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Por Lucila Pagliai Dolores y perplejidades de un cambio de era Este número de Grandes alamedas propone revisitar cuatro textos –dos sobre la Conquista violenta de la América hispánica- que con formas, tipos de discurso, intención y lugar de la enunciación diversos, hablan de un cambio de era y de los temores, perplejidades y recomposiciones […]
Por Lucila Pagliai
Dolores y perplejidades de un cambio de era
Este número de Grandes alamedas propone revisitar cuatro textos –dos sobre la Conquista violenta de la América hispánica- que con formas, tipos de discurso, intención y lugar de la enunciación diversos, hablan de un cambio de era y de los temores, perplejidades y recomposiciones forzadas de los sujetos sociales que las atraviesan:
- el poema “Esperando a los bárbaros” de Konstantino Kavafis, escrito en 1904 en Alejandría;
- un fragmento del libro La civilización del occidente medieval de Jacques Le Goff que muestra la complejidades del pasaje hacia el Renacimiento;
- la crónica sobre la Conquista de México “Visión psicológica de Moctezuma”, recopilada hacia mediados del siglo XVI por el Padre Bernardino de Sahagun a partir de relatos de los sobrevivientes de las cultura mexica en lengua náhuatl; y
- la “Elegía por el Inca Atahualpa”, un poema quechua anónimo sobre la caída del Imperio Inca y el desamparo de su pueblo sojuzgado, escrito entre finales del siglo XVI e inicios del XVII.
KONSTANTINO KAVAFIS
ESPERANDO A LOS BÁRBAROS
Poesías completas. Madrid, Hiperión, 1997. Traducción y notas de José María Álvarez.
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¿Qué esperamos agrupados en el foro?
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Hoy llegan los bárbaros.
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¿Por qué inactivo está el Senado
e inmóviles los legisladores no legislan?
¿Qué leyes votarán los senadores?
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Cuando los bárbaros lleguen darán la ley.
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¿Por qué nuestro emperador dejó su lecho al alba,
y en la puerta mayor espera ahora sentado
en su alto trono, coronado y solemne?
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Porque hoy llegan los bárbaros.
Nuestro emperador aguarda para recibir
a su jefe. Al que hará entrega
de un largo pergamino. En él
escritas hay muchas dignidades y títulos.
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¿Por qué nuestros cónsules y pretores visten
sus rojas togas, sus finos brocados;
y lucen brazaletes de amatistas,
y refulgentes anillos de esmeraldas espléndidas?
¿Por qué ostentan bastones maravillosamente cincelados
en oro y plata, signos de poder?
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Porque hoy llegan los bárbaros;
y todas esas cosas deslumbran a los bárbaros.
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¿Por qué no acuden como siempre nuestros ilustres oradores
a brindarnos el chorro feliz de su elocuencia?
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Porque hoy llegan los bárbaros
que odian la retórica y los largos discursos.
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¿Por qué de pronto esa inquietud
y movimiento?
¿Por qué vacía la multitud calles y plazas,
y sombría regresa a sus moradas?
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Porque la noche cae y no llegan los bárbaros.
Y gente venida desde la frontera
afirma que ya no hay bárbaros.
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¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?
Quizás ellos fueran una solución después de todo.
JACQUES LE GOFF
LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL
Buenos Aires, Paidós, 1999 [1ª ed. París, 1964]. Traducción de Godofredo González. Capítulo 4, pp 91-93 (fragmento).
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La crisis de la cristiandad (siglos XIV-XV)
Si la mayoría de los Estados cristianos, a comienzos del siglo XIV, se hallan aún entre fronteras movedizas, la cristiandad en su conjunto ya se ha estabilizado. Como ha dicho A. Lewis, es «el fin de la frontera». La expansión medieval ha terminado. Cuando se reemprenda de nuevo, a finales del siglo XV, se tratará ya de un fenómeno distinto. […] Ya no hay más roturaciones, más conquista del suelo, e incluso las tierras marginales, ganadas para el cultivo bajo la presión demográfica y la preocupación por la expansión, quedan abandonadas porque su rendimiento es realmente bajo. En algunos lugares se anuncia la deforestación. Comienza el abandono de los campos e incluso de las aldeas y aparecen los Wüstungen (1) […]. La construcción de las grandes catedrales se interrumpe antes de terminarlas. La curva demográfica comienza a bajar. El alza de los precios se detiene y se inicia una depresión.
Al lado de estos grandes fenómenos de conjunto, otros acontecimientos, algunos de los cuales han llamado la atención de los contemporáneos mientras que otros sólo han tenido trascendencia a los ojos de los historiadores modernos, anuncian que la cristiandad entra en crisis.
Una serie de huelgas, de motines urbanos, de revueltas, sobre todo en Flandes, estallan en el último tercio del siglo XIII (en Brujas, Douai, Tournai, Provins, Ruán, Caen, Orléans y Béziers en el año 1280; en Toulouse, en 1288; en Reims, en 1292; en París, en 1306) que desembocan, en 1302, en las regiones de la actual Bélgica, en un levantamiento casi general a decir del cronista de Lieja Hocsem: «Este año el partido popular se levantó en casi todas partes contra los grandes. En Bravante, ese levantamiento quedó dominado, pero en Flandes y en Lieja, las fuerzas populares dominaron durante largo tiempo».
En 1284, las bóvedas de la futura catedral de Beauvais, levantadas hasta cuarenta y ocho metros de altura, se derrumban. El sueño gótico ya no irá más alto. Los trabajos de muchas catedrales se detienen: Narbona en 1286, Colonia en 1322; Siena llegará al límite de sus posibilidades en 1366.
La devaluación de la moneda —las mutaciones monetarias— da comienzo. La Francia de Felipe el Hermoso (1285-1314) conoce varias, las primeras de la Edad Media. Las bancas italianas, sobre todo las florentinas, sufren en 1343 bancarrotas clamorosas.
No cabe duda de que estos síntomas de crisis se manifiestan en los sectores más frágiles de la economía: en las ciudades donde la economía textil había alcanzado un desarrollo que la dejaba a merced de una pérdida del poder adquisitivo de la clientela rica para quien producía y exportaba; en el ramo de la construcción, donde los enormes medios que había que poner en juego se hacían cada vez más caros, a medida que la mano de obra, las materias primas y los capitales encontraban mejor empleo en otros sectores más lucrativos; en el sector de la economía monetaria, donde los errores en el manejo del bimetalismo que siguió al relanzamiento de la acuñación en oro y las imprudencias de los banqueros presionados por los príncipes cada vez más ávidos de créditos y cada vez más endeudados, acrecentaban las dificultades inherentes a una forma de economía con la que incluso los especialistas estaban poco familiarizados.
La crisis se manifiesta en toda amplitud cuando alcanza el nivel esencial de la economía rural. Durante el período de 1315-1317, una serie de factores meteorológicos adversos dieron como resultado malas cosechas, alza de los precios y la reaparición de la hambruna general casi desaparecida en Occidente —de la parte occidental al menos— en el siglo XIII. En Brujas, de treinta y cinco mil personas, dos mil murieron de hambre.
A partir de 1348, la Gran Peste hace caer drásticamente la curva demográfica, ya en descenso, y transforma la crisis en catástrofe.
Pero la crisis es anterior al azote, que no ha hecho más que agravarlo, y sus causas hay que buscarlas en el fondo mismo de las estructuras económicas y sociales de la cristiandad.
La disminución de la renta feudal y los trastornos originados por la parte cada vez mayor que los campesinos tienen que pagar en moneda para liquidar sus censos, ponen en entredicho las bases del poderío de los feudales.
Esta crisis, por fundamental que sea, no entraña una depresión de toda la economía occidental y no afecta por igual ni a todas las categorías ni a todos los individuos.
Unos sectores geográficos o económicos se ven afectados mientras que, a su lado, se inicia un nuevo desarrollo que reemplaza y compensa las pérdidas vecinas. La industria de los tejidos de lujo tradicionales, la vieille draperie, se ve seriamente afectada por la crisis, y los centros donde ésta dominaba van hacia su ocaso pero, a su lado, surgen nuevos centros que se consagran a la fabricación de paños menos valiosos destinados a una clientela menos rica y menos exigente: es el triunfo de los «nuevos paños», de los satenes y de los fustanes confeccionados con algodón. Si una familia hace quiebra, otra cercana ocupa su lugar.
Tras un momento de confusión, la clase feudal se adapta, reemplaza por doquier los cultivos por la ganadería, más productiva y, en consecuencia, transforma el paisaje rural multiplicando los cercados de ganado. Modifica los contratos de explotación campesina, la naturaleza de los pagos y la manera de efectuarlos, inicia el manejo de las monedas reales y, a la vez, de las monedas de cuenta, cuyo hábil uso le permite hacer frente a las mutaciones monetarias. Pero, claro está, sólo los más poderosos, los más hábiles o los más afortunados consiguen prosperar donde los demás van a la ruina.
Y no es menos cierto que la caída demográfica, agravada por la peste, debilita la mano de obra y la clientela, pero los salarios suben y los supervivientes son, en general, más ricos.
Tampoco cabe duda de que la feudalidad, atacada por la crisis, recurre a la solución a la que suelen recurrir las clases dominantes cuando se ven amenazadas: la guerra. El ejemplo más claro es la guerra de los Cien Años, confusamente buscada por las noblezas inglesa y francesa como una solución para sus dificultades. Pero, como siempre, la guerra acelera el proceso y da nacimiento a una economía y una sociedad nuevas, por encima de los muertos y de las ruinas que, por otra parte, tampoco hay que exagerar.
La crisis del siglo XIV se salda, pues, rápidamente con una transformación del mapa económico y social de la cristiandad.
Esa crisis favorece y acentúa la evolución anterior hacia la centralización del Estado. Prepara la monarquía francesa de Carlos VII y de Luis XI, la realeza inglesa de los Tudor, la unidad española de los Reyes Católicos y el advenimiento casi general, sobre todo en Italia, del «príncipe». Suscita nuevas clientelas, principalmente burguesas, para unos productos y un arte que quizá tiendan hacia la fabricación en serie — lo que la imprenta permitirá incluso en el ámbito intelectual—, pero que corresponden, con un grado de calidad aún bastante aceptable por lo general, a un aumento del nivel de vida de las nuevas capas sociales y a una mejora del bienestar y del gusto, al avance del interés científico y al descubrimiento y esfuerzo por dominar la tierra entera.
No obstante, ese segundo aspecto de la feudalidad occidental que va desde el Renacimiento a la revolución industrial y que, a partir de finales del siglo XV, menospreciará la época a la que dará el nombre de Edad Media, continuará con frecuencia, en sus luces y sus sombras, la Edad Media propiamente dicha y no siempre logrará sus mismos éxitos.
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- “Wüstungen”, “soledad” en alemán, término usado en la Baja Edad Media equivalente en castellano a “despoblado”: los Wüstungen en Alemania, villages désertés en Francia o lost villages en Inglaterra eran pueblos que sus habitantes abandonaban por agotamiento de los medios de subsistencia, las guerras, las pestes que asolaban la zona.
INFORMANTES DE SAHAGÚN
ACTITUD PSICOLÓGICA DE MOTECUHZOMA (fragmento)
Códice Florentino, lib. XII, caps. VIII y IX (versión de Ángel Ma. Garibay K.). En Obras de Miguel León-Portilla, Tomo XIII. Visión de los vencidos: relaciones indígenas de la conquista/ El reverso de la conquista: relaciones mexicas, mayas e incas. México, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas/ El Colegio Nacional 2013: http://www.historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/obras_leon_portilla/599.html.
La angustia de Motecuhzoma y del pueblo en general
Ahora bien, Motecuhzoma cavilaba en aquellas cosas, estaba preocupado; lleno de terror, de miedo: cavilaba qué iba a acontecer con la ciudad. Y todo el mundo estaba muy temeroso. Había gran espanto y había terror. Se discutían las cosas, se hablaba de lo sucedido. Hay juntas, hay discusiones, se forman corrillos, hay llanto, se hace largo llanto, se llora por los otros. Van con la cabeza caída, andan cabizbajos. Entre llanto se saludan; se lloran unos a otros al saludarse. Hay intento de animar a la gente, se reaniman unos a otros. Hacen caricias a otros, los niños son acariciados.
Los padres de familia dicen: -¡Ay, hijitos míos! … ¿Qué pasará con vosotros? ¡Oh, en vosotros sucedió lo que va a suceder! …
Y las madres de familia dicen: -¡Hijitos míos! ¿Cómo podréis vosotros ver con asombro lo que va a venir sobre vosotros? […]
Por este tiempo también fue cuando ellos [los españoles], hacían con instancia preguntas tocante a Motecuhzoma: cómo era, si acaso muchacho, si acaso hombre maduro, si acaso viejo. Si aún tenía vigor, o si ya tenía sentido de viejo, si acaso ya era un hombre anciano, si tenía cabeza blanca. Y les respondían a los “dioses”, a los españoles: -Es hombre maduro; no grueso, sino delgado, un poco enjuto; no más cenceño, de fino cuerpo.
Motecuhzoma piensa en huir
Pues cuando oía Motecuhzoma que mucho se indagaba sobre él, que se escudriñaba su persona, que los “dioses” mucho deseaban verle la cara, como que se le apretaba el corazón, se llenaba de grande angustia. Estaba para huir, tenía deseos de huir; anhelaba esconderse huyendo, estaba para huir. Intentaba esconderse, ansiaba esconderse. Se les quería esconder, se les quería escabullir a los “dioses”.
Y pensaba y tuvo el pensamiento; proyectaba y tuvo el proyecto; planeaba y tuvo el plan; meditaba y andaba meditando en irse a meter al interior de alguna cueva. Y a algunos de aquéllos en quienes tenía puesto el corazón, en quienes el corazón estaba firme, en quienes tenía gran confianza, los hacía sabedores de ello.
Ellos le decían: -Se sabe el lugar de los muertos, la Casa del Sol, y la Tierra de Tláloc, y la Casa de Cintli. Allá habrá que ir. En donde sea tu buena voluntad.
Por su parte él tenía su deseo: deseaba ir a la Casa de Cintli [templo de la diosa del maíz].
Así se pudo saber, así se divulgó entre la gente. Pero esto no lo pudo.
No pudo ocultarse, no pudo esconderse. Ya no estaba válido, ya no estaba ardoroso; ya nada se pudo hacer.
La palabra de los encantadores con que habían trastornado su corazón, con que se lo habían desgarrado, se lo habían hecho estar como girando, se lo habían dejado lacio y decaído, lo tenía totalmente incierto e inseguro por saber [si podría ocultarse] allá donde se ha mencionado.
No hizo más que esperarlos. No hizo más que resolverlo en su corazón, no hizo más que resignarse; dominó finalmente su corazón, se recomió en su interior, lo dejó en disposición de ver y de admirar lo que habría de suceder.
ANÓNIMO QUECHUA / Traducción de José María Arguedas
ELEGÍA POR EL INCA ATAHUALPA (fragmento)
Manuscrito de Huarochirí (siglo XVI-XVII). En Dioses y Hombres de Huarochirí; narración quechua recogida por Francisco de Ávila (¿1598?). Edición bilingüe. José María Arguedas, traductor. Lima, Museo Nacional de Historia y el Instituto de Estudios Peruanos, 1966.
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¿Qué arco iris es este negro arco iris
que se alza?
Para el enemigo del Cuzco horrible flecha
que amanece.
Por doquier granizada siniestra
golpea.
Mi corazón presentía
a cada instante,
aún en mis ensueños, asaltándome,
en el letargo,
a la mosca azul anunciadora de la muerte;
dolor inacabable.
El sol vuélvese amarillo, anochece,
misteriosamente;
amortaja a Atahualpa, su cadáver
y su nombre;
la muerte del Inca reduce
el tiempo a una pestañada.
Su amada cabeza ya la envuelve
el horrendo enemigo;
y un río de sangre camina, se extiende,
en dos corrientes.
Sus dientes crujidores ya están mordiendo
la bárbara tristeza;
se han vuelto de plomo sus ojos que eran como el sol,
ojos de Inca.
Enriquecido con el oro del rescate
el español.
Su horrible corazón por el poder devorado;
empujándose unos a otros,
con ansias cada vez, cada vez más oscuras,
fiera enfurecida.
Les diste cuanto pidieron, los colmaste;
te asesinaron, sin embargo.
……………………………………………………….
El límpido, resplandeciente trono de oro,
y tu cuna;
los vasos de oro, todo,
se repartieron.
Bajo extraño imperio, aglomerados los martirios,
y destruidos;
perplejos, extraviados, negada la memoria,
solos;
muerta la sombra que protege
lloramos;
sin tener a quién o a dónde volver,
estamos delirando.
¿Soportará tu corazón,
Inca,
nuestra errabunda vida
dispersada,
por el peligro sin cuento cercada, en manos ajenas,
pisoteada?
Tus ojos que como flechas de ventura herían,
ábrelos;
tus magnánimas manos
extiéndelas;
y con esta visión fortalecidos
despídenos.
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