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Relecturas GA 14

· 55 min de lectura

RELECTURAS 1 LA ORGANIZACIÓN DEL ESTADO COMO CONSTRUCCIÓN DE PODER Por Lucila Pagliai ————————————————————————————— De dónde venimos (Roma, primer siglo A.C.): La configuración del Estado en la Antigua Roma: un modelo para armar Como marco de las propuestas de estas Relecturas, conviene recordar aquí que gran parte del derecho de Occidente proviene del Derecho Romano, […]

RELECTURAS 1

LA ORGANIZACIÓN DEL ESTADO COMO CONSTRUCCIÓN DE PODER 

Por Lucila Pagliai

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  • De dónde venimos (Roma, primer siglo A.C.): 

La configuración del Estado en la Antigua Roma: un modelo para armar 

Como marco de las propuestas de estas Relecturas, conviene recordar aquí que gran parte del derecho de Occidente proviene del Derecho Romano, surgido en su momento más de la necesidad de controlar y delimitar el accionar y el poder eventual del otro, que de la vocación de otorgar derechos al conjunto de sus ciudadanos.

Teniendo en cuenta ese legado regulador insoslayable, en este número de Grandes alamedas se propone leer un fragmento de un texto en el que a partir de la travesía política de Cicerón, se describen las formas de construcción del poder en Roma durante la República (Cicero. The life and times of Rome Greatest Politician del investigador británico Anthony Everitt, aún no traducido al español). 

El capítulo inicial “Líneas divisorias. El imperio romano en crisis: primer siglo A.C.” que es el que se incluye aquí, muestra aspectos enraizados en la cultura de Occidente que refieren al origen del manejo del Estado: la organización de la “cosa pública”, la consolidación del poder imperial, el lugar de la milicia, la financiación de la política, el clientelismo como método, en los que es posible ver una suerte de prosapia de modalidades aún vigentes de concebir y gestionar la política.   

  • Hacia dónde se quería ir (Confederación Argentina, 1852-1853):  

Cómo dirimir y organizar la tensión Estado nacional / Estados provinciales en el país constituido: Argentina 1852-1853 

Cancelada la figura de Rosas como el Otro a combatir, se imponía una nueva lectura patria que Alberdi emprende desde el lugar de la enunciación de un conductor de la política, que comparte con sus pares del exilio antirrosista en el ámbito chileno. En 1852, la Organización nacional “está en el aire” y se trata, ahora, de constituir una nación. 

En el nuevo país que se imagina, además del sistema de gobierno (el federalismo de la “República posible” de la que habla Alberdi), otro de los aspectos fundantes que habrá que dirimir es la tensión entre las atribuciones de los Estados Provinciales y del Gobierno nacional que será necesario diseñar y establecer. 

De esas tensiones recurrentes (a veces hasta ahora) y de sus formas de resolución, se ocupa Alberdi en el Capítulo XXIII “Objetos y facultades del gobierno general” de Bases y puntos de partida para la Organización política de la República Argentina, que se propone revisitar aquí: se trata del manejo y el control del futuro Estado nacional sobre las vías navegables, el comercio fluvial, la aduana marítima y los puertos, la seguridad delegada y el uso de la fuerza, la deuda, las decisiones en circunstancias excepcionales que se tomarán en nombre de la Nación. 

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RELECTURAS 2

“Hay que hacer las cosas mal o bien, pero hacerlas, decía Sarmiento” 

Por Lucas Rubinich

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Las disputas fuertes en torno al primer peronismo en el campo cultural dejaron marcas durables que se convirtieron en verdaderos obstáculos en relación a la posibilidad de pensar dimensiones concretas de esa experiencia. Las luchas políticas que construían un gobierno autoritario manipulador de las masas, antidemocrático, corporativo y entonces con algún aroma que remitía al fascismo italiano, o, por, el contrario una experiencia de incorporación de las masas obreras a condiciones dignas acordes con las transformaciones que se estaban dando en las zonas más dinámicas del mundo, fueron intensas Y en el campo cultural, o, para decirlo más concretamente, en los sectores más dinámicos y prestigiosos del campo cultural, durante todo el primer peronismo y quizás hasta la primera década posterior a su derrocamiento, la primera caracterización se convirtió con distintas intensidades en el sentido común culto de esos espacios que podía ser blandido como un indicador de distinción. Las experiencias de construcción de alianzas culturales antifascistas a nivel nacional e internacional de las generaciones que habían vivido con intensidad las disputas en torno a la guerra civil española y luego la segunda guerra mundial, eran el productivo humus sobre el que se construía el amplio antiperonismo cultural. Y por cierto, no bastaba que durante su gobierno se nombrase en la función pública, en cultura, a Ignacio Pirovano, hombre de familia tradicional, coleccionista de arte contemporáneo y promotor del diseño y del grupo arte concreto invención ( que iba a ser la vanguardia más innovadora hasta el momento en el arte argentino), para relajar la animadversión que en el mundo cultural había generado unos años antes debido a las acciones del católico ministro de cultura Ivanicevich cuando censuró una obra de arte contemporáneo calificándola como arte degenerado, palabras que había empleado un famoso ministro del tercer reich. No bastaba que se lograse una de las conquistas impulsadas por las sufragistas socialistas como el voto femenino, para que esa medida sea aceptada por los intelectuales que siempre habían reivindicado esas luchas, o por figuras que habían sido protagonistas de esas luchas como Alicia Moro de Justo, porque pesaba más la designación del fascista Jordán Bruno Genta como rector de una prestigiosa Universidad pública. Podrían citarse más ejemplos de indicadores que desde el 36 en adelante sensibilizaban a ese  mundo cultural porque remitían a la barbarie fascista y entonces inhibían la consideración de esos otros hechos concretamente significativos. Es verdad también que ese prestigioso paraguas posibilitaba a algunos grupos desplegar sentimientos antipopulares al incluirlos en una buena causa.

Como es sabido las nuevas generaciones de ese mundo cultural de distintas maneras fueron reconsiderando la opinión de sus mayores en relación al peronismo de distintas maneras, Entre otras cosas porque la llegada del nuevo mundo posperonista venía acompañado de prejuicios antipopulares, restricciones políticas a la mayoría, políticas cercenadoras de conquistas obreras logradas por el peronismo y, a medida que avanzaba la década, se iban desbarrancando estrepitosamente las ilusiones sobre la libertad en la cultura. Quizás el símbolo más temprano de ese replanteo sea el artículo de un joven de una Facultad de la UBA- la facultad de Filosofía y Letras- que había albergado a un núcleo importante del antiperonismo cultural. Ese joven era Oscar Masota quien escribió en una revista de las nuevas generaciones inmediatamente pos peronistas, un artículo que se llamaba “Sur o el antiperonismo colonialista”. De ese momento en adelante sectores significativos de las nuevas generaciones radicalizadas del mundo cultural pudieron combinar sus lecturas sobre la revolución China o la revolución argelina y entonces lecturas de Mao Ts Tung y de Franz Fanon con una evaluación positiva del peronismo como un potencial movimiento de liberación nacional.

Lo cierto es que ni al mundo cultural antiperonista de hecho, y quizás tampoco  con mucha atención a las nuevas generaciones radicalizadas les era posible observar esas características más concretas, operativas en relación al Estado, de este líder político que poseía vocación planificadora por su formación militar, pero que además demostraba una preocupación particular por la forma de implementación de esos planes, por el funcionamiento de las estructuras del Estado y la formación de los funcionarios públicos como un recurso imprescindible para la concreta realización de esos planes. Por supuesto que el Perón de Actualización doctrinaria para la toma del poder, se mostraba como un líder que conocía el funcionamiento del estado, pero, sobre todo, lo que allí primaba y lo que efectivamente atendían quienes lo escuchaban, eran las evaluaciones empáticas con las formas de lucha rebelde y como esas luchas iban a permitir un gobierno que implementase una política que actualizando las banderas del peronismo podían leerse como claramente antiimperialistas.

El Perón de esta conferencia a altos funcionarios de la administración pública, es el Perón que se relaciona con el Estado en tanto planificador y hacedor. Es alguien que muestra su decisión de transformar y crear estructuras del estado y que incorpora como un elemento del hacer transformador de esas y de las nuevas funciones que de ellas se derivan, la posibilidad cierta de generar problemas que redunden en desorganización y en el surgimiento de nuevos problemas. Pero reafirma la apuesta por la acción. Y para hacerlo cita a Domingo Faustino Sarmiento. Dirá Perón ese día 2 de julio de 1952 hablando ante altos funcionarios de la administración nacional, “Es esto, señores, hay que pensar que siempre la realización está por sobre la concepción. Hay que hacer las cosas mal o bien, pero hacerlas, decía Sarmiento; una gran verdad porque si no, estamos siempre en discursos y en veremos, y lo que enriquece al país y lo que engrandece a la Nación es lo que vamos colocando encima de ella, en último análisis.”  Es el Perón que puede asumir entonces que el primer plan quinquenal se había implementado improvisadamente, porque había que hacerlo, y que entonces cuando se resolvía un problema se creaba otro. La necesidad y urgencia hacían necesario asumir esos riesgos, porque una adecuada planificación quizás hubiera resultado en su no realización. 

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TEXTOS RELECTURAS 1

  • DE DÓNDE VENIMOS 

“Líneas divisorias. El Imperio romano en Crisis: Primer siglo A.C.” *

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* Fragmentos traducidos y editados: ver capítulo “Fault Lines. The Empire in Crises: First Century BC”. En: Anthony Everitt,  Cicero. The Life and Times of Rome´s Greatest Politcian. New York, Random House Trade Paperbacks, 2003.   

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La pequeña Ciudad-estado, poco más que un poblado cuando fue fundada en el 753 A.C. según la tradición, había ido anexando gradualmente numerosas tribus y pequeños estados en la Península Itálica y en Sicilia. Los Romanos eran rudos, agresivos y, parafraseando a la inversa a von Clausewicz, inclinados a ver la política como una continuación de la guerra por otros medios. (…) Este imperio, el mayor que se haya visto en occidente, conformado en un territorio inmenso más por circunstancias fortuitas que por diseño, acabó por constituirse en una pesada y complicada carga administrativa para Roma.

No obstante, durante la República, el mayor problema subyacente que enfrentaba Roma radicaba en su propio sistema de gobierno: era un estado sin la mayoría de las instituciones necesarias para administrarlo. No había ningún servicio público permanente excepto un puñado de funcionarios del Tesoro; cuando los políticos asumían un cargo en Roma o iban a gobernar una provincia, tenían que llevar su propia gente para encarar la realización de sus tares. El concepto de fuerza policial no existía, y los espacios públicos de la Capital eran a menudo ocupados por bandas de marginales al servicio de diversos intereses. Los soldados armados tenían prohibido entrar en Roma, y para hacer cumplir la ley y guardar el orden, lo único que les quedaba a las autoridades era contratar sus propios matones. (…)

Sin burocracia, el gobierno no estaba en condiciones de cobrar los impuestos: para ello, se vendía al mejor postor ese derecho, y con frecuencia, los Recaudadores se asociaban con los Gobernadores provinciales para obtener ganancias exorbitantes. (…)

Con sus aciertos y limitaciones, durante generaciones el sistema funcionó bien. Creó un sentido de comunidad, y aunque ser ciudadano romano no confería igualdad, significaba vivir bajo el imperio de la ley y sentirse comprometido como persona con el futuro de la República. Los derechos iban acompañados de deberes y uno de los secretos de la fortaleza de Roma era que, sobrevenida una catástrofe (también militar), el Estado tenía la facultad de convocar a todos sus ciudadanos para venir en su rescate. Otra fortaleza era el pragmatismo: durante la mayor parte de su historia, los dirigentes de Roma demostraron un notable talento para improvisar salidas imaginativas cuando se enfrentaban a problemas insolubles. Estas calidades fueron las que aseguraron el triunfo de las Legiones de la República y la creación de su Imperio.

Con la caída de la monarquía, la autoridad real se transfirió a dos Cónsules que se alternaban mes a mes en la conducción ejecutiva. Eran elegidos por el pueblo (los ciudadanos romanos varones de la Capital -y cercanías- donde se realizaba la elección) y permanecían en sus cargos solamente un año. Había además una competencia (el Cursus Honorum) para otros puestos anuales (Quaestors, Aediles, Praetors) que los aspirantes a políticos tenían que atravesar antes de ser elegibles para el puesto más alto, el Consulado. (…) En teoría, el Senado era una comisión asesora de los Cónsules, pero en la práctica, en gran parte porque sus integrantes eran permanentes y los funcionarios no lo eran, se transformó en el instrumento rector de la República. (…)   

La vida después del Consulado podía ser decepcionante para los que habían estado en la cima del poder. Los ex cónsules y pretores eran nombrados gobernadores de provincias (como Procónsules y Propretores), y en sus territorios, muchos recurrían a la extorsión para recuperar el alto costo de haber participado en la “carrera de honores”; este costo que comprometía sus fortunas personales, se debía, en parte al soborno de votantes, y sobre todo, a los gastos que les insumía el desempeño de los sucesivos cargos, ya que el Estado no pagaba sueldos a ninguno de los funcionarios que intervenían en su ejercicio. Después de este último pasaje resarcitorio por la política activa, la carrera de la mayoría de estos ex cónsules y pretores estaba acabada. (…) 

En Roma los partidos políticos no existían como tal, Sin embargo, había dos grandes grupos de interés: la aristocracia –cuyas familias más antiguas integraban el Patriciado-, y la gran masa del Pueblo, o la plebs. A los partidarios políticos de cada uno de estos intereses se los conocía como optimates (la “mejor gente”) y como populares (los que se interesaban por el pueblo). Gran parte de los altos cargos del Estado estaban en manos de la aristocracia y, en la práctica, eran prerrogativa de veinte familias o menos. (…)

Desde la caída de la monarquía en 510 A.C., la política interna romana había sido una lucha de clases larga e inconclusa, suspendida durante largos períodos por las guerras externas. En el 493 A.C., durante una confrontación inolvidable por la crisis de la deuda, toda la población abandonó sus trabajos. La plebs salió de Roma y acampó en una colina vecina. Fue una táctica inspirada. Los Patricios se quedaron con el dominio de la Ciudad pero con las calles vacías. Rápidamente admitieron su derrota y habilitaron la creación de nuevos funcionarios: los Tribunos de la Plebe, cuyo único propósito era proteger los intereses del Pueblo. (…) Los Tribunos podían proponer leyes y convocar a reuniones del Senado -del cual pasaban a ser miembros ex officio-, pero no tenían autoridad ejecutiva y su función era básicamente opositora. Así como los cónsules tenían un poder de veto universal, un Tribuno podía prohibir cualquier uso del poder que juzgara arbitrario, prepotente o contra la voluntad popular, llegando incluso a vetarse entre Tribunos. (…)

En la década del 90 A.C., Roma estaba en el apogeo de su poder y riqueza. Controlaba un vasto imperio que se extendía desde España hasta Asia Menor. No se vislumbraba ni se podía imaginar ninguna amenaza externa seria. Sin embargo, detrás de la fachada de ese magnífico edificio, la estructura interna no era sólida. Las paredes no podían soportar el peso que llevaban: tarde o temprano el colapso era inevitable. 


  • HACIA DÓNDE SE QUERÍA IR

Juan Bautista Alberdi. Bases y puntos de partida para la Organización política de la República Argentina (Capítulo XXIII) * 

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* Edición de la Biblioteca del Congreso de la Nación (Colección Pensamiento del Bicentenario), Buenos Aires, 2017 (https://bcn.gob.ar/uploads/BasesAlberdi.pdf). 

Reproduce la 4ª y última edición de Bases publicada por Alberdi (Besançon, 1858).

La Provincia con la que dialoga especialmente Alberdi en la escritura de este texto es la díscola y poderosa Buenos Aires.

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XXIII. CONTINUACIÓN DEL MISMO ASUNTO. 

OBJETOS Y FACULTADES DEL GOBIERNO GENERAL

La creación de un gobierno general supone la renuncia o el abandono de cierta porción de facultades por parte de los gobiernos provinciales. Dar una parte del gobierno local, y pretender conservarlo integro, es como restar de cinco dos y pretender que queden siempre cinco.  

Según esto, pedir un gobierno general es consentir en el abandono de la parte del gobierno provincial que ha de servir para la formación del gobierno general; y rehusar esa porción de poder, bajo cualquier pretexto, es oponerse a que exista una nación, sea unitaria o federativa. La federación, lo mismo que la unidad, supone el abandono de una cantidad de poder local, que se delega al poder federal o central. 

Pero no será gobierno general el gobierno que no ejerza su autoridad, que no se haga obedecer en la generalidad del suelo del país y por la generalidad de los habitantes que lo forman, porque un gobierno que no gobierna es una palabra que carece de sentido. El gobierno general, pues, si ha de ser un hecho real y no una mentira, ha de tener poder en el interior de las Provincias, que forman el Estado o cuerpo general de nación, o de lo contrario será un gobierno sin objeto, por mejor decir, no será gobierno. 

De aquí resulta que constituir o formar un gobierno general, es lo mismo que constituir o formar objetos generales de gobierno. En este sentido la palabra constituir el país, quiere decir consolidar, uniformar, nacionalizar ciertos objetos, en cuanto a su régimen de gobierno. 

Discutir ciertas cosas es hacer dudosa su verdad y conveniencia; una de ellas es la necesidad de generalizar y unir ciertos intereses, medios y propósitos de las provincias argentinas, para dirigirlos por un gobierno común y general. En política, como en industria, nada se consigue sin unión de las fuerzas y facultades dispersas. Esta comparación es débil por insuficiente. En política, no hay existencia nacional, no hay Estado, no hay cuerpo de nación, si no hay consolidación o unión de ciertos intereses, medios y propósitos, como no hay vida en el ser orgánico, cuando las facultades vitales cesan de propender a un solo fin. 

La unión argentina constituye nuestro pasado de doscientos años, y forma la base de nuestra existencia venidera. Sin la unión de los intereses argentinos, habrá provincias argentinas, no República Argentina, ni pueblo argentino: habrá Riojanos, Cuyanos, Porteños, etc., no Argentinos. 

Una provincia en sí es la impotencia misma, y nada hará jamás que no sea provincial, es decir, pequeño, oscuro, miserable, provincial, en fin, aunque la provincia se apellide Estado. 

Sólo es grande lo que es nacional o federal. La gloria que no es nacional, es doméstica, no pertenece a la historia. El cañón extranjero no saluda jamás una bandera que no es nacional. Sólo ella merece respeto, porque sólo ella es fuerte. 

Caminos de hierro, canales, puentes, grandes mejoras materiales, empresas de colonización, son cosas superiores a la capacidad de cualquier provincia aislada, por rica que sea. Esas obras piden millones; y esta cifra es desconocida en el vocabulario provincial. 

Pero, ¿cuáles objetos y hasta qué grado serán sometidos a la acción del gobierno general? O, lo que es lo mismo, ¿cuáles serán las atribuciones o poderes concedidos por las Provincias al gobierno general, creado por todas ellas? 

Para la solución de este problema debemos acudir a nuestra fuente favorita: los hechos anteriores, los antecedentes, las condiciones de la vida normal del país. Si los legisladores dejasen siempre hablar a los hechos, que son la voz de la Providencia y de la historia, habría menos disputas y menos pérdida de tiempo. La República Argentina no es un pueblo que esté por crearse, no se compone de gentes desembarcadas ayer y venidas de otro mundo para constituirse recién. Es un pueblo con más de dos siglos de existencia, que tiene instituciones antiguas y modernas, desquiciadas e interrumpidas, pero reales y existentes en cierto modo. 

Así, muchos de los que han de ser objetos del gobierno general están ya generalizados de antemano, por actos solemnes y vigentes. 

Uno de ellos es el territorio argentino, sobre cuya extensión, integridad y límites están de acuerdo la Europa, la América y los geógrafos, salvo pequeñas discusiones sobre fronteras externas. Bajo el nombre de República o Confederación Argentina todo el mundo reconoce un cierto y determinado territorio, que pertenece a una asociación política, que no se equivoca ni confunde con otra. 

Los colores nacionales, sancionados por ley de 26 de febrero de 1818 del Congreso general de las Provincias Unidas de aquella época, se han considerado por todos los partidos y gobiernos como colores nacionales: tales son el blanco y el azul, en el modo y forma hasta ahora acostumbrados (palabra de la ley que sancionó la inspiración del pueblo). El mundo exterior no conoce otros colores argentinos que esos. 

La unidad diplomática o de política exterior es otro objeto del gobierno general, que en cierto modo ha existido hasta hoy en la República Argentina, en virtud de la delegación que las Provincias argentinas, aisladas o no, han hecho en el gobernador de Buenos Aires, de la facultad de representarlas en tratados y en diferencias exteriores, en que todas ellas han figurado formando un solo país. Pero ese hecho debe de recibir una organización más completa en la constitución. El gobierno exterior del país comprende atribuciones legislativas y judiciales, cuyo ejercicio no puede ser entregado al poder ejecutivo de una provincia sin crear la dictadura exterior del país. Son objetos pertenecientes al gobierno exterior de todo país la paz, la guerra, la navegación, el comercio, las alianzas con las potencias extranjeras, y otros varios, que por su naturaleza son del dominio del poder legislativo; y no existiendo en nuestro país un poder legislativo permanente, quedará sin ejercicio ni autoridad esa parte exterior del gobierno de la República Argentina, de que depende toda su prosperidad, como se ha demostrado en todo este escrito. Así, pues, la vida, la existencia exterior del país será inevitablemente uno de los objetos que se constituyan nacionales. En este punto, la consolidación deberá ser absoluta e indivisible. Para el extranjero, es decir, para el que ve de fuera la República Argentina, ella debe ser una e indivisible: multíplice por dentro y unitaria por fuera. La necesidad y conveniencia de este sistema ha sido reconocida invariablemente hasta por los partidarios del aislamiento absoluto en el régimen interior. Todos los tratados existentes entre la República Argentina y las naciones extranjeras están celebrados sobre esa base, y sería imposible celebrarlos de otro modo. La idea de un tratado de comercio exterior, de una declaración de guerra extranjera, de negociaciones diplomáticas, celebrados o declarados por una provincia aislada, seria absurda y risible. 

Tenemos, pues, que en materia de negocios exteriores, tanto políticos como comerciales, la República Argentina debe ser un solo Estado, y como Estado único no debe tener más que un solo gobierno nacional o federal. La aduana exterior, aunque no está nacionalizada, es un objeto nacional, desde que toda la República paga los derechos de aduana marítima, que sólo percibe la Provincia de Buenos Aires, exclusivo puerto de un país que puede y debe tener muchos otros, aunque la aduana deba ser una y nacional en cuanto al sistema de percepción y aplicación del producto de sus rentas. 

Los demás objetos que el Congreso deberá constituir como nacionales y generales, en cuanto a su arreglo, gobierno y dirección permanente, se hallan felizmente acordados ya y señalados como bases futuras de organización general en actos públicos que envuelven compromisos solemnes. 

El tratado litoral, firmado en Santa Fe el 4 de enero de 1831 por tres Provincias importantísimas de la República, al que después han adherido todas y acaba de ratificarse por el acuerdo de San Nicolás, de 31 de mayo de 1852, señala como objetos cuyo arreglo será del resorte del Congreso general: 

1°. La administración general del país bajo el sistema federal. 

2°. El comercio interior y exterior. 

3°. La navegación. 

4°. El cobro y la distribución de las rentas generales. 

5°. El pago de la deuda de la República. 

6°. Todo lo conveniente a la seguridad y el engrandecimiento de la República en general. 

7°. Su crédito interior y exterior. 

8. El cuidado de proteger y garantir la independencia, libertad y soberanía de cada Provincia. 

Estas bases son preciosas. Ellas han hecho y formado su trabajo al Congreso constituyente en una parte esencialísima de su obra. 

Por ellas conocemos ya cuáles son los objetos que han de constituirse nacionales o federales, y sabemos que esos objetos han de depender, para su arreglo y gobierno, del Congreso general. 

Esas bases son tan ricas y fecundas, que el Congreso sólo tendrá que deducir sus consecuencias naturales, para obtener el catálogo de todos los objetos que han de declararse y constituirse nacionales y subordinados al gobierno general de toda la República. 

Consignándolas una a una en el texto de la futura Constitución federal, tendrá señaladas las principales atribuciones del poder legislativo permanente. Las demás serán deducciones de ellas. 

La facultad de establecer y reglar la administración general del país bajo el sistema federal, deferida al Congreso argentino por el tratado litoral de 1831, envuelve el poder de expedir el código o leyes del régimen interior general de la Confederación. Los objetos naturales de estas leyes, es decir, los grandes objetos comprendidos en la materia de la administración general, serán el establecimiento de la jerarquía o escala gradual de los funcionarios y sus atribuciones, por cuyo medio reciban su completa ejecución las decisiones del gobierno central de la Confederación en los ramos asignados a su jurisdicción y competencia nacionales. 

Respetando el principio de las soberanías provinciales, admitido como base constitucional, ese arreglo administrativo solo deberá comprender los objetos generales y de provincia a provincia, sin entrar en el mecanismo interior de éstas. Así, el régimen municipal y de administración interna de cada provincia serán del resorte exclusivo de sus legislaturas, en la parte que no se hubiese delegado al gobierno general. 

En cuanto a los funcionarios o agentes del gobierno general, ellos podrán ser a la vez, según los objetos, los mismos empleados provinciales y otros nombrados directamente por el gobierno general sujetos a su autoridad. 

Como la administración interior de un país abraza los ramos de gobierno, hacienda, milicias, comercio, industria, etc., el poder administrativo deferido al Congreso comprenderá naturalmente el de reglamentar todos esos ramos en la parte que se declaren objetos del gobierno general. 

Por eso es que el tratado de Santa Fe enumera a continuación de ese objeto, entre los que han de constituirse generales y reglamentarse por el gobierno federal, el comercio interior y exterior y la navegación. 

El comercio interior y exterior y la navegación forman un mismo objeto, porque la navegación consiste en el tráfico marítimo, que como el terrestre son ramos accesorios del comercio general. 

La navegación como el comercio se dividirá en exterior e interior o fluvial, y ambos serán objetos declarados nacionales, y dependientes, en su arreglo y gobierno, de las autoridades federales o centrales. 

Asignar al gobierno general el arreglo del comercio interior y exterior es darle la facultad de reglar las monedas, los correos, el peaje, las aduanas, que son cosas esencialmente dependientes y conexas con la industria comercial. Luego estos objetos deben ser declarados nacionales, y su arreglo entregado por la Constitución exclusivamente al gobierno general. Y no podría ser de otro modo; porque con catorce aduanas, catorce sistemas de monedas, pesos y medidas, catorce direcciones diversas de postas y catorce sistemas de peajes sería imposible la existencia, no digo el progreso, del comercio argentino, de que ha de depender toda la prosperidad de la Confederación. El artículo 16 del Acuerdo del 31 de mayo de 1852 consagra este principio. 

Asignar al gobierno general el arreglo del cobro y distribución de las rentas generales es darle el poder de establecer los impuestos generales que han de ser fuente de esas rentas. Hablar de rentas generales es convenir en impuestos generales. Es, además, consentir en que habrá intereses de fondos públicos nacionales, productos de ventas nacionales, comisos por infracciones de aduanas nacionales, que son otras tantas fuentes de renta pública. Es consentir, en una palabra, en que habrá un tesoro nacional o federal, fundado en la nacionalidad de aquellos objetos. 

El pago de la deuda de la República, atribuido en su arreglo al gobierno general, supone en primer lugar la nacionalización de ciertas deudas, supone que hay o habrá deudas nacionales o federales; y en segundo lugar, supone en el gobierno común o federal el poder de endeudarse en nombre de la Confederación, o lo que es lo mismo, de contraer deudas, de levantar empréstitos a su nombre. Supone, en fin, la posibilidad y existencia de un crédito nacional. 

Constituir un crédito nacional o federal, es decir, unir las Provincias para contraer deudas y tomar dinero prestado en el extranjero, con hipoteca de las rentas y de las propiedades unidas de todas ellas, es salvar el presente y el porvenir de la Confederación. 

El dinero es el nervio del progreso y del engrandecimiento, es el alma de la paz y del orden, como es el agente rey de la guerra. Sin él la República Argentina no tendrá caminos, ni puentes, ni obras nacionales, ni ejército, ni marina, ni gobierno general, ni diplomacia, ni orden, ni seguridad, ni consideración exterior. Pero el medio de tenerle en cantidad capaz de obtener el logro de estos objetos y fines (y no simplemente para pagar empleados, como hasta aquí), es el crédito nacional, es decir, la posibilidad de obtenerlo por empréstitos garantizados con la hipoteca de todas las rentas y propiedades provinciales unidas y consolidadas a este fin. Es sensatísima la idea de establecer una deuda federal o nacional, de entregar su arreglo a la Confederación o unión de todas las Provincias en la persona de un gobierno común o general. 

Asignar al Congreso de la Confederación la facultad de proveer a todo lo que interese a la seguridad y engrandecimiento de la República en general, es hacer del orden interior y exterior uno de los grandes fines de la constitución, y del engrandecimiento y prosperidad otro de igual rango. Es también dar al gobierno general el poder de levantar y reglamentar un ejército federal destinado al mantenimiento de ese orden interno y externo; como asimismo el de levantar fondos para la construcción de las obras nacionales exigidas por el engrandecimiento del país. Y en efecto, el solo medio de obtener la paz entre las Provincias confederadas, y entre la Confederación toda y las naciones extranjeras, el único medio de llevar a cabo la construcción de la grandes vías de comunicación, tan necesarias a la población y al comercio como a la acción del poder central, es decir, a la existencia de la Confederación, será el encargar de la vigilancia, dirección y fomento de esos intereses al gobierno general de la Confederación, y consolidar en un solo cuerpo de nación las fuerzas y los medios dispersos del país, en el interés de esos grandes y comunes fines. Las más de estas bases acaban de recibir su sanción en el acuerdo de 31 de mayo de 1852, celebrado en San Nicolás.


TEXTO RELECTURAS 2

Discurso del General Juan D. Perón, el día 2 de Julio de 1952, ante los altos funcionarios de la Administración Nacional

Señores:

Yo les he pedido a los señores ministros que tuvieran la amabilidad de invitar a los altos funcionarios del Estado para tener la inmensa satisfacción de poder estrecharles personalmente la mano y conversar con ellos, aunque sea breves instantes, sobre nuestras preocupaciones comunes de gobierno, en la iniciación de este segundo período.

Dentro de nuestra acción hay dos tareas que desarrollamos paralelamente: desde el gobierno, la concepción de los problemas; y en los ministerios, la realización y ejecución de esas soluciones. Por esa razón, señores, es importante que los que concebimos y los que ejecutan sintonicemos perfectamente bien la tarea común. En esta forma, a una concepción que puede ser más o menos buena se la completa y se la realiza con una ejecución inteligente.

La tarea de gobernar es fundamentalmente, la solución de los grandes problemas que el país tiene y que deben ser encarados y resueltos por el organismo estatal. Y ese organismo estatal, para mí, está formado en sus dos escalas fundamentales, por el gobierno, y por la organización del Estado. El gobierno concibe centralizadamente, y la organización Estatal lo realiza descentralizadamente. Esta es una tarea de orden orgánico muy fácil de concebir y un poco difícil de organizar si no se la estudia y organiza funcionalmente.

Por esta razón he querido, antes de iniciar esta tarea que para nosotros comenzará el 1º de enero de 1953 con el segundo plan quinquenal de gobierno, dedicar estos seis meses mientras realizamos el remanente del primer plan, cumpliendo la acción iniciada en 1947, para ir preparando el instrumento necesario con una profunda inteligencia para obtener una mejor realización, menos improvisada, que en el primer plan quinquenal y más racional.

El segundo plan quinquenal debe encarar y resolver todas esas realizaciones sin crear problemas ad latere a esa organización, como nos ocurrió en el primer plan quinquenal.

Por esa razón, he pedido a los señores ministros que tuvieran la amabilidad de invitar a los altos funcionarios del Estado y solamente a esos altos funcionarios del Estado como sus colaboradores directos, en la concepción y realización de las soluciones que surgen de los problemas mencionados.

Señores: para presentar el panorama me voy a permitir hacer un poco de historia retrospectiva.

En 1946, cuando nos hicimos cargo del gobierno, el panorama que se me presentó a mí, un hombre acostumbrado a realizar trabajos orgánicos fue pavoroso.

Llegaba de golpe a un gobierno sin ninguna planificación y sin ninguna organización. Como digo, yo era un hombre racionalmente acostumbrado a encarar la solución mediante estudios previos, estudios bases, planes, etc., y se me presentó el terrible dilema de planificar por realizar.

Si hubiera planificado todavía estaría pensando que deberá hacerse en el primer plan quinquenal, aún después de haber terminado el primer gobierno. Realizar sin planificar siempre resulta una tarea un poco irracional y hasta a veces anacrónica. De manera de que debemos encarar ese problema y resolver durante la marcha la organización, hacer la planificación y realizarla; tres tareas que difícilmente puedan combinarse, máxime cuando se tiene una falta total de organización. Por eso quiero presentarles el problema a los funcionarios.

En cuanto a organización, no puede nadie negar que nuestro pueblo estaba totalmente desorganizado. Las fuerzas naturales de la organización que todo pueblo debe obedecer a las actividades fundamentales, no se habían realizado en nuestro pueblo, sino alrededor de círculos o intereses que no es lo racional para la organización de una Nación y menos de un Pueblo.

El Estado estaba total y absolutamente desorganizado como consecuencia de haber mantenido una vieja organización que pudo haber respondido hace cien años pero que ahora ya no respondía a las necesidades del momento y menos en una época inminentemente técnica en la organización, en la administración, y en el gobierno.

Un gobierno total y absolutamente desorganizado había en esta casa. Y muchos de ustedes, que son viejos funcionarios lo saben: un presidente, un jefe de despacho que ponía el sello a los decretos, un secretario privado que contestaba las cartas a los amigos, unos edecanes, una Casa Militar para recibir a los amigos y un secretario político que repartían los puestos públicos.

Frente a ese problema se presentó, como previo a todo, organizar el gobierno; después organizar el Estado. Organizar el gobierno creando los elementos básicos, vale decir un ministerio técnico de gobierno, porque hoy no se concibe el Estado sin una organización científica para gobernar. Han pasado muchos años desde que se gobernaba un país como patrón de estancia. La República Argentina ya no puede ser gobernada así. Hay demasiadas cosas que atender y demasiado importantes, para que nosotros podamos gobernar discrecionalmente. Este es un país que ya no se puede gobernar discrecionalmente: hay que gobernarlo organizadamente, si se lo quiere gobernar. No hablemos de los ministerios que numerosísimos asuntos de diversa índole, muchos antagónicos, que debían resolverse dentro del diligenciamiento administrativo y de gobierno permanente.

Lo único que yo entiendo que no se puede gobernar es lo inorgánico. Nadie puede gobernar lo inorgánico. Es necesario, antes de gobernar, de dirigir o de mandar, tener algo orgánico para hacer. En otras palabras, señores, tuve la sensación, al llegar al gobierno de que yo podría hacer cualquier cosa, menos gobernar y dirigir, si no me ponía a trabajar de inmediato en la organización.

La organización, según la entiendo yo, tiene dos fases distintas. Hay una organización que es de carácter estructural, y otra que es de carácter funcional. Es muy fácil tomar un gran papel, sentarse en un escritorio con todos los datos y hacer una cantidad de cuadros con sus nombres adentro; eso puede ser una organización ideal.

Pero no es una organización estructurada hasta tanto no se transporte a la organización del Estado, del gobierno y del pueblo, donde tampoco habrá organización mientras se trate solamente de una estructura orgánica: es necesario que ande eso.

Muchas veces, cuando me presentan un proyecto de organización, yo lo veo y digo: muy bonito. Me recuerda cuando me enseñaban fisiología en el colegio, cuando presentaban el cuerpo humano y veíamos las tripas y todos los órganos pero eso no era un hombre. No andaba. Era muy lindo para verlo pero no funcionaba. La organización que me interesa es el hombre caminando, comiendo y haciendo su trabajo. Lo mismo pasa con la organización institucional. No es bastante ese lindo cuadro. No. Es mejor que no sea tan lindo y que ande, que ande en la realidad, con sus enfermedades, con sus pasiones y con todos los defectos y virtudes que los hombres llevan a la organización.

Fue así, señores, que comenzamos por organizar el gobierno, creando un instrumento de planificación, uno de racionalización, uno de estadística. Es decir, señores, lo necesario para saber qué tenemos, cómo lo tenemos y después, cómo debemos actuar para realizar un trabajo. Todo eso se realizó en el gobierno.

Después, esa organización pasó por la Ley de Ministerios al Estado, y este comenzó a organizarse de la misma manera en cada institución, en cada departamento, como se había organizado el gobierno con sus organismos, etc.

Han pasado seis años y hoy tenemos una organización estructural buena. No la creo muy buena ni la creo excelente, pero yo me conformo con que esa organización sea buena, porque a menudo lo mejor es enemigo de lo bueno. Tengamos lo bueno.

También creo que también es estructuralmente buena; no lo es todavía, funcionalmente, sino regular. Vale decir, señores, en otras palabras, que hemos organizado estática y estructuralmente bien la administración pública y los órganos de gobierno, resolviendo así el problema cuantitativo de la organización, ahora es menester encarar el cualitativo.

Esa organización estructural puede ser muy buena, pero cuando se le pone el hombre, cambia, haciéndose mejor o dejando de ser buena, porque el hombre trae sus pasiones, sus virtudes y sus defectos a esa organización.

En la organización pasa como en todos los demás problemas. No hay problema que no tenga solución. No se puede decir de los hombres. No todos los hombres tienen solución. Esa intervención del gobierno en la organización es la que perfecciona o anula las bondades de la organización estructural, que es la cuantitativa. Ahora es menester encarar la funcional, que es la cualitativa.

Por eso los he reunido este día para hablar no ya de la organización estructural, que está hecha, sino encarecerles que nos ayudemos todos nosotros para encarar la tarea cualitativa de ir perfeccionando la administración y perfeccionando al hombre, porque eso ya no depende de la organización, sino que depende del hombre, depende del funcionario, del empleado, y aún del obrero que trabaja dentro de la administración.

El Segundo Plan Quinquenal habrá cumplido en este orden de ideas en lo orgánico, si nos permite afirmar en 1958 que, así como hoy, hemos terminado con lo estructural, en 1958 hemos terminado con lo funcional legándole a la República una organización estatal que le permita decir que se administra y gobierna de la mejor manera, por si sola, por si misma. Porque en nuestro país no debe darse el panorama lamentable de un país que se gobierna todavía en 1952, mediante la discrecionalidad política de los hombres, tan llenos de defectos, y tan llenos de pasiones, como también tan cargados algunas veces de virtudes.

Esto, señores, es fundamental para el Estado. Si nuestro movimiento político no dejara a la República la garantía de una administración cuantitativa y cualitativa capaz de gobernar, habría dejado de cumplir, quizá, su principal función de gobierno para la consolidación de las garantías que el país necesita de sus gobiernos. Por esa razón yo quiero hablar hoy de eso.

Nosotros, porque no somos personalistas, ni somos discrecionalistas en el gobierno, hemos comenzado por establecer una doctrina. Los discrecionalistas son siempre enemigos de las doctrinas. También los personalistas lo son porque su doctrina son ellos. Cuando un hombre se desprende de su personalidad para crear una personalidad colectiva es porque no tiene intenciones ni individualistas ni discrecionalistas y menos aún personalistas. Por esa razón, señores, nosotros adoptamos una doctrina; hemos querido orientar al país una dirección. Los hombres que hacen uso adecuado del racionalismo son siempre partidarios de este sector de la organización humana.

Lo primero que la Nación debe tener es una doctrina. Nada se puede hacer con colectividades inorgánicas y la doctrina es el punto de partida de la organización de una colectividad. En el gobierno, la doctrina debe ser para nosotros el punto de partida para toda la organización. Cuando los hombres no están adoctrinados es mejor no juntarlos; nuestra tarea es una tarea de equipos.

La doctrina nacional puede ser discutida, pero debe ser aplicada porque algo tenemos que hacer. Discutirla para perfeccionarla, pero aplicarla, porque el que no aplica una doctrina que se ha creado para la Nación está procediendo en contra de la Nación. Una doctrina es indispensable para que todos sepamos qué es lo que tenemos que hacer, cualquiera sea el puesto que en suerte nos ha tocado desempeñar en la colectividad argentina.

En esto, señores, una doctrina nacional es tan fundamental en el Estado, en la Nación, como fundamentales son el alma y el pensamiento en un hombre. ¿Adónde va un hombre que no tenga sentimientos ni pensamientos? ¿Y adónde iría una Nación que no tuviese un pensamiento y un sentimiento comunes?

Hay cosas en las cuales podemos estar diametralmente opuestos en la apreciación, pero hay sectores y factores de la nacionalidad con los cuales ningún argentino puede estar en contra.

La doctrina nacional se conforma alrededor de estos últimos, vale decir, de aquellos asuntos en que todos los argentinos debemos estar de acuerdo para el bien de la Nación.

Eso es lo que conforma el contenido fundamental de la Doctrina Nacional. Es así como vamos a dar a la Nación un alma colectiva que nos haga sentir y, quizá, que nos haga pensar de la misma manera. Eso en cuanto a la Nación.

En cuanto al Estado, ese concepto se estrecha mucho más: no puede haber un funcionario de ninguna categoría ni un empleado destinado al servicio de la Nación que no piense estrechamente dentro de la doctrina nacional, porque él es el ejecutor directo de esa doctrina. En otro ciudadano de otra actividad quizá no sea tan pecaminoso que hiera a la doctrina, o aún, que esté en contra del dictado de la doctrina, pero un funcionario o un empleado público que es el ejecutor directo por mandato implícito de la Constitución y de la ciudadanía, no puede estar fuera de eso.

Por esta razón, señores la doctrina no contiene minucias ni insignificancias, contiene lo fundamental de la Nación. Nosotros hemos cristalizado como doctrina nacional nuestras tres banderas, que no pueden arriarse por otro que no sea un traidor a la Patria.

La Justicia social, la Independencia económica y la Soberanía del Estado no pueden ser negadas por ningún argentino; y no solamente negadas ni discutidas, porque cuando se trata de la justicia, cuando se trata de la libertad y cuando se trata de la soberanía no puede haber discusión en contra de la Nación.

Esto, señores, que conforma una verdadera doctrina nacional, es lo que debemos llevar al alma de la Nación. Y nosotros, los agentes civiles de la Nación, somos los encargados de realizarlas. Nada hay más fundamentalmente importante que eso.

En esto, señores, establecida la doctrina nacional, nosotros tenemos una obligación permanente: es la de llevarla a todo el organismo estatal.

Convengamos que en este primer plan quinquenal, que nosotros hemos realizados con tanta hesitación por que era todo improvisado – donde resolvíamos un problema salían tres o cuatro como consecuencia de la improvisación -, no habíamos podido realizar una cosa terminada ni una planificación bien desenvuelta y bien realizada. Resolvíamos un problema y creábamos otro, como pasa siempre en la improvisación. Si hubiéramos querido planificar, quizá no hubiéramos podido realizar.

Es esto, señores, hay que pensar que siempre la realización está por sobre la concepción. Hay que hacer las cosas mal o bien, pero hacerlas, decía Sarmiento; una gran verdad porque si no, estamos siempre en discursos y en veremos, y lo que enriquece al país y lo que engrandece a la Nación es lo que vamos colocando encima de ella, en último análisis. Esta tarea debíamos realizarla perentoriamente; se justifica que no hayamos planificado acabadamente.

Pero, señores, es menester que en este Segundo Plan Quinquenal nosotros perfeccionemos sobre la misma marcha este aspecto. Para ello habrá una buena planificación, porque ahora hemos tenido tiempo de realizarla. Cada uno de los departamentos de Estado va a tener un plan perfectamente bien estudiado, con el planteo inicial en la solución de cada uno de los problemas y cada una de las realizaciones, donde se han contemplado todos los objetivos y factores, en forma de que la solución de uno no cree problemas subsidiarios.

Quizá la realización cueste menos trabajo, señores, y ese tiempo libre que nos dejará, así como antes los dedicábamos a la organización estructural, debemos dedicarlo ahora al aspecto colectivo de esa organización, porque de poco valdrá la organización sino hacemos del hombre que la compone un funcionario cada día más honrado y más capaz.

Nuestra tarea no es solamente la de capacitar técnicamente a los funcionarios de Estado, sino también educarlos en una moral administrativa intachable.

Esto es lo que quiero tratar en el último término: el trabajo que todos debemos realizar desde el gobierno del sector que nos corresponda. En primer lugar, debemos establecer qué es el gobierno desde un punto de vista empírico, no teórico, porque se ha hablado mucho de estas cuestiones del Gobierno. El gobierno no puede ser la acción burocrática del trámite: el gobierno tiene que ser más noble.

Por eso es que el punto de partida nuestro es que hoy, con la organización estructural, tenemos el instrumento, pero tenemos un instrumento sin temple, sin brillo, quizá sin la forma adecuada para el trabajo que tenemos que realizar. Tomemos este instrumento en nuestras manos, y antes de emplearlo, démosle el temple que debe tener, formémosle ese temple, formémosle la capacidad, diríamos formal, para la realización; pulámosle todas sus aristas y estén seguros de que ahora, con ese instrumento vamos a realizar el mejor trabajo con el mínimo de esfuerzos y sacrificio.

Para eso, señores, que es tan fácil de decir, debemos emplear muchas, pero muchas de nuestras fatigas de estos años de trabajo. Es muy difícil formar hombres que uno los toma ya después de haber andado mucho por la vida y mucho por la administración. No es fácil. Más fácil es formar que corregir, que modificar y que formar de nuevo. Por eso la tarea nuestra tiene en ese aspecto una importancia fundamental, y yo les pido a todos los señores que piensen por sí, que reflexionen profundamente sobre la responsabilidad que pesa sobre nosotros, no solo como funcionarios sino como maestros de los que van a hacer después los funcionarios que nos reemplacen y que deben formarse dentro de esa administración que nosotros manejamos.

El Estado tiene excelentes hombres dentro de sus funcionarios y de sus empleados. Tiene un material de primera clase. Ahora, es cuestión de irlo dignificando, levantando y, sobre todo, de darle poder a la iniciativa de estos hombres, no castigando al que se equivoca, que no es merecedor de un castigo de ninguna naturaleza, sino más bien haciéndolo con el que no hace nada para no equivocarse, que ese sí es el culpable, o eliminando sin consideración de la administración pública al que procede mal deliberadamente, que es el peor enemigo de la administración.

La administración pública es un lugar sumamente sensible en su equilibrio y en su buen nombre. Cuando hay un funcionario o empleado ladrón, no dicen que fulano de tal es un ladrón, sino que todos los empleados públicos son una punta de ladrones. Por eso no es suficiente con cuidar la propia conducta de los funcionarios, sino que hay que cuidar la de todos los que están a la orden de uno, porque esa reputación también nos toca a nosotros cuando se menoscaba en cualquiera de los escalones administrativos.

Por una deformación ya consuetudinaria en todos los gobiernos el funcionario público está siempre expuesto a que cada ciudadano vea en él a un hombre que delinque contra la administración y contra la ley. Todos los que manejamos algo de la cosa pública estamos expuestos a que nos digan que somos unos ladrones. Pero eso no importa; eso es culpa de los que han administrado y gobernado.

Nosotros tenemos quizá un exceso en la prudencia con que empleamos el gobierno y con qué administramos, un exceso de minuciosidad en la honradez administrativa, para ir borrando poco a poco ese concepto que, justificadamente en muchos casos, tiene el pueblo de sus funcionarios y de su gobierno. Somos nosotros los que hemos de honrarlo.

Muchas veces algunos amigos y funcionarios han venido hasta mi despacho y me han dicho: “Le agradezco, señor Presidente, el cargo que usted me ha asignado”; y yo le digo: “Vea, todavía no sé si tendrá que agradecérmelo”. Porque nosotros decidimos que cada funcionario o cada empleado lleva en su mochila el bastón del mariscal y hacemos que cualquiera de ellos en una oportunidad pueda sacar el bastón de mariscal para mostrarlo como emblema de su autoridad. Nosotros no hacemos más que eso. Lo demás lo hace el funcionario. Nosotros lo ponemos en la vidriera para que el pueblo lo vea; si es bueno, se va a llenar de honor y de predicamento y si es malo, se va a hundir toda su vida. Nosotros no hacemos nada por él, sólo le damos la oportunidad a que todos los ciudadanos tienen derecho. Cuando nosotros damos esa oportunidad, lo hacemos de buena fe, y a menudo también nos equivocamos de buena fe. Pero de los males que acarrean esas equivocaciones participamos todos en una parte proporcional. Todos cargamos con el mal nombre del deshonesto, todos cargamos el mal nombre del incapaz.

En consecuencia, si esa responsabilidad la compartimos y distribuimos entre todos nosotros, todos tenemos la obligación de trabajar para que eso no se produzca dentro de la administración pública para cuidar no sólo el prestigio de la administración, sino el prestigio de cada uno de nosotros.

Estar listos para dar cuenta de cualquiera de nuestros actos es lo fundamental, porque los gobernados tienen derecho a conocer el acto más insignificante de su gobierno.

Por eso, en la educación y formación de nuestros funcionarios y empleados tenemos que tener, a la vez que la función de la administración y de gobierno, la función del maestro y del pretor que vigila permanentemente no sólo los actos de los empleados, sino también su conducta, que es la pauta de su procedimiento. En este sentido, somos un poco maestros y un poco padres; tenemos que ir formándolos. A menudo el fárrago de cuestiones que nos envuelve en la función administrativa y de gobierno nos hace olvidar esa función de maestro.

Ocurre muchas veces que un empleado trae una nota mal hecha que la hizo Gutiérrez. Nosotros decimos que es un bárbaro y que la haga Pérez. No, no hay que proceder así Hay que llamarlo a Gutiérrez, perder cinco minutos con él y decirle: “Vea, ha hecho mal esta nota; aquí debía decir tal cosa, hágala bien y tráigamela”. Sólo se han perdido cinco minutos, pero se salva a un hombre que puede ser excelente si le enseñamos, y que se perderá irremisiblemente si lo rechazamos por no cumplir con nuestro deber de funcionarios. Pero cuando esa nota ha sido “exceso de capacidad”, cuando se ve en la nota la mala intención, no hay más remedio que mandarlo al juez federal para que se entienda con él. Eso es fundamental.

Un gobierno se desprestigia cuando anda con tapujos con los que proceden mal. No se lo desprestigia cuando se lo manda al juez federal para que la justicia le ajuste las cuentas a ese mal funcionario. El que se equivoca bienvenido sea, si se equivoca sin mala intención. A ese debemos enseñarle. Al bandido hay que mandarlo a la cárcel.

La función de gobierno, señores, es muy compleja. Tiene muchas tareas que a menudo se olvidan y que son fundamentales. Si uno ve y toma casos concretos, ya que los ejemplos aclaran, pueden llegar a conclusiones bien determinantes en muchos aspectos. Una de las cosas, después de la deshonestidad, que más se queja la gente, es la burocracia que retarda los trámites en todos sus aspectos.

¿A qué obedece eso? En la administración pública, y esto se ve hasta en las instituciones militares, que son las que tienen disciplina y código, hay una burocracia retardatriz, muchas veces por la ampulosidad, otras veces, por inercia que mata todas las inteligencias y todas las capacidades.

Hay algunos que tardan quince días en hacer un estudio y traen escrito un diccionario enciclopédico, cuando eso debería estar listo, en vez de en ocho tomos, en ocho páginas. El que no tienen capacidad de síntesis no puede ser funcionario ni empleado público.

En cada funcionario y en cada empleado debe haber un espíritu de responsabilidad suficiente para resolver por si los expedientes que llegan, porque si no se anulan todas las capacidades y todas las inteligencias.

Observan ustedes lo que pasa en una oficina pública: llega un expediente a Mesa de Entradas, con catorce sellos, con ocho números y veinte rúbricas. Lo recibe la Dirección General. El director general dice de qué se trata: “Señor, tal cosa. Muy bien, déle trámite”. Pasa al segundo jefe, éste dice también de que se trata: “Déle trámite. Pasa al auxiliar y éste dice de qué se trata y déle trámite y pasa a tal para que informe”. Esto dura ocho días. El que informa tarda otros ocho días y después vuelve a hacerse la misma recorrida. Y ahora pasará a Técnica o Arquitectura. Allá va y vuelve la cadena: del jefe al segundo, de éste al auxiliar, y de éste a Juan Pérez, y éste que es el que hace trámites, es un pobre hombre que no sabe nada y que no puede resolver por si porque es un empleado de la oficina. Finalmente se informa, y del informe pasan ocho años y se gastan ocho toneladas de papel y no se ha resuelto el problema y hay ochocientos afuera que están protestando contra los funcionarios.

Eso no es de una oficina, es de muchas oficinas. Hay que terminar con eso. Quien recibe el expediente debe pensar si lo puede resolver o no. Si lo puede resolver, que lo haga. “Firma Fulano de Tal”, y toma la responsabilidad de la resolución, cualquiera sea su jerarquía. Si no lo puede resolver, va al jefe y le pregunta cómo se resuelve. Bien, firma el jefe y listo, sale. Y hasta por teléfono se hace si es necesario tomando los recaudos indispensables.

Si nosotros no tomamos el sentido burocrático del “déle trámite”, el “déle trámite”, nos va a matar a todos. Esa es la realidad. Por eso es que debemos tener 750.000 agentes públicos cuando podríamos resolver los asuntos con 250.000 o 300.000. Porque claro, cuando lo recibe el jefe, va al segundo jefe, después al auxiliar y después al escribiente, sería bastante con éste para hacer el trámite. ¿Para qué tengo esa gente delante?. Lo que pasa es que hay que tener menor número de funcionarios y empleados, pero pagarles mejor y que trabajen más, porque es lógico: a mayor pago corresponde mayor fatiga. Debemos tener el menor número de empleados y pagarles lo más posible, y exigirles que rindan en su trabajo, no solo en el trabajo material, sino también en cargar con la responsabilidad que él como funcionario o empleado público, tiene la obligación de cargar.

Hay pusilánimes que nunca se animan a resolver nada. Esos son rémoras en la rueda de la administración. Hacen más mal ésos que todos los “contras sumados”.

He querido presentar así el problema, descarnadamente, hasta con la terminología oficinesca, para hacer resaltar la necesidad de educar a nuestra gente. En este segundo plan quinquenal, el ideal sería que cada funcionario público se convierta en un maestro para enseñarle a los demás lo que él sabe y para darle también el alma de los demás lo que él tiene de calificado en su propia alma, educarlo e instruirlo en la función.

Si nosotros realizamos eso, quizá la República tenga mucho más que agradecernos que por todas las demás cosas que hemos hecho, porque nosotros estamos con nuestros actos propugnando el presente pero si formamos una administración de este tipo, incontaminable y capacitada, el país nos tendrá que agradecer siempre su marcha ordenada y orgánica a través del tiempo; aseguremos así el futuro de la administración pública.

Eso es lo trascendente: eso es lo importante. Cuando un jefe pasa por una oficina, sus empleados deberán decir, dentro de diez o de veinte años: “Este hombre era capaz y hacía bien. ¡Lo que me enseñó este hombre, que hombre capaz, que hombre correcto!”. Eso es mucho más lindo y mucho más constructivo para un hombre que lo que pueda haber hecho en cuanto a las soluciones más o menos favorables que él dio a la administración y al gobierno.

Enseñar en la administración es la palabra de orden de nuestros días. Porque francamente, tenemos una administración con muchos defectos que hay que corregir y modificar. Tenemos buena gente; pero también tenemos algunos de los otros. Hay que echarlos a los otros, hay que sacárselos de encima. Son una rémora en la oficina. Cuando reciben una directiva del director, la comentan jocosamente, y así están haciendo sabotaje dentro de la oficina sin que nadie se dé cuenta. Después dicen: “¡Fulano que gracioso! Todo lo comenta en broma”. A ése hay que darle un sillazo el primer día y sacarlo de la oficina.

Hay otro tipo de mal funcionamiento, que es el buen muchacho, jefe de una oficina. De él: “¡Qué bueno es Fulano!”. Claro, en su oficina cada uno hace lo que quiere. ¿Cómo no va a ser bueno? Sí algún empleado no puede venir, él le dice: “dame la tarjeta, que te la firma mañana”. Y el mismo jefe se la firma al empleado. A propósito, hace pocos días firmé un decreto rebajando de categoría un jefe porque había hecho eso. Yo dije: “está bien, hay que rebajarle la categoría, y la próxima que haga sólo se va a ir por la cola”.

Hay de todo entre los hombres, pero los que nosotros tenemos que formar son hombres que sepan enseñar con el ejemplo. No hay jefe malo si el jefe es un hombre capacitado que enseña y aconseja a sus hombres. La rigidez del servicio público exige eso: el sacrificio de imponer cuando es necesario imponerse e ir formando hombres de carácter, hombres que sepan afrontar la responsabilidad del acto público. Satisfaciendo su propia conciencia, que es lo mejor que uno puede satisfacer, cuando obra en bien del servicio de la Nación. Todo eso no es tan fácil de formar. Presupone pensar seriamente en la educación e instrucción del subordinado que uno tiene en la oficina y en la Gestión Pública.

Señores: sería largo y redundante para ustedes, ya que son funcionarios hechos, que yo siguiera insistiendo sobre estas cosas; pero ustedes saben que esto es la verdad, y ustedes saben que lo que yo digo que hay que hacer es lo conveniente: Yo sé que ustedes comparten todo, porque tienen más experiencia que yo y saben más que yo de oficina, y yo estoy persuadido, absolutamente persuadido, de que ustedes van a ponerse con empeño a preparar su personal. Cuando ese instrumento esté formado y tenga el temple magnífico que le podamos dar nosotros, el trabajo público será una cosa agradable, linda, y sacaremos de las oficinas todos esos problemas y sinsabores que los hombres no capacitados y con otros defectos traen a la oficina para complicar y amargar la vida en una administración que debería desenvolverse con toda fluidez y con toda tranquilidad, donde cada uno cumpla honradamente con su deber.

En este aspecto yo no quiero abundar, pero si quiero decir como corolario de esto que la Gestión Pública no es solamente una tarea de concepción de los problemas y de realización de las soluciones, sino también una tarea de permanente persuasión de los hombres que uno tiene a sus órdenes. El que se considere jefe de una repartición, el que se considere funcionario de la República, ha de ponerse en esa situación y ha de dignificarla en todos sus actos, dignificándose de esa manera así mismo sus proyecciones frente a la obligación y frente al país.

Algunos dicen que a los funcionarios no se los prestigia. No, el funcionario se prestigia a sí mismo y a la administración la prestigiamos entre todos los funcionarios y entre todos la desprestigiamos. Yo no puedo prestigiar a nadie. Cada uno se prestigia a sí mismo con sus procedimientos, con su capacidad y con su honradez. Se equivoca aquel que dice que no le dan el puesto que les corresponde a los funcionarios. Sí, al funcionario se le da el puesto que le corresponde. Yo lo único que puedo hacer es ponerlo dentro del presupuesto. Lo demás lo tiene que hacer él con sus conductas. Formemos hombres de acuerdo con estos principios y la República tendrá un organismo orgánico de administración y de gobierno que resistiría a todos los discrecionalismos que quieran entrar dentro del gobierno. Esta marcha es necesaria asegurarla por si. El Estado y la Nación deben marchar solos. Nosotros los gobernantes podemos indicarles la dirección, pero la marcha debe ser ejecutada por él. Ese organismo, ese mecanismo, debemos dárselo noble, bien templado y bien capacitado, y eso será lo que nos va a agradecer en el futuro la Nación.

Yo sería muy feliz si al dejar el gobierno de la Nación el pueblo dijera: “No hizo gran cosa, pero dejó una administración magnífica para el país, bien organizada, bien capacitada moral y técnicamente”. Me sentiría muy feliz porque eso me estaría indicando que habría trabajado no sólo para el presente, sino también para el porvenir de la Nación.

Esa obligación la tenemos todos nosotros, que somos en el fondo compañeros de una tarea común, pero también esa satisfacción debe ser el anhelo y la aspiración de todos nosotros. Que cada uno lo cumpla en la medida que su acción le permita realizarlo, pensando en que estaremos todos agradecidos de todos. Si cumplimos con esto, que es un mandato imperativo de la necesidad orgánica del momento; si lo hacemos, todo andará mejor y tendremos la inmensa satisfacción de contemplar el panorama de la Nación desarrollándose con toda organicidad y racionalismo dentro de una vida que será cada día más llevadera, porque en la función que nosotros desempeñamos está puesto también el destino de cada uno de los ciudadanos argentinos. Muchas veces el gobierno crea un callo sobre el corazón.

Eso es lo que debemos evitar: que no haya callos ni sobre el corazón ni sobre el entendimiento. Nosotros tenemos una responsabilidad enorme que cumplir. Estamos de acuerdo en enfrentarla y afrontarla. De cómo lo hagamos, es de lo que nos va a pedir cuentas el futuro de la Nación.

Por eso yo he querido, en esta conversación entre amigos y funcionarios, pedirle a cada uno de ustedes que anote sobre su escritorio en una sola frase, para tenerla siempre delante de los ojos: “No debo olvidar que además de un administrador y de un agente de gobierno soy también un maestro de mis subordinados”. Si lo hace, si lo cumple, todos tendremos mucho que agradecer.

Señores: no quiero terminar estas palabras, ya que es la primera oportunidad en que nos reunimos, sin agradecerles a todos cuanto han hecho para que esta organización haya alcanzado el estado actual. El hecho de que tengamos aspiraciones de perfeccionamiento para el futuro no implica en manera alguna, que cada uno de ustedes, funcionarios de la República, no haya sabido cumplir acabadamente con su deber. Cada uno lo ha hecho en la medida de sus fuerzas. Mi obligación de dirigente superior es señalar los rumbos del futuro y pedirles que a ese esfuerzo y a ese sacrificio que todos ustedes han realizado en bien de la Nación, los coronen aumentando un poco más de desvelo y de sacrificio para mejorar la calidad de la administración y del gobierno.

Yo les agradezco todo cuanto han hecho, y espero que en 1958 pueda darle un abrazo a cada uno por la inmensa tarea cumplida en beneficio de la administración y del gobierno de la República.

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