la historia social y económica de la especie humana resulta un factor clave para forzar condiciones que dan origen a mutaciones y contagios de los virus. La próxima revolución será ecológica, y el momento es ahora.
De repente un peligro minúsculo, invisible, crece rápidamente desde un punto inubicable del globo hasta hacerse tangible, ahora total, expandiéndose y destruyendo todo aquello que considerábamos normalidad. Poniéndonos en pausa. Se han pensado, dicho y escrito innumerables aspectos de esta realidad. Sin embargo, sigue resultando inquietante preguntarse qué responsabilidad podríamos tener en el origen de las pandemias.
Cereales embrujados
Empezamos bien atrás en el tiempo. Diversos autores sostienen que el surgimiento de plagas y epidemias está asociado al paso del modo de subsistencia cazador-recolector a la vida aldeana sedentaria luego de la revolución agrícola. La era paleolítica previa a la agricultura también planteaba grandes desafíos, pero la amenaza de muerte no provenía de epidemias. Las enfermedades infecciosas existentes no podían tomar esa forma porque el estilo de vida no favorecía ni la génesis de enfermedades por microorganismos ni el contagio masivo. Hace 10.000 años, la domesticación de los cereales y la consolidación de grupos poblacionales cada vez más grandes dedicados a esa tarea fueron una bisagra evolutiva para nuestra especie en términos culturales, sociales, alimentarios y también sanitarios. La dependencia de la agricultura trajo la idea de futuro, de trabajo para el mañana; la abundancia y el progreso. Pero también favoreció una susceptibilidad enorme a inclemencias climáticas que afectaran los cultivos; inauguró los períodos de escasez estacional y fue responsable por una gran vulnerabilidad sanitaria.
Gracias al excedente de alimentos, sobrevivieron grandes masas de población, pero en peores condiciones. Se maximizó el éxito de supervivencia colectiva, del pool genético de la especie; pero no mejoró la calidad de vida a nivel individual. Las condiciones materiales de hecho fueron empeorando: asentamientos cada vez más masivos; hacinamiento; malas condiciones de higiene; contaminación de aguas y alimentos; desnutrición crónica e inmunosupresión asociadas a una dieta hipoproteica y poco variada basada mayormente en monocultivos. La necesidad de estar cerca de los lugares de siembra para tareas agrícolas también fue dando paso a la domesticación animal. Ese fenómeno acercó peligrosamente la barrera zoonótica-humana por la cercanía de microbios de animales de granja con los cuidadores; quienes frecuentemente enfermaban y contagiaban al resto de la población (el sarampión, la viruela y la tuberculosis tienen origen vacuno; las gripes provienen de patos y otras aves de corral). Los grandes imperios, sus armadas navales, los avances técnicos y la navegación hicieron que la expansión colonial europea favoreciera la transmisión intercontinental de los patógenos como nunca antes hasta ese momento, hacia poblaciones donde la susceptibilidad inmunológica era total. Los “nuevos mundos” (África, América, Oceanía) fueron víctimas de este genocidio bacteriológico.
Super-farms
Si resulta perturbador lo anterior… ¿Qué hay de nuestros días? ¿Qué se puede decir de los modos modernos de producción industrial de cultivos y animales para consumo humano? Vacas, cerdos, pollos y otras aves amontonados en galpones gigantescos, repetitivos, de geometría calculada al detalle.
En esas granjas, para maximizar los rendimientos del proceso productivo se aplican una serie de estrategias. En primer lugar, todos los ejemplares son casi clones genéticos, idénticos por un historial de décadas de selección artificial de rasgos favorables para la cría industrial y el consumo humano. Se acelera su crecimiento y engorde con diversas técnicas (¿para qué tener vivo por años a un vacuno si su tamaño adulto, que minimiza el costo por kilo de carne, se obtiene a los 4 meses de nacido?). Son alimentados con especies transgénicas de forraje que garantizan un engorde rápido y uniforme. Permanecen estabulados, apilados en jaulas. La cría se realiza exprofeso en cubículos minúsculos apenas más grandes que el propio animal, donde no pueden ejercitar sus músculos, que se prefieren fofos y grasosos para el consumo. Se anula toda relación social. La primera vez que un ternero camina o se relaciona con otros de su especie, por ejemplo, es en el camino al matadero. También reciben estímulos químicos y farmacológicos varios: son sometidos a aplicaciones regulares de productos tóxicos de higiene porque están expuestos a líquidos de todo tipo (alimentario, sangre, saliva, plumas, heces, orina, químicos).
Por último, como consecuencia de la antinaturalidad en la que viven, son animales que se comportan como inmunodeprimidos. En el ambiente y dentro de cada animal coexisten muchas especies de virus y bacterias, por lo que el sobrecrecimiento de patógenos oportunistas y otras enfermedades infecciosas es frecuente. Por ello reciben preventivamente grandes cantidades de antivirales y antibióticos (70% de la producción mundial se usa en la cría de animales). El uso indiscriminado de antimicrobianos genera resistencias cada vez más fuertes que a su vez obligan al uso de drogas más potentes o a combinaciones de ellas.
Las consecuencias son nefastas. Por ejemplo, el origen de varias enfermedades epidémicas-pandémicas está bien documentado y se relaciona directamente con estos modos de producción. La bacteria E Coli O157:H7 (que causa síndrome urémico-hemolítico), las influenzas (varias cepas de gripe aviar y gripe porcina), otros coronavirus (el SARS-CoV, siglas en inglés de Coronavirus del Síndrome Respiratorio Agudo Severo, y MERS-CoV, Coronavirus del Síndrome Respiratorio de Oriente Medio), y muchos otros patógenos pueden rastrearse hasta grandes feed-lots en distintas partes del mundo.
Adicionalmente, hay que tener presente que en nuestros días las enfermedades infecciosas se mueven rápido a través del planeta: los transportes modernos (sobre todo aviación civil) resuelven en horas/días lo que a la peste negra le llevó 4 años conquistar en el siglo XIV.
Depredarlo todo
Pero el análisis del problema de la cría industrial de animales no termina ahí. El avance humano buscando nuevos territorios para instalación de granjas, construcción de infraestructura e industrias accesorias, genera alteraciones profundas del ecosistema: deforestación y erosión de suelos, emisión de gases de efecto invernadero y cambio climático, contaminación/destrucción de fuentes de alimento. Así, en diferentes puntos de la geografía mundial aparecen nuevos elementos del desastre ecológico: muchas especies silvestres que son reservorios naturales de virus (murciélagos, mapaches, monos, mosquitos) ven destrozados sus hábitats naturales. Es necesario subrayar que un ecosistema es un equilibrio complejo de vida y ambiente, con infinidad de relaciones e influencias que son comprendidas apenas parcialmente. Las consecuencias de manipularlo o literalmente destruirlo son muchas veces impredecibles.
La civilización entonces arrasa y desplaza las fronteras de los territorios salvajes, destruye hábitats y obliga a las especies silvestres a migrar desde sus territorios originales hacia otros, llevando consigo todos los microorganismos que albergan en sus cuerpos. Esos virus y bacterias han evolucionado con sus especies hospedadoras en forma simbiótica a lo largo de muchos milenios, en un pacto darwiniano que contempla agresión no mortal del patógeno y sistemas inmunológicos permisivos del propio hospedador para lograr una convivencia armónica. Sin embargo, su peligrosidad para humanos es una amenaza enorme.
Las especies salvajes desplazadas son cada vez más difíciles de controlar en las inmediaciones de los grandes centros de cría de animales, donde se forman nuevos ecosistemas con nichos artificiales abundantes. En la nueva dinámica, se favorece la convivencia de animales silvestres con animales de granjas modernas. Se plantea entonces una relación ecológica inédita entre sujetos de diferentes especies, en la cual los virus de animales salvajes se pueden transmitir a animales de cría. Es en ellos, verdaderos laboratorios de microbiología vivos, donde tarde o temprano invariablemente ocurre el evento desastre: algún virus sufre una mutación específica o dos o tres cepas virales diferentes se recombinan dentro de algún animal intermediario y ello les permite cruzar la barrera de especie hacia humanos.
Esto fue lo que sucedió con el origen de la pandemia de gripe A H1N1 de 2009–2010 en México, en la que surgió una nueva cepa que combinó información genética de varias especies de influenza. Una coinfección de virus influenza humano y de ave en un cerdo permitió que la agresividad y otras características de la cepa de gripe aviar y dos cepas de gripe porcina se combinen con la contagiosidad de la gripe humana en un hospedador que podía albergar a todas ellas. Luego el nuevo virus dio el salto de especie y se contagiaron nuevamente humanos (que no podían ser contagiados por las cepas individualmente antes de la recombinación en el cerdo) y así comenzó el problema. Puede hacerse un análisis similar para otros patógenos emergentes. Entre ellos, los virus son los que tienen mayor posibilidad de daño.
Los sospechosos de siempre: mercados húmedos
Además, para sumar elementos al análisis, en todo el territorio del gigante asiático existen los llamados mercados húmedos (wet markets). En realidad, bajo esa denominación se agrupan erróneamente una cantidad muy diversa de mercados. Es necesario puntualizar algunas cuestiones. El nombre se emplea para distinguirlos de los mercados “secos” que venden productos envasados y otros no alimenticios, como textiles. El origen del nombre tendría que ver con los pisos siempre mojados por la limpieza con agua frecuente de las instalaciones. La mercancía de los mercados húmedos es variada: vegetales, carne fresca, productos no perecederos. Constituyen un pilar fundamental para la economía y seguridad alimentaria de grandes grupos de población. Algunos, pero no todos, también venden animales vivos para consumo, especies exóticas, vida marina.
Desde el inicio de la pandemia, imágenes explícitas de esos mercados se han replicado infinitamente de forma sensacionalista enmass media y redes sociales buscando causar impacto en el espectador occidental, para quien representan un desafío estético importante. China es muchas veces vista por occidente como una amenaza económica por la velocidad de su desarrollo y también cultural porque sus tradiciones milenarias resultan poco compatibles con el ideal de buenas costumbres, progreso y modernización occidental. Su patrón de consumo de alimentos es uno de los aspectos más controvertidos.
Con los documentos gráficos efectistas en circulación por todo el planeta, se refuerza entonces la necesidad de cerrar estos mercados, respaldado por la generación colectiva de prejuicios, estereotipos y un sentimiento de rechazo hacia lo diferente. Si bien es cierto que algunos de estos mercados se sostienen sobre la base de la caza furtiva y el tráfico de animales vivos (muchas veces en peligro de extinción); y que seguramente tengan un rol en la dinámica de enfermedades infecciosas emergentes, es necesario desarrollar otros puntos de vista para completar el panorama.
Uno de los costos de crecer a tasas chinas
Desde la década de 1990 y como parte de su transformación económica, China aumentó sus sistemas de producción a escala industrial. Cada vez quedó menos lugar para la economía agrícola-ganadera doméstica. Además, en su avidez por conseguir nuevas locaciones para instalar unidades productivas, las grandes industrias usurparon territorios de poblaciones rurales del mismo modo que se comentaba más arriba para especies de la fauna silvestre. Así, poblados enteros fueron desplazados de su geografía nativa.
Los granjeros tradicionales fueron migrando hacia los límites con territorios selváticos, donde todavía crecen libremente especies salvajes raras que hasta ese momento sólo habían sido cazadas y comidas para subsistencia. Forzados por la coyuntura, comenzaron a domesticarlas como medio de vida. Entonces, con un mecanismo similar al descripto para transmisión de virus de especies silvestres al ganado industrial, los mismos microorganismos de la fauna silvestre toman contacto frecuente con los granjeros o bien con animales exóticos atrapados y criados por ellos. Otra vez, con la repetición de la exposición, tarde o temprano un virus animal termina infectando a humanos.
La nueva actividad productiva con especies exóticas fue adquiriendo en las últimas décadas mayores grados de legalidad en China y robusteciéndose hasta convertirse en un gran polo económico para la población rural de granjeros. Actualmente es un sector de consumo muy valorado al que acceden muchos ciudadanos ricos y también turistas buscando promesas relacionadas con ambiciones personales (medicinas milagrosas para cura de diversas enfermedades, estética, body-building, potencia sexual).
Estas nuevas actividades con animales raros y los mercados húmedos son regulados por el CDC chino (Centers for Disease Control) y por autoridades municipales. Con claridad, las preocupaciones por la ecología y los derechos animales aún no están en la agenda de granjeros en esas latitudes. No resulta ideal ni deseable, pero sí comprensible en el marco de las grandes carencias materiales y la lucha por mejores condiciones de vida de esos grupos de población. Las implicancias económicas del cierre indiscriminado de todos estos mercados, sin distinguir los potencialmente peligrosos del resto, serían muy importantes para la economía doméstica de un porcentaje significativo de la población china. Si bien plantean un riesgo real para la emergencia de enfermedades zoonóticas, se ha sugerido que más que prohibición lo que es necesario es un marco sanitario regulatorio sólido basado en evidencias científicas, con leyes estrictas que contemplen el bienestar de los ciudadanos actualmente involucrados. Además, abolir los mercados sin distinción ya se ha intentado sin éxito en otras oportunidades y aunque fuese posible, se puede anticipar que la proscripción tampoco resolvería el problema: no es ninguna novedad que siempre favorece la marginalidad, clandestinidad y el comercio ilegal.
Mecanismos comunes y zoonosis emergentes
Recapitulando entonces, se hipotetiza que la vía de inicio de una pandemia sigue cualquiera de los esquemas bosquejados. En algún punto del mapa en la frontera entre la civilización y áreas salvajes del territorio, un hospedador de una especie silvestre puede haber contagiado un virus a: 1) Un humano directamente ó 2) Un hospedador intermediario (que podrá ser algún espécimen exótico en un mercado de animales vivos o algún animal de granja industrial moderna). El intermediario a su vez re-transmite el virus a un humano (en general, mutado o recombinado con otro virus, lo que altera su ARN en forma crítica y permite el salto de hospedador).
Todavía no se conoce completamente el origen específico de la pandemia por SARS-CoV2. Se sospecha que el hospedador inicial fue un murciélago (por la similitud del genoma de SARS-CoV2 con los genomas de otros coronavirus de murciélago conocidos) con la participación o no de alguna otra especie (¿pangolín?, con quien SARS-CoV2 comparte sobre todo la estructura de la proteína S,spike protein. La proteína S es usada por el virus para ingresar a las células al unirse al receptor humano ACE2, angiotensin-converter enzyme 2 o enzima convertidora de angiotensina 2. Se trata de una proteína de membrana presente en células vasculares, renales, intestinales, pulmonares y cardíacas e involucrada en la regulación de la presión arterial).
El potencial pandémico de SARS-CoV2 se habría adquirido luego por selección natural de una cepa viral con mutaciones en sus receptores (spike protein, proteína S). Estos cambios evolutivos pueden haberse dado en dos entornos: en los hospedadores iniciales (murciélagos/pangolines) o a partir de una transmisión lejana desde esos animales a humanos, seguido de una evolución asintomática larga en nuestra especie hasta que los cambios mencionados aumentaron su virulencia y se desencadenó la pandemia.
De todas maneras, lo relevante es destacar que este proceso se repite con mayor o menor complejidad en distintas partes del planeta y es cada vez más frecuente. De hecho, existe un mapa mundial donde virólogos y epidemiólogos del mundo identifican “zonas calientes” de donde podrían surgir enfermedades zoonóticas causadas por virus emergentes con potencial pandémico. Este campo de la ciencia se denomina “virología prospectiva”.
¿Quién paga la fiesta?
También será necesario referirse a los responsables ocultos de los que nadie habla. Todos los mecanismos descriptos son engranajes implacables del sistema capitalista que hemos elegido y desarrollado como especie y que crea enormes problemas ambientales (cambio climático, contaminación de reservorios de agua potable y también de grandes océanos, extinción de especies animales y vegetales, destrucción completa de ecosistemas). No tan tristemente célebres como los mercados húmedos chinos, los actores con rol protagónico de esta historia son las enormes empresas transnacionales que concentran la cría industrial de animales, los monocultivos, la deforestación comercial y destrucción de bosques tropicales. Son realmente pocas, pero gigantescas: Monsanto, Bayer, BASF, Singenta, Corteva. También las que producen forraje para animales: Bunge, Cargill, ADM. Todas ellas tienen intereses en la cría industrial de animales, porque son su principal cliente o porque directamente poseen parte de los negocios vinculada con ella.
Pero además de ser responsable de las causas, el sistema tampoco se hace cargo de las consecuencias: ¿a quién afecta más una pandemia? A los desplazados del sistema: pobres, vulnerables, marginados. Sin techo, sin agua potable ni alimentos de calidad, sin acceso al sistema de salud. Y también a los no desplazados, pero enfermos por consumir compulsivamente los productos de ese sistema agroalimentario industrial: diabéticos, obesos, hipertensos, enfermos cardiovasculares, pacientes con cánceres digestivos.
La respuesta de los Estados debería tender a dar una respuesta sobre todo a estos grupos poblacionales. Sin embargo, por su poder de lobby y por ser consideradas “motor” de la economía, muchas veces las salvadas con erogaciones estatales multibillonarias son estas mismas empresas, que contribuyeron a crear el problema inicialmente.
Sin embargo, habitualmente no hablamos de las causas. Más bien tendemos a creer que hay que buscar soluciones simplistas. Asignamos culpas que abrevan en nuestra xenofobia y miedo a lo desconocido. En general, se termina identificando y estigmatizando un grupo étnico o cultura presuntamente responsable.
La próxima revolución es ecológica
Homo sapiens ha escalado hasta la cima de la pirámide evolutiva extremadamente rápido. De ser un primate insignificante sin trascendencia a definir el destino del resto de la vida conocida en el planeta, sin escalas. El ecosistema global no ha tenido tiempos razonables para desarrollar mecanismos compensatorios a través de frenos y equilibrios para evitar daños excesivos (como sí pudo hacer con otras especies). Además, los humanos tampoco conseguimos adaptarnos. Todavía persisten en nuestra psicología muchos miedos y ansiedades, rasgos de un pasado evolutivo reciente como seres desvalidos de la sabana. Esto nos convierte en animales potencialmente peligrosos.
En la subida meteórica a la cima de la cadena alimenticia, exploramos los confines de la tierra, los océanos y el espacio; pensamos ciencia; inventamos lo impensado; imaginamos leyendas, mitos, dioses, religiones; desarrollamos filosofías; cultivamos artes. Pero no aprendimos humildad. Todos nosotros, como especie, somos irrespetuosos, insensibles, salvajes. Tenemos una pésima relación con el resto de los seres vivos. De dominación absoluta, de explotación y depredación sin límites, sin respeto por nada ni nadie. Además, creamos y sostenemos un sistema global de organización política-económica-social que genera profundas desigualdades entre nosotros mismos. La combinación entre el volumen de nuestra especie, los desarrollos científico-técnico-industriales y nuestro modo de existir son responsables directo de las plagas que nos afectan. Existe un sentimiento cada vez más generalizado en varios países de que es momento de replantear muchas cosas. Debemos encontrar la manera de dejar de ser la especie más egoísta, irresponsable, prepotente y con mayor impacto negativo en la historia del planeta. El momento es ahora.
Bibliografía y lecturas recomendadas:
-Quammen D, Spillover: animal infections and the next human pandemic, 1st edition. New York: W. W. Norton & Company, 2012.
-Wallace R, Big farms make big flu: dispatches on infectious disease, agribusiness and the nature of science, 1st edition New York: Monthly Review Press, 2016.
-Harari YN, De animales a dioses, 10ª ed, Buenos Aires: Debate, 2018.
-Barrutti S, Malcomidos 2ª ed, Buenos Aires: Planeta, 2013.
-Aguirre P, La fuerza de lo pequeño – Puntos de vista – IntraMed, Abr 2020. Disponible en: intramed.net/contenidover.asp?contenidoid=95960&fuente=inews&utm_source=inews&uid=424290
-Spinney, L. “Is Factory Farming to Blame for Coronavirus?” The Observer, Mar 2020. Disponible en: https://www.theguardian.com/world/2020/mar/28/is-factory-farming-to-blame-for-coronavirus
-Lynteris, C, Fearnley L. “Why Shutting down Chinese ‘Wet Markets’ Could Be a Terrible Mistake.” The Conversation. Disponible en: https://theconversation.com/why-shutting-down-chinese-wet-markets-could-be-a-terrible-mistake-130625
-Andersen KG, Rambaut A, Lipkin WI, Holmes EC, Garry RF. “The Proximal Origin of SARS-CoV-2.” Nature Medicine 26, no. 4 (April 2020): 450–52. https://doi.org/10.1038/s41591-020-0820-9.
-Zhou, Peng, et al. A Pneumonia Outbreak Associated with a New Coronavirus of Probable Bat Origin. Nature, vol. 579, n.o 7798, marzo de 2020, pp. 270–73, doi:10.1038/s41586–020–2012–7.
-Korol, Claudia. “No le echen la culpa al murciélago | Las Causas de La Pandemia.” Página/12, Abr 2020. Disponible en: https://www.pagina12.com.ar/256569-no-le-echen-la-culpa-al-murcielago
-Costa F, la pandemia como “accidente normal”, revista Anfibia, Universidad Nacional de San Martín, Buenos Aires, Abr 2020. Disponible en: http://revistaanfibia.com/ensayo/la-pandemia-accidente-normal
Los editores
“Materiales para una historia del virus”
En Historia del virus. Epidemia, literatura y filosofía (Editorial). La Biblioteca. Revista Fundada por Paul Groussac, dossier especial, otoño 2020. Ediciones de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno de la República Argentina. Número especial digital: https://www.bn.gov.ar/micrositios/revistas/biblioteca/la-biblioteca
Director de la Biblioteca Nacional: Juan Sasturain; Coordinación de Publicaciones: Sebastián Scolnik; Editor invitado: Horacio González; Edición y diseño editorial: Área de Publicaciones.
DÍGAME DISTANCIADO
Vomita / ante esta paranoica estupidez macabra
/ sobre este delirante cretinismo estentóreo.
Oliverio Girondo
Había una vez —habrá / hubo una vez—, en cierta dimensión reconocida, una pánica y mediática asonada universal que salpicó sin precedentes. Se repartieron virus / barbijos / opiniones / prejuicios / crímenes.
Se cortó por lo (más) sano: la gente enferma / sola / amontonada / vieja / pobre.
Se cortó la circulación (de las personas), se dejó circular (el dinero impersonal).
Se acortó / acotó el diccionario: dígase vulnerables a los (previos) vulnerados.
Se decidió tomar distancia, como en las enfiladas blancas palomitas de la primaria de antaño, pero más y peor. Te miro y no me toques. O ni te miro, mejor.
Pero a mí no me miren: yo, argentino / yo, distanciado.
Mientras, a revisar revisitadas revistas virtuales.
Relatos de pandemia / pandemia de relatos.
Y a leer, que (nunca) se acaba el mundo / la Historia.
Juan Sasturain
Director (distanciado) de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno
Editorial
MATERIALES PARA UNA HISTORIA DEL VIRUS
Una nueva palabra apareció en las pantallas, pizarras y escrituras mundiales. Y no es que fuera desconocida: pandemia. Ya la pronunciaban los médicos e historiadores de la antigüedad clásica, los infectólogos y las personas en general que se sentían expuestas ante el riesgo profundo que esa palabra evocaba. En su largo tráfico como término científico (con ecos en la conciencia profunda del miedo) el vocablo está asociado a la propagación universal de enfermedades. Por eso alude específicamente al demos, al pueblo. Pan-demia es lo que afecta o involucra a todo el pueblo.
No puede escapársenos, entonces, la íntima vinculación entre la vida humana en comunidad y el factor de malestar o dolencia que puede atravesarla en su totalidad ante un cuadro biológico amenazante. Cuando esto ocurre, las poblaciones —en este caso la población mundial— pueden ser tomadas por distintos grados de pánico. Al mismo tiempo, renacen en los gobernantes lenguajes —no desconocidos pero poco habituales— vinculados al cuidado, a la solidaridad y a las virtudes del sacrificio de quienes dedican su vida profesional a salvaguardar la salud amenazada. Esta situación no es nueva ni ha sido ignorada por la historia mundial: las pestes cíclicas han entrecortado sistemáticamente la tormentosa marcha de la civilización, solo que con alcances segmentados o parciales. Esta vez, la implicación es total.
Es así que ahora vemos, en todos los países del orbe, distintas opciones de análisis y de conductas consecuentes.
Predominan las que enfatizan el cuidado de las vidas a través de las clásicas medidas preventivas: la cuarentena, que tiene raigambre milenaria, y el llamado distanciamiento social, que impediría el contagio, otra palabra subida a los primeros escalones del habla social.
No obstante, la parálisis económica mundial que provoca la aparición del virus, de lento actuar pero con peligros pronosticados a diario, genera una compleja situación que es considerada bajo diversas perspectivas, pero a la que no puede desdeñarse apreciar en términos de problema ético fundamental.
Si bien anteponer el valor de la vida antes que el funcionamiento a pleno de la economía no puede ni quiere significar el abandono de un pensamiento económico, lo que se pone en evidencia —con la existencia misma de este dilema— es una inesperada ecuación en favor de una consideración vitalista, humanista y crítica ante los peores resultados de las economías mundiales tal como las conocemos. La novedad que introduce la pandemia es que coloca, en el espacio de aparente sentido común donde imperan las economías financieras vigentes, una preocupación sobre el destino de lo humano.
Esto ha originado una situación de debate sobre cuestiones esenciales, dada la vocación de los Estados para controlar el cumplimiento de las medidas de protección inmunitaria. Y de ahí surge la pregunta por el lugar de las libertades clásicas, a la luz de los resultados que estas decisiones podrían acarrear.
Si se menciona por un lado la necesidad de cumplir con protocolos de cuidado —la palabra protocolo empezó a proliferar—, no faltan los defensores de la circulación
urbana y productiva sin impedimentos exógenos.
Si se mencionan las numerosas ocasiones en que las restricciones inmunitarias vulneran derechos esenciales, no faltan quienes llaman al respeto más riguroso de la determinación de los Estados para crear inmunidades colectivas, valorando los instrumentos necesarios para tratar esta grave excepcionalidad.
Estamos, pues, ante las implicancias de un gran debate universal, que se suma a la necesidad de historiar y reflexionar sobre las simbologías y narraciones desde siempre asociadas a la cuestión de la peste. Esta palabra tiene una carga especial: no solo describe una situación en donde la vida se ve envuelta en el miedo y la muerte, sino que remite a un evento cíclico —ya la mencionaba Tucídides y, además, ha generado otros grandes relatos bien conocidos— que en estos momentos nos alcanza, develando con crudeza inédita las condiciones de la vida contemporánea. Desigualdades sociales que parecían envueltas en un velo costumbrista salen a luz de manera dramática. Las tecnologías en uso se ven desafiadas a sustituir los tratos directos, con su instrumental que parece adecuado a las consignas de distanciamiento, originando así otro gran debate que involucra toda clase de hipótesis sobre las relaciones de las ciudades con la naturaleza y las tecnologías, tanto productivas como comunicacionales.
Si no se tratara de una grave situación por la que está atravesando la humanidad entera, también se podría decir que este es un momento específico, incluso ideal, de convocatoria para la escritura crítica, literaria y filosófica.
Y sin duda lo es, con la advertencia siempre obvia de que hay también responsabilidades primordiales de las instituciones culturales en los momentos en que un manto de dificultades se extiende por el mundo. . . .
El doctor Ramón Carrillo vuelve al debate en estos días de epidemia planetaria. Merece una consideración especial. Este médico neurólogo, llevado al campo del sanitarismo en los años cuarenta del siglo pasado, debe ser considerado un ejemplo, en la historia de la medicina argentina, de uno de los intentos más avanzados de pensar el acto médico como una ciencia social o una ciencia del hombre. O también —y acaso mejor— como una acción social racional con arreglo a fines, si buscamos una definición en el amplio bagaje de las tradiciones weberianas.
Solo un antecedente de similar importancia hubo en nuestro país al respecto: el que formuló a fines del siglo XIX y comienzos del siguiente el positivismo argentino. Se rataba, en ese caso, de pensar una sociedad bajo el proyecto de una ciencia general médica que se hiciera cargo, en medio de una aventura intelectual de grandes alcances, de las ideas específicas de gobierno. Hoy llamaríamos a estas nociones proyectos biopolíticos para abrir una reflexión sobre la línea que separa lo normal o lo patológico, desde ecuaciones institucionales que harían de la decisión política un símil del control de las patologías y, por consiguiente, de la promoción de la sanidad poblacional.
El “estado mayor médico” de este nucleamiento de teóricos de una psiquiatría de Estado estaba situado en el Hospital San Roque, creado en Buenos Aires casi en simultaneidad con la irrupción de pestes como el cólera, con origen en la India, y la fiebre amarilla, que llegó con los soldados provenientes de la guerra contra Paraguay. El nombre del hospital evocaba una antigua devoción proveniente de la Francia y la Italia medievales: San Roque —la leyenda cristiana es compleja— es el santo de los lazaretos, el que curaba a los apestados a quienes nadie quería acercarse, y quien cae, él mismo, alcanzado por el bacilo mortal.
Pero lo que interesa aquí es señalar que estas experiencias neuropsiquiátricas y psicosociológicas de los médicos positivistas de la generación del ochenta se realizaban bajo la influencia de complejas líneas de pensamiento y de trabajo: la psicología de las multitudes de Le Bon, la filogenia arqueológica de Ameghino y el protopsicoanálisis neurológico de Pierre Janet.
El positivismo argentino lo intentó, ejemplarmente, a partir de los trabajos de José María Ramos Mejía y de su discípulo José Ingenieros, estudiando la locura y la simulación al nivel de una ciencia psiquiátrica con potencialidades gubernamentales de establecimiento de la norma social y ciudadana adecuada.
En el caso ejemplar de Ramos Mejía, el autor de Las multitudes argentinas toma ligeramente algunos temas del antisemitismo de Édouard Drumont —muy presentes en La France juif— que no son el centro de su obra, sino una dislocada y casi invisible puntualización sin consecuencias, sobre todo si se la compara con piezas contemporáneas como la novela La Bolsa de Julián Martel, reeditada por la Biblioteca Nacional en 2013. Vista con más atención de la que generalmente se le ha dado, la obra de Ramos Mejía ingresa en zonas de un anarcotragicismo —a propósito de la cuestión central de la personalidad simuladora, el umbral de las neurosis sociales— por las que hoy debe ser juzgado, pues su trasfondo intelectual sumamente revuelto de ideas literarias y metáforas alucinadas se acerca más a un surrealismo huérfano de nombre que a un montaje prejuicioso, y es necesario atribuirlo a un burlón caballero de las clases aristocráticas que sin embargo elogia a Yrigoyen —su adversario— como “morfinómano de la revolución”. ¿Qué se diría hoy de este extraño autor interesado por raros elixires, que le da nombre a uno de los principales hospitales de Buenos Aires, si se lo tachara con epítetos infamantes?
Cabe reflexionar al respecto. Porque hay que tener en cuenta que estos hombres de ciencia no solo fueron tomados por diversas vocaciones literarias sino también por la gestión política dentro del Estado, durante los gobiernos de Roca o de Pellegrini, en los años del orden conservador preyrigoyenista. En ese sentido, José Ingenieros resulta un caso interesante por su evolución ideológica, que poco antes de entrar en la década del veinte ensayaba un incipiente latinoamericanismo, influido por el sindicalismo moderado de la Fora del Noveno Congreso y por la Revolución mexicana.
Como se señaló, el otro gran proyecto, de origen neurobiológico pero prontamente inclinado hacia la medicina sanitaria, fue protagonizado por el doctor Ramón Carrillo y cubrió buena parte de los primeros gobiernos de Perón. Se le debe a Carrillo un libro fundamental en la historia de la medicina argentina, Teoría del Hospital —también reeditado por la Biblioteca Nacional hace algunos años—, un trabajo casi desconocido por las generaciones de médicos de la actualidad. Se trata de un texto que acaso contenga la mayor cantidad de desafíos para pensar la relación entre las ciencias médicas y una sociedad regida por criterios humanísticos. Carrillo veía a la arquitectura y a la medicina como desarrollos paralelos, teniendo en cuenta la idea de que la salud era también un modo de habitar, ya que su concepto de la convivencia habitacional era, asimismo, una categoría de la salud.
En verdad, lo que Carrillo desarrolló fue un tratado utópico, del tipo de los falansterios del utopismo francés, para pensar la medicina sanitarista, y concibió una gran hipótesis de vida feliz en comunidad. Por ejemplo, Carrillo invocó el uso de nociones como panóptico, que no eran novedosas en la planificación de los gobiernos peronistas, lo que nos introduce en una formidable discusión.
Y vio en los hospitales —los numerosos que se construyeron durante su gestión al frente del primer Ministerio de Salud que hubo en el país— la posible plasmación de esa utopía. Esos mismos hospitales se abandonaron luego del año 1955, dejándolos —como nefasto símbolo— para la habitabilidad más penosa, librados a los sin techo que se alojaron en esas ruinas sin servicios sanitarios.
Ahora, en estos tiempos epidémicos, Ramón Carrillo es atacado sin fundamentos por ciertos sectores de opinión que piensan la vida, la ciencia y la política con una alarmante ceguera. La medicina sanitaria de Carrillo tiene, en efecto, un sesgo organicista, al ver la sociedad justa y armoniosa —a la manera de Fourier— como la proyección
imaginaria de la salud de los habitantes, sometidos a una medicina social efectivamente operante. Pero su ideal máximo era la creación de una lógica de felicidad pública, más tomada de la Revolución francesa que de los gobiernos autoritarios —acusación, esta última, que no vale la pena comentar por provenir de minúsculas maniobras teñidas de sectarismo e ignorancia—. Carrillo dejó en sus prácticas y escritos una teoría del hombre social entendido como un hombre pleno, auxiliado por las tecnologías hospitalarias. Y ahí llegó muy lejos. Por ejemplo, no se le escapó el tema informático, que estaba en ciernes en todo el mundo industrializado desde los años cincuenta, y estuvo en el umbral conceptual de la tomografía computada, a la que se llegaría poco después en el mundo. Carrillo ya tenía en sus proyectos todos estos temas.
La discusión real que impone el nombre de Carrillo, fallecido en la ciudad brasileña de Belén a los cincuenta años —trabajando en el anonimato en hospitales hasta que alguien descubrió la eminencia de su saber médico y filosófico—, es de otra índole. Hoy es habitual usar el concepto de biopolítica en términos críticos, como un recurso para el control social. Carrillo no lo usó de ese modo, pero tampoco había en el mundo nadie que lo usara de manera crítica. E incluso cuando eso sucede hoy, no se deja de suponer que, si la sociedad pretendiera reformularse respecto a las injusticias a las que es sometida, esto no podría ocurrir sin la presencia de una política hospitalaria democrática y de amplios alcances para la salud de la población.
Foucault, cuyo nombre se halla unido al empleo analítico de la biopolítica como un instrumental de “vigilancia y castigo”, tampoco tenía claro qué tipo de poder gubernamental era necesario una vez realizada la anulación de las instituciones de internamiento, disciplinarias y concentracionarias. Él mismo vio con simpatía el comienzo de la revolución de los ayatolás, por ejemplo.
En esta época donde la vida de los médicos se halla tocada por un nuevo desafío y es la muerte la que ronda, estas discusiones tienen profunda actualidad, y la medicina humanista —no la que se hace intermediar por tecnologías y lógicas de financiamiento privatistas, puesto que funcionan como bancos o fondos de inversión— las recogerá seguramente como discusiones que habrá que abordar con una interpretación novedosa de los sucesos actuales y con los libros de historia en la mano. Pero no leídos por su envés. De la fragua de estas dimensiones entrelazadas, la ciencia con vocación humanista, la historia, la filosofía, la literatura y el arte, se componen las más originales y abarcadoras interpretaciones sobre las epidemias. Los trabajos de Mónica Müller son indicativos de esta perspectiva —como su libro Pandemia: virus y miedo—, en la que la consideración biológica y sanitaria de las pestes es, al mismo tiempo, una indagación que ausculta las pasiones humanas y sus consecuencias morales en la investigación de las misteriosas formas de surgimiento y perseverancia de los virus.
Un discípulo querido de Carrillo, el doctor Floreal Ferrara, donó toda su biblioteca médica y filosófica a la Biblioteca Nacional. Predomina en ella, además de los libros de su especialidad de gran sanitarista, toda la bibliografía contemporánea de la filosofía inclinada hacia una sociedad justa y de hombres y mujeres emancipados.
No debe ser casual. . . .
Este número de la revista La Biblioteca, fundada por Paul Groussac en 1896, adquiere un nuevo perfil. No solo por su formato digital —a pesar de que todos los anteriores números también se encuentran en la red—, sino porque han sido invitados a participar escritores de distintas áreas —ensayistas, historiadores, críticos literarios, novelistas, cronistas, intelectuales en general— sobre el tema casi unívoco que hoy nos reúne y desvela. De este modo, tal vez no exageramos si decimos que al motivo habitual que origina una escritura se le agrega hoy un elemento inapelable: la preocupación por las indicaciones de la vida en común y el horizonte problemático en que se vive y el que, sin duda, se avecina.
Desde su fundación, la Biblioteca Nacional no fue indiferente a los sucesos que la rodeaban. El propio Mariano Moreno, quien adjudicaba a la ilustración de los pueblos la importancia más elevada en el proceso revolucionario, hizo lugar a este propósito no solo creando esta institución sino también procurando la confiscación de las bibliotecas más importantes, vinculadas a los clérigos de la época, a través de decretos y acciones realizadas bajo la impronta de un jacobinismo con fuertes invocaciones de un liberalismo democrático e igualitarista. A lo largo de su historia, la Biblioteca se inmiscuyó en la vida del país y en los dilemas de su convulsionada historia. Y hoy vuelve a hacerlo con la honda preocupación por lo que nos rodea, compartiendo el dolor, la tristeza y la incertidumbre por lo que vendrá.
Las bibliotecas, aunque adecuen sus procedimientos y difundan sus colecciones a través de los renovados dispositivos digitales, fueron imaginadas como espacios ligados a la materialidad de los cuerpos: el encuentro físico de los libros y los lectores. Encuentros mediados por el saber bibliotecario, no solo abocado a su eterno desvelo (cómo reunir y organizar los signos polivalentes de la cultura) sino a forjar un vínculo entre palabras y lectores que puede considerarse como un acto constitutivo de la cultura. Sin la presencia de sus lectores, las bibliotecas se entristecen. Porque si bien saben que sus archivos y reservorios son visitados en consultas remotas, no se conciben solo como mediadoras impersonales que prestan servicios. Un importante capítulo del humanismo pensó que el cuerpo es el índice de la elaboración del sentido del mundo. Sin los lectores, con sus preocupaciones, curiosidades y gestualidades, se vuelve muy difícil participar del proceso de la creación cultural. Por eso, la Biblioteca Nacional espera reanudar sus actividades —y también el trabajo conjunto y presencial— atravesando estos extraños tiempos con la misma angustia que padece nuestra sociedad. Y procura hacerlo activamente, haciendo de esta situación —que los más audaces imaginan como un recomienzo— una posibilidad de volver a ligar a la Biblioteca con los problemas en los que vive.
Siempre la literatura, la historia y el ensayo político y filosófico tienen algo que decir. Esta revista —en esta nueva época, como en todas sus épocas anteriores— se empecina en demostrarlo. Y lo hace con nombres diversos que pertenecen al debate que ocurre actualmente en la Argentina, demostrando la fecundidad de las escrituras y sensibilidades intelectuales existentes en el país, que se ven desafiadas por la inquietud del mundo por venir.
Los editores
SUMARIO
Editorial. Materiales para una historia del virus
MEDITACIONES: ENSAYOS, CRÓNICAS Y FICCIONES
El libro que vendrá
Noé Jitrik
Experiencia y narración
María Pia López
Pandemia y sensorialidad
Guillermo Saavedra
El virus, la filosofía y el Estado “fuerte”
Diego Sztulwark
Fragmentos de cuarentena
Mariana Gainza y Ezequiel Ipar
Lucreciana. Pasajes de la peste
Diego Tatián
La fortuna, la ciencia y la política
Eduardo Rinesi
Conteo
María Moreno
Desde el pequeño algarrobo de la travesía
Javier Trímboli
La vida en fases
Cecilia Abdo Ferez
El hundimiento del Titanic
Alejandro Kaufman
El día después
Juan Rapacioli
La posibilidad de una isla
Evelyn Galiazo
Reunión numerosa de grandes pájaros
Hernán Ronsino
Una carta que diga un poco todo esto
Tomás Schuliaquer
Buenos Aires
Temprano otoño, 2020
Roberto Casazza
Los sentidos de la peste
Fernando Alfón
EPIDEMIAS E HISTORIA
La gran epidemia. A propósito del libro Cuando murió Buenos Aires
Germán García
Contra todos los males de este mundo
Carlos Bernatek
Hablaron pestes
Guillermo Korn
Tucumán, 1887
Margarita Gómez Salas
Las epidemias del pasado, las de hoy
Maximiliano Ricardo Fiquepron
Pandemia, nación y propiedad privada
Pablo Blitstein
IMÁGENES DE LA PESTE
Literatura y timor mortis
Horacio González
Pálido caballo, pálido jinete
Gustavo Ferreyra
Las epidemias en la literatura fantástica argentina
Carlos Abraham
Roberto Arlt: una enseñanza subversiva, entre la picardía astrológica y la duda insurgente
Facundo Giuliano
La metáfora sin fin. Camus y otras pestes en el cine argentino
Florencia González
Una cosa tanática
Juan Laxagueborde
Transformaciones, mutaciones, metamorfosis
Matías Rodeiro
La espera, la peste, la isla
Alejandro Boverio
Colaboraron en este número
Carolina Scasso y Julio Medina
“Desafíos de las publicaciones científicas en la pandemia por el nuevo coronavirus (SARS-CoV-2)”
En Revista médica del Uruguay, 2020; 36(3):22-26
http://www2.rmu.org.uy/ojsrmu311/index.php/rmu/article/view/562
Dres. Carolina Scasso*, Julio Medina†
* Posgrado de Neurología. † Prof. Director de la Cátedra de Enfermedades Infecciosas, Facultad de Medicina, Universidad de la República. Uruguay
Correo electrónico: clinfec@fmed.edu.uy
Resumen
La pandemia por el nuevo coronavirus (SARS-CoV-2) trajo cambios inesperados en la forma en la que se produce y publica el conocimiento científico, pero eventos recientes encendieron el debate sobre la calidad de la información que se está divulgando.
En el contexto de la pandemia, la comunidad científica ha respondido aumentando en forma exponencial sus investigaciones y haciéndolas rápidamente accesibles. Esto si bien tiene el objetivo loable de generar avances en el conocimiento del SARS-CoV-2 (COVID-19), trae ciertos riesgos aparejados.
En este artículo de opinión abordamos varios tópicos: 1) el acceso libre, a fin de compartir la literatura científica relevante de forma abierta y rápida; 2) el impacto de los repositorios más conocidos de preprints, como medRxiv, aRxiv, bioRxiv y ChemRxiv; 3) la utilización de inteligencia artificial aplicada al análisis de datos, por ejemplo COVID-19 Open Research Dataset (CORD-19) o SciSight; 4) las estrategias para mantener el rigor científico, ya sea a través de una curaduría abierta por la comunidad científica o a través de Outbreak Science Rapid PREreview de la Wellcome Trust, o el 2019 Novel Coronavirus
Research Compendium (NCRC); 5) finalmente, abordamos los dilemas de la revisión por pares que busca mejorar la transparencia de este proceso. Varios autores impulsan que el arbitraje abierto sea la norma, esto quiere decir que se publique el manuscrito original junto con su revisión, incluyendo o no el nombre de los revisores.
Se podrá apreciar como no todo lo publicado mantiene los estándares de calidad requeridos y la velocidad conspira contra la buena ciencia. Debemos considerar lo publicado en preprint como datos preliminares, y aun frente a artículos provenientes de revistas auditadas, sería razonable mantener cierto grado de escepticismo. Es imprescindible la revisión sistemática de los estudios científicos de la forma tradicional o con las nuevas herramientas que se han desarrollado en esta pandemia. Las políticas en salud y los estándares de cuidados deben estar basados en conocimientos sólidos, obtenidos de forma transparente, para que incluso en momentos de incertidumbre todos los actores estemos convencidos en que el camino indicado es el mejor con la información que se dispone por el momento.
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Introducción
La pandemia por el nuevo coronavirus (SARS-CoV-2) trajo cambios inesperados en la forma en la que se produce y publica el conocimiento científico, pero eventos recientes encendieron el debate sobre la calidad de la información que se está divulgando (1). La imperiosa necesidad de contar en forma rápida con evidencia sólida que guíe las decisiones de los responsables de las políticas de salud, de los equipos de salud en primera línea y de la comunidad científica, ha aumentado la presión sobre los investigadores a la hora de producir y divulgar material científico, y, por contrapartida, ha cambiado los contrapesos y controles habituales de esta actividad.
La Red de Reproducibilidad del Reino Unido (UKRN, por su sigla en inglés) fue creada en 2019 para mejorar la calidad de la investigación, su presidente, Munafò M, manifestó en cuanto a esto: “Se necesitan urgentemente datos y conocimiento, pero la información falsa es peor que la ausencia de información. Debemos asegurarnos que la velocidad en la generación del conocimiento no sea a expensas de su calidad” (2). Para obtener conocimiento de calidad, que forme evidencia científica, se requiere transparencia, rigurosidad, controles y que los resultados puedan ser replicados (una forma de testear que las observaciones originales sean robustas), esto no es lineal y necesariamente lleva tiempo. Se admite que en esta situación excepcional se pueda aceptar un estándar diferente al habitual; sin embargo, esto no cambia la debida diligencia exigida a los científicos (3).
La publicación reciente de artículos con serios problemas metodológicos por dos de las revistas de divulgación científica médica más prestigiosas, trajo al tapete la discusión acerca de cómo se están difundiendo y la calidad de los contenidos de los estudios científicos en estos días. La anécdota en sí es sencilla. Un artículo publicado por The Lancet, el 22 de mayo, reportó un aumento en la mortalidad por arritmias de pacientes que utilizaban cloroquina e hidroxicloroquina (4), lo cual despertó la suspicacia de científicos en todo el mundo. Se trataba de un estudio retrospectivo, de tipo observacional, que utilizó una supuesta base de datos de 96.000 pacientes con diagnóstico de COVID-19 ingresados a 671 hospitales alrededor del mundo. Diferentes investigadores alertaron sobre incongruencias en los números de casos y decesos (5), diferencias llamativas con los resultados que estaban obteniendo en sus propios estudios diseñados ad hoc para estas drogas, e incluso se cuestionó la metodología empleada. A todo esto, se sumó una investigación periodística de The Guardian (6) que arrojó dudas sobre la idoneidad de Surgisphere, la novel y pequeña empresa de análisis de datos en salud que proveyó la base utilizada por este y por otro estudio divulgado en la New England Journal of Medicine (NEJM) acerca de la inocuidad de los inhibidores de la enzima conversora de angiotensina (IECA) y los antagonistas del receptor de angiotensina (ARA2) para los pacientes con COVID-19(7). Tanto The Lancet (8) como la NEJM (9) publicaron notas, el pasado 2 de junio, expresando su preocupación por la calidad de la información vertida en estos estudios y anunciaron auditorías independientes, pero finalmente terminaron por retirar los artículos en forma definitiva al no poder acceder a la base de datos empleada (10,11).
Acceso libre
Diferentes organizaciones, como Wellcome Trust (12) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), apelaron a la colaboración internacional de investigadores, academia, sociedades científicas y editoriales a fin de compartir la literatura científica relevante de forma abierta y rápida, para potenciar así la investigación que busca, entre otras cosas, apoyar el desarrollo de vacunas eficientes y seguras, y de intervenciones farmacéuticas más efectivas. Las editoriales han contribuido permitiendo el acceso libre a parte de sus contenidos relacionados con el SARS-CoV-2 y disminuyendo los plazos habituales de publicación, los cuales serían inaceptables en el momento actual (13). A pesar de esto, 20% de las investigaciones relacionadas a SARS-CoV-2 publicadas por las revistas académicas serían de acceso restringido para suscriptores (14). Algunos se cuestionan si esta aceleración de los procesos no trajo aparejada una disminución en los controles imprescindibles. Hay que tener en cuenta que, además, en los primeros meses del año aumentó exponencialmente la cantidad de manuscritos relacionados con COVID-19 enviados a las revistas científicas y que el tiempo en la que se realiza la revisión por pares ha disminuido, en algunos casos casi a la mitad, de 117 días a 60 en promedio (15). Por otro lado, desde las editoriales se argumenta que está aumentando la cantidad de manuscritos enviados de baja calidad (16). Un gran número de estos contienen solo comentarios o son protocolos, o modelos de proyección de baja calidad.
Malcolm Macleod, profesor de Neurología y Neurociencia translacional de la Universidad de Edimburgo, integra un equipo que analiza las publicaciones científicas desde el inicio de la pandemia. De las que lograron categorizar, sólo el 14% eran trabajos de investigación primaria, dentro de éstos, tan sólo el 27% había sido revisado por pares y el 72% se trataba de trabajos de tipo observacional (3).
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Inteligencia artificial aplicada al análisis de datos
Este aluvión de estudios hace que sean inabarcables, lo que motivó a que desde diversas organizaciones se generaran bases de datos para poder indexarlos, acceder a sus contenidos y así poder analizarlos sistemáticamente.
Dos ejemplos son la base de datos COVID-19 Open Research Dataset (CORD-19), desarrollada para la Oficina de Políticas de Ciencia y Tecnología de la Casa Blanca por un grupo de expertos que incluye a Google, la Iniciativa Chan Zuckerberg, el Instituto Allen para la inteligencia artificial (IA), entre otros, con los Institutos Nacionales de Salud (14), y la base de datos COVID-19 de la OMS. Para el análisis de estas extensas bases de datos se utilizan herramientas de IA y técnicas de minería de datos. Por ejemplo, la Casa Blanca les encargó a científicos de datos herramientas para analizar las publicaciones contenidas en CORD-19. Con este fin crearon algoritmos para cosechar datos, éstos identifican los artículos con la información relevante, los subdividen en categorías, y generan una página web para cada tema ordenando los resultados obtenidos en cada artículo científico en una tabla. Sin embargo, los algoritmos no siempre extrajeron la información relevante, por lo cual los resultados debieron ser corroborados por voluntarios (14). Otro ejemplo es SciSight(22), desarrollada con el apoyo del Instituto Allen y científicos de la Universidad de Washington, Seattle. Este instrumento de búsqueda de inteligencia artificial, también diseñada para CORD-19, estaría más enfocada en el usuario. No obstante, estas herramientas son poco conocidas por la comunidad científica, a algunos usuarios la interfase les resulta poco amigable, están habituados a otras herramientas de búsqueda y por ende todavía son poco empleadas (14).
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Los dilemas de la revisión por pares
La revisión por pares es la estrategia universalmente aceptada que asegura un mínimo estándar de calidad en el trabajo auditado y que los resultados por este difundidos son confiables y relevantes para el avance del conocimiento científico. Se trata del análisis independiente de al menos dos expertos en el tema cuyo objetivo es encontrar errores y mejorar la calidad de la investigación.
Este es un proceso indispensable, no siempre remunerado, y por el cual los revisores, en general, no obtienen reconocimiento. Pero no es infalible -dado que buenos trabajos pueden recibir críticas injustificadas y otros con falencias pasar la revisión sin problemas- y ha sido tildado por algunos de poco transparente, se le cuestiona su efectividad, calidad y lentitud.
Para darle transparencia a este proceso, varios autores impulsan que el arbitraje abierto sea la norma, esto quiere decir que se publique el manuscrito original junto con su revisión, incluyendo o no el nombre de los revisores.
De esta manera, además de arrojar luz sobre la auditoría realizada, se evitan las revisiones fraudulentas, el robo de las investigaciones por parte de los revisores, o que presionen a los autores a que citen sus propios estudios para obtener una buena revisión (27). Ya existen publicaciones que adoptaron esta práctica de forma habitual, por ejemplo BMC Medicine y F1000 Research.
También se crearon servidores, como Publons, que buscan revalorizar el trabajo de los revisores y darles el reconocimiento que su labor merece. En este sitio los académicos pueden publicar sus arbitrajes o listar las revistas y organizaciones académicas para las cuales trabajan.
Otra iniciativa en este mismo sentido es la Plataforma de Políticas Editoriales Responsables (PREP), fundada por la Organización Holandesa para la Investigación y el Desarrollo en Salud, y el Centro de Estudios de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Leiden. Su cometido es evaluar de forma transparente los procedimientos de revisión por pares de 387 revistas científicas (28).
Conclusiones
En el contexto de la pandemia, la comunidad científica ha respondido aumentando en forma exponencial sus investigaciones y haciéndolas rápidamente accesibles.
Esto si bien tiene el objetivo loable de generar avances en el conocimiento del SARS-CoV-2 (COVID-19), trae ciertos riesgos aparejados. Como fue dicho, no todo lo publicado mantiene los estándares de calidad requeridos y la velocidad conspira contra la buena ciencia. Debemos considerar lo publicado en preprint como datos preliminares y aun frente a artículos provenientes de revistas auditadas sería razonable mantener cierto grado de escepticismo. Recordar que gran parte de trabajos en prensa son de tipo observacional e incluso los que involucran un alto número de casos aportan un nivel de evidencia bajo. Es imprescindible la revisión sistemática de los estudios científicos de la forma tradicional o con las nuevas herramientas que se han desarrollado en esta pandemia. Porque las políticas en salud y decisiones a nivel individual de las personas deben estar basadas en conocimientos sólidos, obtenidos de forma transparente, para que aun en momentos de incertidumbre todos los actores estemos convencidos en que el camino indicado es el mejor con la información que se dispone por el momento.
Citando a Munafò M, “el conocimiento evolucionará y ningún estudio o hallazgo será definitivo. Entender la COVID-19 es un esfuerzo colectivo”.
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Bibliografía
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“Filosofía de la plaga”
En Letras Libres, México 1° de mayo de 2020.
https://www.letraslibres.com/mexico/revista/filosofia-la-plaga
En las últimas semanas los suplementos culturales han recordado la tradición literaria de las epidemias. De Boccaccio a Poe, de Defoe a London, de Manzoni a Saramago, no ha quedado ficción moderna sobre alguna peste que recordar. También se han hecho visitas virtuales a museos para documentar el arte del aislamiento en Edward Hopper y Andy Warhol, Henry Darger y David Wojnarowicz. No han faltado, desde luego, listas de autores de ciencia ficción que vislumbraron la distopía: Isaac Asimov, Philip K. Dick, Dean Koontz… Estos usos del archivo cultural tal vez indiquen que no hay mayor novedad en lo que estamos viviendo o que la novedad se limita a la dimensión plenamente global del coronavirus.
En La peste (1947) de Albert Camus encontramos las actitudes básicas del ser humano frente a la plaga. En la obra, el padre Paneloux interpreta la peste de Orán como un acto divino que purga los pecados de la tierra a través de esas criaturas sacrificiales: los apestados. Los untadores son los ungidos, en la visión tan apocalíptica como redentora del cura, que no alcanzan a comprender el racionalista Dr. Rieux o el nihilista narrador Tarrou. Todas las reacciones parecerían comprenderse en el arco de posibilidades que va del apocalipsis a la utopía.
Apocalipsis y utopía, recordemos con Martin Buber, son formas de la misma mentalidad quiliásmica heredada de la tradición judeocristiana. Los grandes historiadores de epidemias, entre la Edad Media y el siglo XX–Philippe Ariès, Carlo M. Cipolla, Jean Delumeau, Alfred W. Crosby o Laura Spinney–, también describen un espectro de reacciones que se mueve entre esos polos. Incluso en un gremio tan supuestamente vacunado contra el lugar común, como puede ser el filosófico, los mismos gestos reaparecen bajo la jerga neomarxista.
El apocalipsis zombi
Una de las razones que explica la precipitada, por no decir “intempestiva”, racha de posicionamientos de filósofos contemporáneos sobre el coronavirus, es que temas como las plagas, los virus, el contagio o la inmunidad, llevan décadas incorporados a la reflexión filosófica. La filosofía actual más mediática debate desde los años noventa los grandes problemas internacionales: la guerra de los Balcanes y el Medio Oriente, el derribo de las Torres Gemelas, las invasiones a Irak y Afganistán, la crisis económica de 2008, Al Qaeda e isis, la primavera árabe, los indignados u Occupy Wall Street.
En todos esos fenómenos la nueva filosofía ha querido ver un “acontecimiento” o un “evento”. Alain Badiou desarrolló la idea en dos libros: El ser y el acontecimiento (1988) y Lógicas de los mundos: El ser y el acontecimiento 2 (2006). Luego Slavoj Žižek tradujo y explayó una interpretación similar en un volumen posterior: Acontecimiento (2014). De acuerdo con este, en traducción de Raquel Vicedo para Sexto Piso, un “acontecimiento” es un “suceso contingente que se convierte en necesidad, es decir, que genera un principio universal que exige fidelidad y mucho esfuerzo para el nuevo Orden”.
De más está aclarar que tanto Badiou como Žižek piensan que ese nuevo orden es el comunismo. Pero, antes que ellos, otros pensadores neomarxistas como Michael Hardt y Antonio Negri se habían acercado a la misma idea, al imaginar un momento global de movilizaciones multitudinarias contra el capital y el imperio. En las protestas de los altermundistas en Seattle y Davos contra la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, Hardt y Negri encontraron al nuevo sujeto revolucionario del siglo XXI, el que en Imperio (2000) y Multitud (2004) ocupa el lugar de la clase obrera del Manifiesto comunista (1848) y El capital (1867).
La precipitación con la que los nuevos filósofos se han lanzado a teorizar sobre el coronavirus –Žižek ya publicó su libro Pandemic! Covid-19 shakes the world(2020) y la antología Sopa de Wuhan (2020) reúne las intervenciones de quince pensadores contemporáneos sobre la pandemia– tiene que ver con ese acomodo al rol intempestivo de la filosofía, pero también con la aproximación real que ellos mismos han logrado, en los últimos años, a fenómenos centrales de nuestra época como los cada vez más frecuentes estados de excepción, provocados por amenazas terroristas o catástrofes ecológicas.
El filósofo italiano Giorgio Agamben fue de los primeros que, en los volúmenes de su larga saga teórica Homo sacer (1995-2011), llamó la atención sobre el avance de un sistema crecientemente restrictivo de derechos individuales en las democracias occidentales. A partir de una relectura de pensadores tan contradictorios como Carl Schmitt y Walter Benjamin, Agamben propuso pensar la suspensión de garantías constitucionales y la reducción de la vida humana a mero tránsito biológico hacia la muerte. La “vida nuda” de los campos de concentración nazis, donde los judíos eran sometidos a una dominación biopolítica sin otra salida que el exterminio, era, según Agamben, la norma y no la excepción en el siglo XX.
Había en las tesis de Agamben ecos de la noción de biopolítica de Michel Foucault y de la vida para la muerte bajo el totalitarismo de Hannah Arendt. Pero Agamben volvía extemporáneas las tesis históricas de Foucault y Arendt. En Historia de la locura en la época clásica (1961), El nacimiento de la clínica (1963) yVigilar y castigar (1975), Foucault describió el surgimiento de centros de reclusión (manicomios, leprosarios, penitenciarías…) como instituciones modernas. Hijo de médico y formado con grandes epistemólogos franceses, como Gaston Bachelard y Georges Canguilhem, había en Foucault una cultura histórica que lo libró de las fáciles analogías con los campos de concentración que observamos en la filosofía contemporánea.
El panóptico y la biopolítica están presentes en la obra de Foucault, como se lee en su ensayo sobre Jeremy Bentham o en su Genealogía del racismo (1997). Pero Foucault, que murió de sida, nunca vio aquella plaga como un avance más del universo concentracionario. Salvedad parecida podría hacerse con Hannah Arendt, quien siempre distinguió entre conceptos como “totalitarismo”, “revolución” y “república”, y, a pesar de sus fuertes críticas a la administración Nixon y la guerra de Vietnam, nunca identificó la democracia con el estado de excepción. Estas divergencias emergen en las intervenciones de los nuevos filósofos sobre el coronavirus.
Agamben ha visto la pandemia como un nuevo capítulo del estado de excepción y la vida nuda, en la que los poderes confinan a los apestados del siglo XXI. Jean-Luc Nancy, discípulo de Foucault y Derrida, no ha estado de acuerdo y le ha reprochado, amistosamente, que le desaconsejara un trasplante de corazón hace treinta años. La ansiedad por ver el estado de excepción en todas partes ha llevado a Agamben a subestimar la letalidad de la pandemia. Sin embargo, como recuerdan tanto Nancy como su colega Roberto Esposito, el error de Agamben no anula la evidencia de que los mecanismos de control y vigilancia de las personas se multiplican con las nuevas tecnologías. Sobre todo –acota el surcoreano Byung-Chul Han, residente en Berlín– bajo regímenes autoritarios y totalitarios.
Para conceder que Agamben tiene razón, en parte, no hay que remitirse al Patriot Act de George W. Bush en 2001, a los drones de Barack Obama o a las denuncias de Julian Assange, Edward Snowden o Chelsea Manning. Basta recordar, como sostienen antropólogos de la bioseguridad como Andrew Lakoff y Stephen J. Collier, que instituciones epidemiológicas como la Organización Mundial de la Salud o el Center for Disease Control and Prevention, de Estados Unidos, han contemplado, desde la epidemia de h1n1 de 2009, un escenario extremo, llamado “apocalipsis zombi”, según el cual el Estado entrega un kit de sobrevivencia a los ciudadanos sanos, mientras emprende una cacería global de infectados.
La aurora viral
Las lecturas apocalípticas del coronavirus son diversas y encontradas. Las hay fatalistas como la de Agamben o aurorales como la de Žižek. Otros filósofos neomarxistas, como Alain Badiou, han negado, en cambio, cualquier novedad en la Covid-19, que ven como una epidemia letal más, como el sida, la gripe aviaria, el ébola o la h1n1. No subestima Badiou la pandemia, como Agamben, y de hecho llama a acatar la emergencia sanitaria y a regresar, cartesianamente, a la razón. Dado que la epidemia es un fenómeno a la vez natural y social, Badiou recomienda pensarla “transversalmente”. De no hacerlo se corre el riesgo de atribuirle una dimensión teológica que la distorsiona.
El materialismo de Badiou es consecuente: rechaza las estigmatizaciones racistas de China, pero admite que en ese país está el origen de la epidemia, por “el anudamiento, por una razón arcaica y luego moder- na, entre un cruce naturaleza-sociedad en los mercados mal entendidos”. En esto Badiou se distancia de otros pensadores de izquierda, como Noam Chomsky, que ve el neoliberalismo –mal asumido como fenómeno exclusivamente occidental– en la causalidad de la pandemia, o David Harvey, quien observa una relación, difícil de sustentar a nivel global, entre el “neoliberalismo menor” (China, Corea del Sur, Taiwán y Singapur) y la eficacia en el control del virus.
Harvey reconoce, como Byung-Chul Han, que las medidas contra la plaga en China fueron “invasivas, autoritarias y poco delicadas”. Sin embargo, minimiza el salvajismo del capitalismo chino y, en un momento sintomático de su texto, parece lamentar que China no sea capaz de rescatar a Occidente de una nueva crisis económica, como hizo en 2008. Por si fuera poco, Harvey, en un sentido distinto y a la vez convergente al de Žižek, pronostica que en Estados Unidos la pandemia será enfrentada con un paquete de medidas –“bastante más socialista que cualquier cosa que pudiera proponer Bernie Sanders”– agenciado nada menos que por Donald Trump.
Pero Harvey y, sobre todo, la pensadora feminista Judith Butler tienen a su favor un punto no tan perceptible en los partidarios de la aurora viral. Ambos insisten en que la supuesta letalidad universal del virus no es tal. En un primer momento de contagio se infectan las élites que viajan, van a bares, recorren malls y supermercados y cenan en restaurantes. Cuando comienza la trasmisión masiva, son los sectores de menor ingreso los que más sufren porque se infectan cuando los servicios de salud están colapsados y el acceso a medicinas es más difícil y más caro.
Butler, cuyo primer libro, Sujetos de deseo (1987), fue un estudio sobre las lecturas hegelianas de los filósofos franceses, especialmente de Michel Foucault, se movió en los noventa a una perspectiva feminista, informada por el psicoanálisis y el marxismo. En libros como Vida precaria (2004) y Marcos de guerra (2009), Butler también ha reparado en la paradoja de esa hiperseguridad tecnológica del siglo XXI, que, a través de invasiones militares y crisis económicas, vuelve más inestable la vida de millones de personas en el planeta. Pero, a diferencia de Žižek o Agamben, las ideas de Butler toman cuerpo en la defensa de un sujeto concreto, las mujeres, por lo que su deuda mayor es con Foucault y no tanto con Lacan o Derrida.
Como Badiou, Butler no cree en la aurora viral que anuncian otros filósofos neomarxistas. Son, estos, días de duelo y miedo, como también piensa otra filósofa norteamericana, Martha C. Nussbaum, ubicada en una latitud muy distinta del pensamiento contemporáneo. En dos de sus últimos libros, La monarquía del miedo (2018) y La tradición cosmopolita (2020), Nussbaum propone un rescate del proyecto ilustrado por su ángulo más persuasivo. Occidente no inventó la esclavitud y el imperialismo, pero intentó expandir su ejercicio desde la Roma antigua. Es preciso liberarse de ese legado, dice Nussbaum, no a través de otros nacionalismos e imperialismos, sino desde la tradición universalista de la dignidad humana.
Se lee en estas dos filósofas, una marxista y la otra liberal, una parecida resistencia al nuevo conservadurismo racista y machista que se apodera de amplias zonas de la política occidental. Pero también una semejante desconfianza a salidas geopolíticas predecibles, como las del “altermundismo” tipo Noam Chomsky o la cada vez más desinhibida apuesta por la hegemonía china o rusa de no pocos ideólogos del “bolivarianismo”. Luchar por una cobertura universal de derechos básicos –salud, educación, vivienda, trabajo, medio ambiente sano, paridad de género…– es más coherente y eficaz que oponer a la decadente hegemonía de Estados Unidos la naciente de la China de Xi o la Rusia de Putin.
El debate sobre el coronavirus ha permitido discernir los aciertos y las limitaciones de la filosofía neomarxista. Entre estas últimas están el abuso anacrónico de la metáfora de los campos de concentración, la indistinción entre totalitarismo y democracia y la ansiedad por ver la excepción o el comunismo detrás de cada fenómeno global. Dentro de los aciertos habrá que reconocer la persistencia en denunciar exclusiones y en imaginar otras formas de organizar las relaciones entre el Estado y el mercado, que extiendan la mayor cantidad de derechos a la mayor cantidad de personas.
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